A Dios Padre nadie lo ha visto. Los apóstoles sí vieron a Jesucristo, el Hijo de Dios Padre, ese Hijo que se encarnó en María Virgen por obra y gracia del Espíritu Santo. Estamos en plenas fiestas navideñas celebrando el nacimiento del Dios que se hizo hombre para salvar, clavado en una cruz, a toda la humanidad. El anciano Simeón, un santo varón, temeroso de Dios, llevaba años acudiendo al templo de Jerusalén con la esperanza de conocer al Mesías, igual que la profetisa Ana, viuda, de 84 años, descendiente de la tribu de Aser. Ambos recibieron el favor divino de encontrarse a las puertas del templo cuando María y José acudieron para cumplir con el rito de la purificación, previsto en la ley mosaica, a los cuarenta días del alumbramiento. Y tomaron al Niño en sus brazos proclamando su venida para ser luz del mundo, no sólo para los judíos sino también para los gentiles. Esa costumbre de presentar y ofrecer a Dios los recién nacidos se conserva en muchas parroquias y se denomina fiesta de la Candelaria, porque los familiares del neonato portan Candelas, velas, ya que los cristianos tienen que ser luz del mundo, como Cristo.
Cuando Jesús llevaba predicando bastante tiempo, rodeado por grandes multitudes y haciendo milagros a ciegos, leprosos, tullidos y endemoniados, un buen día se dirigió a sus discípulos con esta pregunta: “¿Quién, dice la gente, que soy yo?”. Ellos le contestaron que algunos pensaban que era Juan el Bautista resucitado después que fuera decapitado por Herodes; otros que Elías o algún otro de los antiguos profetas. “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”, a lo que Pedro, que casi siempre llevaba la voz cantante del grupo, repuso: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús les ordenó que no se lo dijeran a nadie.
La noche de Jueves Santo —lo cuenta san Juan Evangelista—, durante la larga y trascendental última cena, cuando Jesús les confirma que está cerca su muerte, resurrección y subida a los cielos para reunirse con el Padre, el apóstol Felipe le dice: “Muéstranos al Padre”. Jesús le reprocha que habiendo estado tres años con Él no se hubieran dado cuenta de que “el que me ha visto a mí ha visto al Padre, porque el Padre y yo somos una misma cosa”. Son una misma cosa junto con el Espíritu Santo; ese es el misterio de la Santísima Trinidad. Gran misterio, pero, casi menos que la propia existencia de Dios, Aquel cuya esencia es la existencia y que no tiene principio ni tendrá final, que en eso consiste la eternidad. Si existimos es porque siempre existió algo y ese algo es Alguien, es Dios. Es pura razón, pura ciencia. Negar a Dios es negar la evidencia.
Otra cosa es el cristianismo, la religión más fabulosa que puede uno echarse a la cara. Y, como estamos en Navidad, díganme otra religión en la que Dios se haga hombre para hacer dioses a los hombres. Vino a nosotros —ese es Jesús Niño— para hacernos hermanos e hijos de Dios. Si alguien no quiere ser hijo de Dios, allá él. Y los hay. No es el caso de mi compañero de clase Adolfo, siendo niños, en la escuela de mi pueblo, que, al preguntarle el maestro por qué era cristiano, respondió: “Por una gran casualidad”. Muchos nos echamos a reír, porque la respuesta a esta pregunta del Catecismo del padre Ripalda, era que “somos cristianos por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo”. Pero el maestro, don Salvador (a los profesores se les reverenciaba y siempre fueron ‘don’ hasta que llegó el desmadre de la falta de respeto que aún reina), digo que don Salvador pidió silencio y apoyó a Adolfo de esta manera: “Lleva razón Adolfo hasta cierto punto, porque en España, como en otros muchos países de Europa y América, tenemos la religión cristiana y por eso, al nacer, nuestros padres nos bautizan y nos hacen cristianos. Es una causalidad que hayamos nacido en un país y unas familias cristianas”. Creo que añadió don Salvador que debíamos estar agradecidos a Dios por haber nacido en España, un país cristiano. ¿Eso era realmente? Me lo pregunto ahora, pero es asunto del que podemos dialogar otro día, pues las palabras de don Salvador se producían a los ocho años de acabarse la Guerra Civil, que muchos llamamos incivil.
Cuando digo que la religión cristiana es una maravilla, no minusvaloro otras religiones. Simplemente me gusta recordar, en estas fechas tan señaladas, ese enorme acontecimiento de que la segunda persona de la Santísima Trinidad, Dios Hijo, se haga hombre y nazca de la Virgen María, que nos quieren y nos inculcan que nos queramos los unos a los otros; que nos amemos como ellos nos quieren; que no nos odiemos; que nos sintamos hermanos hablando la misma lengua del amor, una lengua que engloba y supera a todos los idiomas a la vez que los hace compatibles.
Con motivo de la Navidad, el papa León XIV, tras hacer un llamamiento para que acaben todas las guerras y todas las muertes de inocentes, ha dicho: “Quien no ama no se salva; está perdido”. Dios es amor. Una vez más recuerdo la frase de San Agustín: “ama y haz lo que quieras”. Porque, si amas de verdad, nunca harás daño a nadie y menos a ti mismo. Es cierto lo del papa, el amor te salva. Buena consigna para 2026.












Querido Ramon Gomez Carrion precioso articulo. Jesús habito entre nosotros y nos enseño un camino a seguir. Yo lo hago así desde que mi madre me enseñó a rezar.
Bendito sea el que viene en nombre del Señor.
Enhorabuena por tu colaboración y un fuerte abrazo de tu amigo Julio.
Un fuerte abrazo, Julio.
El amor es pozo
insondable, ungüento
que siempre me sana…
Lazo invisible es
el amor verdadero
que nos une como
el mar
hasta extremos
insospechables
Feliz Año Nuevo 🥳
Un abrazo grande, poeta excelso; un abrazo grande para despedir el año 2025 y acoger al nuevo, un 2026 que a lo mejor es el bueno.