Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Sin recortes

Hiperconectados, pero incapaces de hablar

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Vivimos una época en la que, paradójicamente, nunca ha sido tan fácil comunicarse y, al mismo tiempo, tan difícil enfrentar lo que realmente importa. ¿Por qué callamos ante situaciones que nos duelen? ¿Por qué evitamos esa conversación incómoda que sabemos que podría liberar tensión, aclarar malentendidos o simplemente mostrar respeto al otro? En la última década he visto esta tendencia una y otra vez, como profesor universitario, no solo entre el alumnado sino también en colegas, familiares y amigos: el miedo al dolor de una conversación difícil nos paraliza y nos empuja a refugiarnos en el silencio.

Los psicólogos definen este fenómeno como un patrón de evitación: no se trata solo de eludir el conflicto, sino de intentar evitar la emoción dolorosa asociada con él. Cuando alguien calla sistemáticamente ante situaciones que merecen una respuesta o un diálogo, suele esconder miedo al rechazo, baja autoestima o inseguridad emocional. Este silencio no es simple prudencia: es huida. Este patrón no es inocuo. Como ha señalado recientemente el psicólogo Luis Miguel Real Kotbani, callarse no convierte a uno en maduro, sino en sumiso, porque te acostumbras a priorizar las necesidades ajenas por encima de las propias y a desconectarte de tus emociones.  Cuando el silencio se convierte en norma, el diálogo desaparece y con él, la posibilidad de resolver el conflicto de forma honesta y respetuosa.

La tecnología no salva el problema: lo amplifica. Así, la aparición, generalización y monopolio de la comunicación digital —mensajes de WhatsApp, chats y apps de mensajería— ha transformado profundamente cómo nos relacionamos. Para muchos, estos medios han sustituido las conversaciones en persona o las llamadas telefónicas por textos breves, incompletos e impersonales. No responder una llamada, dar largas a una cita para hablar cara a cara o confinar la comunicación a mensajes de texto se ha convertido en la forma preferida de evitar lo difícil. Lo que paradójicamente comenzó como una herramienta para acercarnos nos ha servido también para escondernos. Cuando alguien opta por mensajes exclusivamente, a menudo está evitando exponer emociones, inseguridades o el simple ruido de una conversación humana. Esto no solo dificulta la resolución de conflictos personales, sino que también erosiona la confianza y la empatía en las relaciones. A la larga, deja al interlocutor que sí quiere hablar sin opciones y convierte conversaciones necesarias en un espacio virtual que nunca alcanza la profundidad de un rostro, una mirada o un tono de voz.

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No es extraño observar este fenómeno con mayor frecuencia entre generaciones más jóvenes, que han crecido en un entorno digital donde evitar emociones difíciles ha sido facilitado por la tecnología. Datos recientes muestran que muchas personas de la Generación Z reportan altos niveles de ansiedad, incertidumbre y miedo al fracaso, factores que pueden agravar la evitación de conversaciones difíciles o desgastantes. Por ejemplo, casi cuatro de cada diez jóvenes de esta generación afirman sentirse ansiosos o inseguros ante decisiones importantes y temen el fracaso, más que generaciones mayores. He percibido este fenómeno con claridad en mi propia práctica docente: cada vez más estudiantes evitan pedir tutorías presenciales para discutir sus trabajos o exámenes. Algunos prefieren asumir su calificación sin entender cómo mejorar, otros solo envían mensajes breves en plataformas virtuales, evitando el cara a cara. Esta evitación no solo limita su aprendizaje, sino que también refleja un miedo profundo a la vulnerabilidad que implica el diálogo abierto y la retroalimentación directa.

Frente a este silencio, muchos interlocutores asumen inocentemente que “el tiempo lo solucionará todo”, que el conflicto se disipará o que ambos olvidarán lo ocurrido. Pero el tiempo no resuelve los asuntos no atendidos: los entierra bajo resentimiento, frustración y una percepción de injusticia. Este silencio, en su forma más extrema, se convierte en una humillación silenciosa: castiga emocionalmente a quien intenta hablar, dejando al otro sin opciones reales para abordar el problema. Es una forma de chantaje emocional sutil, que erosiona vínculos y debilita la convivencia.

¿Por qué sucede esto? Parte de la respuesta está en cómo educamos: en casa, en la escuela y en nuestras comunidades. La comunicación asertiva, la gestión del conflicto y la inteligencia emocional son habilidades esenciales que rara vez reciben la atención necesaria. Si no enseñamos a los niños y jóvenes a expresar sus emociones, a escuchar sin juzgar, a tolerar la incomodidad de lo difícil, acabamos formando adultos que temen el diálogo honesto y prefieren el silencio a la tensión. La evitación del conflicto, pues, no es una virtud ni signo de madurez; es una señal de falta de herramientas para manejar lo que duele y de miedo a exponerse como seres humanos con límites y emociones. Frente a las opciones de la tecnología, debemos utilizar la mensajería para preparar conversaciones, no para evitarlas; promover el uso de videollamadas o encuentros presenciales cuando sea posible. Si no lo hacemos, como sociedad estamos construyendo personas débiles frente al conflicto, incapaces de enfrentar desafíos personales y colectivos. Y esto tiene consecuencias más allá de las relaciones individuales: afecta a la convivencia social y a la manera en que abordamos conflictos más amplios entre comunidades, instituciones e incluso naciones. Porque, al final, los grandes conflictos no se resuelven sin antes haber afrontado y superado los pequeños. Así nos encontramos en el callejón sin salida de Venezuela, donde la actuación del poder de los EEUU representa un paso adelante sin presentar una propuesta fruto del diálogo de todas las partes implicadas. Frente al problema, la acción y el silencio de nuevo. 

En un mundo donde el silencio no es paz sino un síntoma, hablar —aunque duela— es un acto de valentía que debemos recuperar. Porque solo enfrentando lo que duele, respetando al otro y a nosotros mismos, podremos construir una convivencia más fuerte, honesta y humana.

Carles Cortés

Catedrático de universidad y escritor.

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