Recuerdo bien aquel día y aquella noche, especialmente aquella madrugada. Era 5 de noviembre del año 2024. Día de las últimas votaciones presidenciales de EE.UU. Recuerdo estar envuelto en un ligero y difuso desasosiego que apenas me permitía dormir. Y que aquella vaga sensación me hizo levantar en varias ocasiones para encender el televisor y poder ver y oír alguno de los programas especiales que varias cadenas hacían en plena madrugada electoral. Esperaba, recuerdo, un milagro que nunca llegó. Cada nueva noticia, cada nueva crónica, empeoraba a la anterior. Aquel personaje que ya nos parecía atrabiliario, machista, estrafalario —los adjetivos se nos acababan ya por entonces— iba a ser de nuevo el presidente americano. Con las primeras luces del día se confirmó que sí, que Donald Trump iba a ser efectivamente elegido el 47 presidente de los Estados Unidos.
Todo cambio, toda revolución, necesita de alguien al mando, un líder. Y Donald Trump tenía —tiene— esa capacidad de liderazgo aunque haya sido forjado en medio de la incredulidad y el desprecio intelectual de muchos. Otra cosa es que nos guste o no, que el mundo, los líderes, lo hayan entendido, que no parece, que su poder de intimidación sea tan grande que pocos —muy pocos— se atrevan a enfrentarle, que parece que tampoco. Otra cosa es que aún sigamos aferrados a la vieja creencia de que con un personaje así al frente se puede negociar algo.
Aquella noche —se lo decía antes— apenas pude dormir. Recuerdo bien que todas aquellas horas fueron como si una pesadilla difusa lo invadiese todo. No estaba claro qué iba a suceder a partir de ese momento, pero ya había como un presagio de que el mundo como lo habíamos conocido amenazaba desvanecerse y de que nos encaminábamos a lo desconocido. Y no solo ha sucedido todo eso, sino que estamos yendo tan lejos que ahora ya podemos afirmar que hay un loco al mando. Y no un loco cualquiera. Y que sus reglas no son las de este mundo, del mundo en el que crecimos. Es tan así que lo de Maduro y los cien asesinados por medio en plena madrugada de Caracas casi nos parece un juego de niños, una película a la que asistimos como espectadores complacientes por aquello de que los papeles hayan sufrido una extraña transmutación. Y, ahora, de repente, metidos en la irracionalidad del guion, poco importa ya que mis enemigos de siempre hayan acabado siendo mis amigos de ahora, porque simplemente son —eso parece— los amigos de Trump.
Sea por lo que sea lo hemos acabado por aceptar. Lo que nunca pensamos llegaríamos a hacer, lo estamos haciendo. Y hoy ya solo esperamos, sobrecogidos, temerosos y expectantes, cuál será el alcance de la próxima ocurrencia guerrera del agente naranja. Y, sobre todo, que olvidemos que su gran objetivo es hacernos pensar que en realidad el único cuerdo a bordo es él y su extraterrestre mundo MAGA. Que lleguemos a pensar que, en realidad, los locos somos nosotros. ¡Y, ciertamente, para eso no falta tanto! Y sino que se lo digan a los ingleses y franceses cuando intentaron el apaciguamiento del ardor guerrero y expansionista de un tal Adolf Hitler cuando, tras sus primeras incursiones territoriales, firmaron el conocido Acuerdo de Múnich de 1938 con el que pretendían apaciguar al monstruo.
Ahora, casi año y medio después, uno casi logra explicar mejor lo del desasosiego de la madrugada del 5 al 6 de noviembre de 2024. Y eso que nunca, jamás, ni en el peor de los escenarios llegamos a imaginar que el futuro pasaba por convertir la realidad en una serie de terror de Netflix y donde lo único que importaría ya sería la cuenta de resultados. De Trump y de sus cortesanos, claro.












Te leo, compañero del rigor periodístico que considero debe guiarnos siempre en la vocación de contar
(hoy ya en nuestra condición de jubilados felices, fuera de la trinchera diaria)
y me dejas sin más palabras por conservar la cercanía,
sin falso corporativismo,
que siento nos otorga el oficio de buscar y compartir todas las aristas que configuran la verdad global de todo hecho…
Feliz Año Nuevo cada día
Abrazo
Pedro J Bernabeu