Trescientas... y pico

¿Es posible abolir la prostitución?

Fuente: RTVE.

Las palabras, bien que lo sabemos, no son inocentes. Ayudan o dificultan el camino que nos hemos trazado previamente para conseguir unos determinados fines, unos claros objetivos. Pueden ser nuestras mejores aliadas o convertirse en los peores enemigos a batir, las piedras que dificultan el avance. En ese camino de lucha contra la lacra de la prostitución y de todas sus oscuras derivadas puede que esté pasando algo de todo esto. Que el lío también afecte a las palabras que hemos escogido como aliadas, al mismo término de abolir, más cuando asistimos, extrañados, disgustados, incrédulos, a la pelea entre dos concepciones, dos formas de abordar el problema que se dicen hijas del mismo tronco: el abolicionismo y el regulacionismo.

Son éstas dos formas que se declaran hijas del feminismo pero que chocan fuertemente entre sí. Que viven de espaldas. Que se niegan la una a la otra. Hasta el punto de que esta pelea amenaza con embarrar todo el debate que llega a los ciudadanos, a todos nosotros, a través de los medios, también de las redes sociales. De hecho puede que ya lo esté haciendo a partir de esas expresiones que venimos oyendo con cierta insistencia en boca de quienes deberían ser algunos de los aliados y voceros. “La verdad es que yo este tema no lo tengo claro”, se puede oír de fondo una y otra vez cuando se trata de escoger el camino. La primera derrota.  

Fuente: https://cardonasofia.blogspot.com/.

La prostitución, junto con su hermana menor la pornografía, están ahí. No hace falta esforzarse para verlas. Saltan a la vista. Están en la calle, en el ordenador, en el móvil, en el programa oculto de las fiestas de cada día, de cada pueblo. Están medio ocultas en las amigables (¿?) redes sociales. Quizás siempre lo estuvo, pero pocas veces en tantos sitios y tan a la vez como ahora. Tan al alcance de la mano. En todas y cada una de sus variantes, ventanas y ofertas. Y todo y pese a que legalmente no existe, no tiene una regulación, un marco donde desarrollarse, al menos así sucede en la mayoría de los países occidentales. (Sobre el particular la lectura del reportaje ¿Mueven el mundo el sexo  y el dinero? de la revista Ethic es altamente ilustrativa).

Es esta la prostitución y todas sus negras derivadas– otra de esas realidades ocultas, como lo es el tráfico de seres humanos, de órganos, de droga, de armas, la gigantesca evasión fiscal…, que no existen legalmente, pero que forman parte central del paisaje. No hay –salvo casos aislados o recientes como el de Alemania– marcos legales que las regulen. Y ante toda esa multipresencia, un viejo/nuevo debate: ¿Qué hacer? ¿Cómo mejor combatirla? ¿Se pueden abolir realidades que no existen legalmente?

Fuente: RTVE.

Y es esta pregunta, que flota y que puede parecer fuera de contexto, la que, quizás, es también parte del problema. Porque seguramente cuando algo no se entiende es que el camino elegido puede no estar del todo despejado: ¿Se puede, se debe, abolir la prostitución? ¿Qué significa abolir la prostitución? Cuando periodistas de primer plano y medios de comunicación de reconocido prestigio utilizan el término abolición como sinónimo y alternativo de prohibición, algo falla. Y no puede ser, al menos no solo, el cuestionamiento de la profesionalidad de esos periodistas la excusa.

El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua le da un doble significado a la palabra abolir y habla de que es, sería, la acción de “derogar, dejar sin vigencia una ley”, pero también referido a un “precepto y/o costumbre”. A la luz de esta definición podríamos entender que, conceptualmente, esta sería una de las razones que explicarían las dificultades y la confusión generada. Volvemos al punto de partida: ¿Cómo se puede abolir algo que legalmente no existe?

En términos económicos, si apartamos del foco el reguero de dolor, miseria, tráfico de seres humanos –mayoritariamente mujeres, y mayoritariamente procedentes de países pobres– que siempre hay detrás del oscuro “negocio” de la prostitución, vemos que estaría moviendo en el mundo alrededor de 108.000 millones de dólares cada año, de los cuales un 10% corresponderían a España, y todo ello según algunos estudios, en parte avalados por la ONU.

Fuente: RTVE.

Son datos fríos, gélidos, que aislados puede que no nos digan mucho. Quizás algo más si añadimos que estos mismos cálculos suponen una tercera parte del dinero que mueve esa otra gran industria que no existe, el tráfico ilegal de droga, que alcanzaría los 300.000 millones/año de dólares. Aquellos 108.000 millones serían aproximadamente la mitad de las ventas anuales de alcohol (227.000), casi cuatro veces más que el juego (casinos y apuestas, 32.000) y casi tanto como el lucrativo negocio bancario (115.000). Y todo eso por citar solo algunos ejemplos comparativos e ilustrativos de esta no-realidad que queremos abolir pero no está del todo claro cómo hacerlo. Al menos no del todo.

Como señalamos antes, justo encima, o justo al lado, de esta dura realidad económica, rayana en la mayoría de las veces en la esclavitud, se ha abierto un duro y peligroso debate entre el viejo abolicionismo y el nuevo regulacionismo para mejor afrontarla que, sobre todo, causa extrañeza, confusión, que divide, y con el peligro añadido de que donde reina la confusión terminológica, el ruido, la pelea, se reducen claramente las posibilidades de lucha contra ese submundo. Si no hay unos consensos mínimos, como de alguna manera los ha habido hasta aquí, como en parte los hay, en esa otra lacra que es la violencia de género, el camino se atisba difícil, complicado.

Primero, porque esa pelea –abolicionismo versus regulacionismo– son piedras en las ruedas, confusión en la necesaria toma de conciencia, y aunque solo fuese por aquello del divide y vencerás. Una vez abierto el debate entre la vieja aspiración del feminismo de “abolir la prostitución” y algunas corrientes que se declaran igualmente herederas del feminismo, pero que optan por la vía regulacionista, al menos como paso intermedio, el grado de confusión mediática, legal, ha ido in crescendo en los últimos meses hasta el punto de crear la sensación de que, de alguna manera, ya no sabemos de qué estamos hablando. ¿De eso se trata también?

Fotografía: Gordon Johnson (Fuente: Pixabay).

Ahí tenemos, a un lado del tablero político al PSOE, al PP arrastrando los pies, y a una parte de Podemos, y al otro lado esa otra parte de Podemos que capitanea la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, a ERC, la CUP, Bildu, Más País de Errejón, gran parte de Compromís, el PNV… ¿Se puede avanzar, caminar, con tanto ruido, con tanta confusión?

Entones, quizás podríamos hacernos unas preguntas finales. ¿Si no podemos abolir pero sí combatir ninguna de estas actividades que legalmente tampoco existen –inmigración ilegal, tráfico de drogas, de armas, de órganos humanos…– por qué hablamos de abolir la prostitución? ¿No hay aquí una contradicción en la semántica de las palabras y sus recorridos legales? ¿El ruido y la confusión que supone el uso de esta terminología ayuda o dificulta el camino de afrontar un problema que, en la mayoría de los casos, es lo más parecido a la peor cara de la esclavitud humana en el cuerpo de las mujeres? ¿No sería más claro hablar de medidas concretas para perseguir a quienes se lucran, participan, facilitan, encubren esta realidad?

Son, todas ellas, preguntas, solo preguntas, que nacen de la pura observancia política y mediática. Que pretenden hacer de las palabras nuestras mejores aliadas. Nunca los obstáculos que impidan avanzar.

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Pepe López

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