Trescientas... y pico

Don Juan, “el Manco”

Juan García Romera (Fuente: Archivo familiar del profesor García Romera).

Nuestras pequeñas biografías, las de cada uno, están repletas de pequeños héroes y heroínas. Algunas, figuras de leyenda, fugaces y legendarias a un tiempo, son compartidas, universales, como de todos. Pero luego están esas otras, más personales, diminutas si se quiere, héroes sin nombre reconocido, que casi nunca tienen hueco en las páginas de los noticieros, que pasan como aves fugaces por nuestras vidas, pero que van dejando surcos de memoria que ya nunca somos capaces borrar.

Son estos últimos, seres migrantes en territorios vírgenes, los que van horadando esas profundas e indelebles marcas en cada uno de nosotros, a modo de vasijas de arcilla cocida a muy alta temperatura, siempre capaces de aguantar los vendavales del tiempo. Son ese tipo de gente que, de forma casi imperceptible, va cincelando hondas cicatrices en nuestra piel y que cuando echamos la vista hacia atrás, a veces para mal, pero otras, las más, para bien, actúan al modo de un misterioso artefacto emparentado con la magia y que acaban siendo la argamasa con la que se construyen los sueños. Nuestros propios sueños.

IES San Juan de la Cruz, de Caravaca.

Son, esos buenos y anónimos héroes y heroínas, gentes que por no tener no tienen casi nombre, pero que un día aparecen en tu vida, sin apenas pedir permiso, silenciosos, y sin que previamente pudieras hacer nada para evitarlos. Gentes que en esos escasos días, semanas, meses, acaso años, en esas pocas clases de un curso perdido en la niebla del ayer, se quedan contigo como un daguerrotipo de recuerdos difusos pero ya imborrable. Gentes, hombres y mujeres, que te acompañaron un día y un tiempo de forma pausada en ese lento, implacable y aleatorio, discurrir que es la vida, pero que pasaron al apartado del cofre de los recuerdos.

Son todos ellos reconozcámoslo– seres maravillosos, alados, y que en cualquiera de esos días sin fecha en el calendario, y también sin saber por qué, ni cómo, igual que llegaron un día desaparecen del radar de tus movimientos; pero, eso sí, no sin antes haber dejado esas profundas huellas que tanto ayudan en el duro aprendizaje del abecedario que es la vida.

Uno de esos personajes anónimos que habitaron aquel tiempo fue aquel profesor de Literatura, don Juan, a buen seguro y como es normal un desconocido para todos los que no compartieron aquellas clases finales de un bachillerato y de un COU en aquel instituto de pueblo como era y es Caravaca. Un instituto levantado como apéndice de otro mayor, y que por no tener no tenía ni patio de recreo, ni nombre –sección delegada lo llamaron durante unos años–, metáfora de que sus creadores tenían miedo a que no cuajara el proyecto, y que igual que vino contra las olas del silencio y a favor de un mundo nuevo y desconocido, un mar remoto donde anidaban los sueños, pudiera un día desaparecer sin apenas dejar huella. Pero, afortunadamente, nada de eso sucedió. Hoy sigue en pie. Está vivo. Tiene patio y tiene nombre: Instituto San Juan de la Cruz.

Celebración del 50 aniversario del Instituto San Juan de la Cruz, motivo de encuentro para antiguos alumnos y profesores.

Y sí, hay que reconocerlo, todo fue obra en parte de gente como aquel profesor de Literatura, que siendo joven ya era viejo, al que le faltaba un brazo, siempre la manga sobrante metida en el bolsillo de la chaqueta, pero al que el “don” siempre le acompañaba cuando era nombrado; aquel hombre cáustico, a veces incluso huraño, implacable otras, seguramente cuando habría de serlo, poseído de un humor negro que a veces te hacía reír y a veces casi llorar, pero que, misteriosamente, tenía ese otro don más propio de los héroes silenciosos, el de saber abrir las mentes cerradas de sus cerriles alumnos, como se abre un melón, acaso una granada, para mostrar un interior de maravillosos frutos rojos.

Eran sus clases, bien que lo recuerda uno, un trabajo de dura orfebrería. Martillo y cincel que iba golpeando, a ratos suave, a veces duro, la pereza mental y la negritud del momento, golpes que ofrecían el mejor regalo que un profesor puede hacer a sus alumnos: dar las herramientas que ayudan a abrir los ennegrecidos ventanales del pensamiento, evidencia cierta de que, a veces, ni siquiera los libros cuentan toda la verdad. Y de que siempre se puede ir un poco más allá. De que se puede hacer una pregunta a la respuesta.

Pero como la vida pasa y pasa sin que apenas podamos hacer nada para cambiar su ritmo, un día gris de esta pasada semana, un día –uno más– lluvioso, ciertamente frío, de esos que últimamente nos acompañan tanto, un día de esos en los que cabe interrogarse si el cambio climático habrá venido para quedarse, si esto de las guerras es como nos lo cuentan, y en los que también cabría preguntarnos, extrañados, perdidos, si la política era solo este cansancio, esta inconsistencia de espías, esta falta de rigor en las soluciones, justo en uno de esos días me llega la noticia de que aquel profesor, el hijo del molinero, al que el destino le arrebató una extremidad pero no pudo arrancarle el futuro, se había ido volando, con su solo, su único brazo, a un territorio de donde ya nunca volverá.

Juan García Romera (Fuente: Archivo familiar del profesor García Romera).

Aquel hombre de un solo brazo, aquel hombre que, misteriosamente, era capaz de encenderse su propio cigarrillo en clase, encender sin ayuda la estufa de butano de la propia clase, conducir su propio vehículo, ese hombre que acaba de dejarnos en el silencio propio de estos tiempos, aquel pequeño gran héroe de tebeos no escritos, profesor en aquel instituto de pueblo sin nombre, se llamaba –se llama– Don Juan.

Aquel hombre de un solo brazo, porque el otro –ya lo dijimos antes– le había sido arrebatado en los juegos de infancia en el molino de su familia, es hoy, como lo fue entonces para algunos de nosotros, una clara señal de que para volar por encima de las evidencias, de la ramplonería, de las apariencias, de la certezas sin derecho a réplica, no se necesita tener las alas perfectamente alineadas. El nunca las tuvo. Ni las necesitó. Muchos de nosotros, y gracias a sus clases, empezamos ya entonces a entenderlo. Gracias, Don Juan García Romera, “el Manco”, por habernos enseñado también que se puede volar sin tener alas.

Sending
User Review
3.86 (7 votes)

Pepe López

7 Comments

Click here to post a comment

Responder a Pablo Celdrán Cancel reply

*

code

  • Pepe. Soy Pablo Celdrán. Me ha gustado mucho el artículo que has escritorio de Don Juan. Muchas gracias.

    • Gracias a ti Pablo Celdrán por tus palabras y tu comentarios, sirvan estas palabras de grato recuerdo de aquel tiempo, y de aquellos buenos profesores que tuvimos y que, en parte, empezamos a apreciar más si cabe cuando nuestros caminos se separaron… y entre ellos, ¡qué duda cabe!, está, al menos para mí y en sitio preferente, el recuerdo de Don Juan.

  • Una descripción EXQUISITA, exacta y diría que hasta romántica, del periodo y del PROFESOR que lo fue D. Juan Garcia Romera. Muchas gracias por ello Pepe

  • Muchas gracias, Pepe, en nombre de toda la familia de Juan. Un texto muy emotivo que denota un gran admiración por él.

    • Muchas gracias Anabel por tus palabras, que en sí mismas ya justifican por sí solas mi escrito y mi evocación de Don Juan y de aquel tiempo. Emoción y agradecimiento hacia él, y a tantos y tantos profesores y profesoras que nos han ayudado y nos ayudan a desbrozar el camino de cada una de nuestras vidas. Un abrazo para ti y para toda vuestra familia. Su recuerdo nos pertenece un poco a todos, también a quienes tuvimos la inmensa suerte de ser sus alumnos.

  • Una de esas personas que dejan huella, me hizo tanto bien estando a mi lado cuando más lo necesitaba. Cuantas tardes de verano pescando con el, nunca te olvidaré primo. Se ve Pepe que lo conocías bien, me ha encantado tal y como lo has descrito, así era Juan. Muchas gracias.

    • Gracias a ti Joaquín por el comentario… y decirte también que me alegra doblemente saber por tus palabras que esa otra parte más personal y familiar de Don Juan que yo, lógicamente, desconocía se asemejaba tanto a esa otra, más pública y derivada de la relación profesor-alumno, que yo conocí como alumno suyo durante unos años. Su grato recuerdo de aquel tiempo, y a veces por razones que son difíciles de explicar, me ha acompañado siempre y me ha ayudado a ver los acontecimientos de la vida con esa justa distancia y relatividad intelectual tan necesarias para huir del fanatismo con la que nos enseñó a mirar. Un abrazo.

Patrocinadores

Pactos