Cultura

Gabriel Miró, un prosista alicantino de talla comparable a Azorín

Gabriel Miró. Dibujo realizado por Ramón Palmeral.

Huerto de Cruces de Gabriel Miró.

Huerto de cruces, sinónimo de cementerio, o campo santo, como se prefiera, de Gabriel Miró, es un relato de terror a lo Edgar Allan Poe con el que Miró ganó el Premio Cavia de Periodismo ABC, de 25 de marzo de 1925, dotado con 5000 pesetas, que se había publicado en la fiesta de Todos los Santos, de los días 1 y 2 de noviembre de 1924, en El Sol de Madrid. Huerto de cruces se presentó con el lema «Somoza», ganó y se publicó en las páginas del ABC del citado día 25 de marzo, en páginas 3 y 4. En aquel entonces Miró era muy conocido.

Por la época de la composición del relato, incluido en Años y leguas de 1928, un libro alicantino por excelencia con un rico vocabulario de valencianismo, puesto que el padre de Miró era de origen alcoyano. Pienso que el autor se inspiró en el cementerio de Polop de la Marina, situado en un elevado promontorio del centro de la localidad, según la ilustración adjunta.

No debemos de juzgar los relatos fuera de su contexto histórico, pues el gusto tétrico, triste y esperpéntico a lo Valle-Inclán de aquella época era lo que los lectores demandaban. Pienso que ya le tocaba que le dieran un premio económico, aunque fuera de «periodismo»; entre el jurado tenía a su amigo Gabriel Maura, de la Real Academia de la Lengua, duque de Maura, hijo de Antonio Maura; acompañado por José Franco Rodríguez, presidente de la Asociación de la Prensa; Pedro Muñoz Seca; Eugenio d´Ors, y Darío Pérez. Anoto lo de periodismo entre comillas porque Miró no era un reportero como Azorín, e incluso Valle-Inclán, que estuvo varias veces en América.

Huerto de cruces, sinopsis

A mí, particularmente, los temas de muertos no me agradan, y menos todavía cuando no se respetan la memoria de los muertos o los huesos de estos, y aquí hay ciertas ironías que pretenden ser graciosas con los que se fueron al más allá.

El relato tétrico comienza con el entierro del viejo Manihuel, de 79 años, muerto de un dolor que no se sabe de qué murió; es el mismo personaje que fue asistido moribundo por el viario en el relato número «6.- El señor viario y Manihuel», que al final se levantó y se puso a comer con la familia, el vicario y Sigüenza. Manihuel es el nombre ficticio de un propietario o terrateniente de Polop de la Marina (Alicante) en quien se inspiró Gabriel Miró cuando pasaba largos veranos en este pueblo de la Marina, en el interior, no muy lejos de Benidorm y de La Nucía. Un pueblo que cabalga sobre el Cerro de las Ánimas y se da de frente con los montes del Ponoig o “El león dormido”, por su silueta, según escribiera Gabriel Miró, unos escarpados de fantasmagóricas formas. Y bajo sus plantas y huertas discurre un profundo arroyo (Barranco de la Canal) que aún no es río tras escapar como un conejo asustadizo hacia no se sabe muy bien dónde.

Una vez velado el muerto Manihuel, llega el dramático momento del entierro en el huerto de cruces o camposanto, llamado así porque era el huerto donde cultivaba el enterrador Gasparo Torralba (Joaquin González Grau) sus verduras. El camposanto permanece donde estuvo antes el castillo árabe de Polop y la tierra de cultivo la había subido el propio Gasparo en serones con su mulo, un mulo que usaba Gasparo para recoger a los difuntos en sus masías para darles sepultura, un hombre que no tenía miedo a los muertos ni a los huesos de éstos. Con sentido burlesco y quijotesco, escribe Miró:

«Fue con su mulo a recoger dos muertos de una masía: padre y un hijo. Pero llegó muy pronto. Aún vivía el hijo, y se sentó a fumar en el portal hasta que le dijeron: “Ya están los dos”. Y los ató juntos en el albardón del macho».

Un 29 de junio, día festivo de san Pedro y san Pablo, la comitiva del entierro llega al huerto de cruces con monaguillos, párroco y tres capellanes, como había pedido la familia, con un coste de setenta duros. De buscar al tercer capellán se había encargado el jornalero Tagarina (homónimo de un barranco en la sierra Aitana), y como no encontró a ningún capellán disponible en el valle, buscó a un alpargatero para que se disfrazara de capellán, vistiendo la sagrada dalmática de subdiácono. Es decir, Miró quiere hacer una escena como en El Quijote en la venta de Puerto Lápice o Lápiche, cuando los arrieros y mozas del partido se hacen pasar por damas y nobles para armar caballero a don Alonso Quijano.

“Tocan a muertos”, dibujo de Ramón Palmeral.

Sorprendentemente, Gasparo, el sepulturero municipal de Polop (no lo dice pero se sobreentiende), destapa el ataúd de Manihuel y lo deja al descubierto y el jugo le sale al muerto por la nariz, unas morcadas le chupan en la cara. Al parecer la comitiva se va, el narrador no lo dice expresamente, pero dice: «Gasparo, Sigüenza y los cuatro jornaleros que estaban solos en el huerto de cruces» había subido el ataúd por la cuesta del vía crucis. Aquel hijo-mozo que fuera a buscar el viático, el vicario, ya no aparece en este relato, ni la mujer ni la hija.

Como en los cuentos de Allan Poe, aparecen en el huerto de cruces cuatro cuervos, que Gasparo llama galopos o pícaros, que hacen de las suyas. Otras veces, Miró los cita como pardales o gorriones de la carroña porque se han alimentado en un muladar o basurero donde estaba fermentando una res muerta.

Llegan unos rapaces o chicos del pueblo para que les abra el portillo del cementerio y entran dentro y apedrean a los cuervos desde las tumbas.

El narrador da a entender que han de sacar de unos nichos unos cadáveres antiguos, para meter a Manihuel, pero sin ataúd. El primero que sacan es un ataúd blanco, es el de un niño, el de Lluiset, que fue nieto de Manihuel y que había muerto atropellado por «un carro de estiércol que le chafó una rodilla. La criatura penó mucho para morir». La pierna atropellada se le quedó gorda y parecida a la de un buey.

Luego Gasparo saca el cadáver de la suegra de Manihuel, pero como al medirlo a ojo con el mástil del legón o azadas es más grande que el cuerpo del difunto por enterrar, y como le sobra, le corta la cabeza. Estas son las palabras del texto (p.206): «Le sobra la calavera y se le desgaja llevándose un “sartalejo” [o espeto] de vértebras de cartón, y la envía rodando al fondo de la sepultura». ¡Qué risa debía darles estas tétricas escenas a los lectores de entonces! Luego Gasparo se fuma un cigarro junto a la muerta descabezada.

“Huerto de cruces”, dibujo de Ramón Palmeral.

Al final, en el mismo nicho o panteón quedan arriba la del abuelo Manihuel, debajo la del nieto Lluiset y debajo la suegra descabezada.

Luego nos cuenta que en el cementerio está la tumba de un forastero suicida del que no se sabe su nombre. Pasaba por las tapias del cementerio, se asomó por encima, cayó y se mató. ¡Qué risas!

Otra tumba es la de la joven Salvadora Peñalva (1835-1858), muerta a los veintitrés años. Seguidamente, cuando Gasparo fue a recoger los cadáveres de padre e hijo a una masía X, le salió una raposa (zorra) con la que tiene una embestida. Se da cuenta de que se le habían olvidado los cadáveres de padre e hijo y los ataúdes; en lugar de los muertos había unas ratas chillando, y con las ratas dentro tuvo que enterrar los muertos.

Luego Sigüenza le pregunta a Gasparo si alguna vez había enterrado a alguien vivo, dice que no recuerda, pero luego dice que una vez vio que tenía medio brazo fuera de un ataúd. Gasparo, que vive entre vertebras, huevos fósiles y calaveras, adquiere para el narrador una actitud elegante y tiene un fondo lejano de gracia. En este relato tétrico, macabro y falto de gracia, pero donde no pueden faltar las pisadas de una aparecida o fantasma invisible.

Es el día de san Pedro, patrón de Polop y la gente estaba de fiesta. Gasparo y Sigüenza bajan del huerto de cruces, y remata el relato diciendo: «…la muerte está más allá del horizonte de nuestros pensamientos y de nuestros ojos».

Si el lector considera que este relato fue digno del Premio Cavia de periodismo en 1925, que se lo lea veinte veces y después Luces de bohemia de Valle-Inclán, encontrará una novela esperpéntica al gusto de los lectores de estos temas macabros. Aunque, por otra parte, como me dice un amigo, en cualquier película norteamericana actual de tiros hay mucha más violencia y muertes.

Casa Museo en Polop de la Marina

Actualmente, en Polop de la Marina se encuentra la Casa-Museo de Gabriel Miró, gracias al empeño del Ayuntamiento de Polop por restaurar una casa modernista, «Villa Pepita», que se inauguró el 17 de abril de 2015, ha dado un nuevo impulso a la cultura de la zona, y ayuda a no olvidar el nombre de Miró ni sus obras. Además, la Generalitat Valenciana la ha incluido en su red de museos de la Consellería de Cultura. El verano es una época ideal para acercarse a la Marina Baja y visitar Polop con su fuente de 221 caños, comprar nísperos y hacerse con algunas botellas de vino de la Marina Baja, pasar por La Nucía y si se es aventurero llegar hasta Callosa de Ensarriá y a la catarata de El Algar llamada “Cola de Caballo” y tomar un aperitivo en la terraza del bar del mismo nombre mientras los críos se dan un chapuzón en las pozas de agua.

Julia y Ramón Palmeral delante de la Casa Museo Gabriel Miró.

Ramón Palmeral es autor del libro ilustrado Buscando a Gabriel Miró en Años y leguas, disponible en Amazon.


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Ramón Palmeral

Soy escritor con más de 40 libros publicados sobre temas diversos. Socio de Honor de Espejo de Alicante, socio del Ateneo Blasco Ibáñez de Valencia, colaborador de la Fundación Cultural Miguel Hernández de Orihuela. Publico crónicas culturales y políticas con un sentido satírico desde hace más de veinte años, puesto que considero que la labor del ciudadano y de la prensa es la de fiscalizar al poder. Dirijo el portal Nuevo Impulso.net de arte, cultura y opinión. Mi correo: ramon.palmeral@gmail.com

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