Cultura

De libros y sueños

El sueño de Jacob, por José Ribera. Colección Museo del Prado (Fuente: Wikimedia).

En ocasiones, los que escribimos andamos componiendo simultáneamente unos artículos, unas colaboraciones y hasta unos libros que van avanzando en función de impulsos temporales, bien sean fruto de recogida de datos o sencillamente en virtud de encuentros con el borrador de lo redactado hasta el momento. Algunos se quedan en el camino, pero la mayoría de ellos se van desarrollando lentamente en busca de su definitivo final. Son trabajos, si es que a este escribir se le puede llamar así, que nacen del surgimiento de una idea y que se van completando poco a poco y sin prisas. Me estoy refiriendo, claro, a quienes no tienen como profesión la escritura, ni la obligación de cumplir unos tiempos, sino a aquellos para los que escribir es como el deseo personal de dejar constancia de su pensamiento. Esos escritores, entre los que en esta época de mi vida me incluyo, tienen así, a un tiempo, varios escritos pendientes de concluir y que se van terminando sin un orden temporal, o aprovechando una ocasión que se nos brinda para poder publicarlo.

Miguel Ángel Hernández es profesor de Historia del Arte de la Universidad de Murcia, nacido en dicha hermosa capital en el año 1977, como se nos revela en la nota introductoria de su libro El don de la siesta: Notas sobre el cuerpo, la casa y el tiempo. Yo no conozco personalmente a tan ilustre profesor, pero al ver su libro en el escaparate de una conocida librería alicantina decidí adquirirlo por lo sugestivo de su título. Porque, adelanto, me sentí rápidamente identificado con el título y con la referencia a la siesta, pues yo, llueva o truene, los calores en tórridos veranos atormenten, o los húmedos fríos hagan arroparnos en los inviernos, siempre, siempre, he dormido la siesta. Yo he necesitado a lo largo de mi vida partir el horario diario e interrumpirlo para dormir un tiempo y, después, levantarme como nuevo para acabar el trabajo del día. Los españoles hemos venido componiendo nuestro horario de forma muy diferente a como lo han hecho otros países europeos.

Como supongo que ustedes, queridos y respetados lectores, habrán salido alguna vez más allá de los Montes Pirineos, entenderán lo que quiero decir. En esos otros países parece que el medio día o la hora de comer no son como los nuestros. O no coincide con nuestro horario. Se ha dicho que la siesta es una costumbre española. Pero, en cualquier caso, es una buena costumbre española. Hago mía pues la expresión del autor de nuestro libro cuando dice que es “[…] costumbre que suelo cultivar con placer”. Y la siesta, tal y como yo la ejercito, tiene un ritual. Ha de ser después de la comida del mediodía o la hora de comer, (lo demás serán desayunos, aperitivos, meriendas o cenas) y el tiempo de la siesta suele tener una duración de una hora, hora y media o un máximo de dos horas, aunque hay quienes le dedican menos tiempo. Y además la siesta ha de ser en la cama. Bien estirado. Y acaso, como dijo hace muchos años nuestro Premio Nobel, don Camilo José Cela, “con pijama”. Y así se producirá el descanso y la recuperación para después seguir.

Nuestro autor, que es escritor de libros de cuentos, de novelas y de ensayos, nos presenta este libro como “a medio camino entre el ensayo y la memoria”,  colmando sus capítulos de nombres, libros, pensamientos y citas precisas y formativas. Entretenido y de afable lectura, califica la siesta como “un arte de la interrupción”. Y comienza diciendo que son órbita de sus argumentos, como las refiere en el título del libro, “el cuerpo, la casa y el tiempo”; y nos concretará que el cuerpo, como reencuentro con nuestra biología; la casa como hogar, como refugio interior, y el tiempo como interrupción, “como intervalo necesario para frenar, aunque sea por un instante, el ritmo continuo, acelerado y capitalizado de la experiencia cotidiana. La siesta como regalo, como don, como evento excesivo capaz de fracturar la lógica productiva”.

A mí me parece que este libro es un ensayo lleno de erudición y de seriedad. Y su autor nos dice en su prólogo, que titula “Una siesta entre dos mundos”, que el día 9 de marzo de 2020, celebró con una siesta de dos horas el día nacional de la siesta, National Napping Day, instituida por los norteamericanos William A. Anthony y Camille W. Anthony, como festividad oficiosa para resaltar los beneficios para la salud de estos pequeños periodos de sueño. Y también nos dirá que, coincidiendo con esta conmemoración del año 2020, el mundo había empezado a resquebrajarse por la pandemia del covid-19.  Y nos recuerda que fue poco después, el viernes 13 de marzo, cuando se anunció el estado de alarma, que entró en vigor a las 00:00 horas del domingo día 15 de marzo en toda España. Y es aquí cuando, como a todos, este terrible suceso de la pandemia y sus consecuencias vitales le dejó desconcertado; y que cuando pudo rehacerse, y pudo volver a concentrarse, lo que dice le “costó horrores”, retomó la escritura de lo que llevaba escrito hasta entonces sobre la costumbre de la siesta que, previsto para ser un pequeño ensayo sobre la misma, acabó siendo el libro que tenemos entre las manos. Cuesta decir que quedarnos en casa obligadamente a modo de encierro era algo que nunca podíamos imaginarnos que ocurriera. Y fue entonces, para nuestro autor, como para todos los que ejercitábamos la costumbre de la siesta, el que el sueño de medio día se convirtiera en un oasis y un refugio en medio de la catástrofe. Yo no voy a entrar en juicios de valor, solo diré que a través de alguno de los medios hemos sido objeto de multitud de opiniones de expertos, de no se sabe cuántas especialidades, –nunca imaginé que pudiera haber tantas–, que nos han atiborrado de pronósticos. Escribo estas letras el día uno de febrero de 2021. El enorme problema no se ha terminado y seguimos entre pronósticos.

En esta hora, he vuelto también a los grandes. Siempre a los llamados “clásicos”, que son para mí un refugio; siempre me resultan como nuevos. Don Pedro Calderón de la Barca (Madrid, 1600-Madrid, 1681) nos dejó una gran obra literaria solo comparable al Hamlet de Shakespeare y al Fausto de Goethe, La vida es sueño. Ojalá tuviera razón Segismundo, aquel hijo del rey de Polonia, Basilio, que le tenía encerrado en la planta baja de una torre a modo de prisión, cuando en la escena XIX de la ornada segunda, en su memorable explicación de los sueños, acaba pronunciando la recordada frase de “que toda la vida es sueño,/ y los sueños, sueños son”. No es cierto que toda la vida sea un sueño. Esta pandemia no es un sueño. Es una triste y agobiante realidad que nos ha tocado vivir. Pero si acudimos a lo que nos dice Miguel Ángel Hernández en su libro, durante el sueño a media jornada, interruptor temporal de la vida, podremos sobrellevar mejor esta situación.

Y, además, acompañada de mucha lectura, de mucha música y de mucho ánimo. Saldremos. Seguro que saldremos. Les recomiendo el libro de Miguel Ángel Hernández, El don de la siesta: Notas sobre el cuerpo, la casa y el tiempo.

Y que este año de 2021, celebremos de nuevo el “Día Nacional de la Siesta”.

Alicante, 1 de febrero de 2020

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Julio Calvet Botella

Magistrado y escritor.

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