Cultura

De libros y sinos

Libro: Don Álvaro o la fuerza del sino
Autor: Duque de Rivas
Edición de Alberto Sánchez.
Cátedra Letras Hispánicas 40.ª edición, 2021.
Ediciones Cátedra (Grupo Anaya, S. A.)
Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15. Madrid.

Yo no sé si hay escritor más cargado de grandezas que el cordobés don Ángel de Saavedra y Ramírez de Baquedano, duque de Rivas (1791-1865), y tampoco sé si hay exponente más preclaro del Romanticismo que el duque de Rivas, título nobiliario con el que es conocido el gran escritor del Romanticismo español.

Don Ángel de Saavedra es el segundón de una ilustre familia y los honores comienzan a llegarle siendo apenas un niño: con seis años le fue impuesta la Cruz de Caballero de Malta, pocos meses después la banderola de Guardia de Corps supernumerario, y a los ocho años el hábito de Santiago. Terminados sus estudios, pasa a la Guardia de Corps, y producida la llamada Guerra de la Independencia tras la invasión napoleónica, ingresa en el cuerpo de Ejército de Castilla, cayendo gravemente herido en la batalla de Ocaña. Convaleciente en su ciudad natal y cercada por las tropas de Napoleón, el general Castaños le nombra capitán de la Caballería Ligera que se organiza en Cádiz, donde hace fuerte amistad con Quintana, Arriaza, Martínez de la Rosa, Nicasio Gallego, Muñoz Torrero y el conde de Noroña, y animado por el poeta Quintana, compone uno de sus mejores poemas El paso honroso. Es nombrado primer ayudante de Estado Mayor, terminando la campaña militar con el grado de coronel efectivo de caballería.

Ángel de Saavedra, duque de Rivas. Copia de Gabriel Maureta a partir del original de Federico de Madrazo (Fuente: Wikimedia).

Consecuencia de su espíritu liberal, y al ser contrario al absolutismo de Fernando VII, se alista en el levantamiento liberal de Rafael del Riego y a la causa constitucionalista. Perseguido con saña por el rey, es condenado a muerte y le son confiscados todos sus bienes, lo que le obliga a huir de España, al ser previamente avisado por sus amigos de su persecución. Casado con doña Encarnación del Cueto y Ortega, vivió en Londres, luego en diversas ciudades de Italia y después en Malta. En mayo de 1830, llega a Paris al tiempo de presenciar el movimiento del Romanticismo, capitaneado por Víctor Hugo. Concedida la amnistía por la reina gobernadora María Cristina, regresa a España, como tantos otros exiliados, a principios de 1834. Muerto su hermano mayor sin descendientes, hereda todos sus títulos y bienes, y comienza a participar activamente en la vida política del momento histórico que atraviesa España, zarandeada de nuevo por los movimientos y contrastes políticos.

Como antes he dicho, es difícil enumerar los altos cargos que ejerció el duque de Rivas. Sin ánimo exhaustivo, enunciamos los de embajador de España en Nápoles (1844-1850), donde tuvo de secretario nada menos que a don Juan Valera; ministro de Estado y presidente del Consejo de Ministros en España, embajador en París, presidente del Consejo de Estado, caballero del Toisón de Oro, gran cruz de Carlos III, académico de las RR. AA. de la Lengua, de la Historia y de la de Bellas Artes de San Fernando, presidente de la Lengua y del Ateneo de Madrid. En fin, todo un amplio palmarés. Pero sobre todo, un cabeza de fila del Romanticismo español.

El Romanticismo español se me aparece como un fenómeno cultural enfrascado en las luchas políticas de la época y en la búsqueda de una salida literaria nueva, venida tras el Clasicismo del siglo XVIII. Bien es verdad que el punto de partida del movimiento romántico suele fijarse en el París de 1830, cuando se produce el estreno del Hernani de Víctor Hugo, pero ya en España, y desde el propio siglo XVIII, encontramos escritores que pueden clasificarse de románticos o, cuanto menos, precursores del Romanticismo, y antes de que fuera traído desde más allá de nuestras fronteras, tras la muerte de Fernando VII, por los exiliados que regresan. Ya los encontramos en el gran escritor José de Cadalso, el autor de Las noches lúgubres y de El día de difuntos, muerto heroicamente ante Gibraltar; en el magistrado de la Audiencia de Valladolid don Juan Meléndez Valdés con sus Elegías Morales y sus Discursos y también en Gaspar Melchor de Jovellanos, que escribe desde su apartamiento del Paular.

Para mí, y para saber que fue el Romanticismo Español, bastará con ponernos frente a un cuadro, y conocer a los personajes allí representados. Un cuadro muy conocido, se debe al pintor don Antonio María Esquivel y Suárez de Urbina (Sevilla, 1806- Madrid, 1857), titulado Los poetas contemporáneos. Una lectura de Zorrilla en el estudio del pintor. Hay allí poetas, escritores y políticos. Vamos, el todo Madrid.

Los poetas contemporáneos. Cuadro de Antonio María Esquivel. Colección del Museo del Prado (Fuente: Wikimedia).

Cuando hace unos años visité Escocia, descubrí en la ciudad de Glasgow, y en su George Square, la estatua monumento erigida a sir Walter Scott. Poco sabía de él más allá de su novela Invanhoe, que yo leí en mis años juveniles como una novela de aventuras para jóvenes. No sabía, entonces que el Romanticismo era para los británicos una consecuencia de sus gestas históricas y reivindicativas plasmadas en los caballeros románticos y triunfadores en mil combates, ni que sir Walter Scott era un héroe nacional y político consumado.

¿Y qué sucede con el Romanticismo español? Aquí parece que nos encontramos con antihéroes o héroes trágicos, si vale llamarlos así. El gusto por lo trágico parece presidirnos. Y parece que es la imagen que hemos venido dando al mundo artístico. Si nos fijamos, hasta en las óperas de lo español, escritas por autores extranjeros, nos lleva a esta consecuencia, o ¿qué les parece, estimados lectores, la ópera Carmen, de Bizet, o el Don Giovanni, de Mozart? Parece que los españoles nos movemos en “La razón de la sinrazón” que nos anunciara el Hidalgo de la Mancha muchos años antes.

A mí, paréceme que a los españoles nos gusta más lo complejo, y acaso lo contradictorio. ¿O qué es, sino, el personaje de don Juan Tenorio? Don Juan Tenorio se va al purgatorio, más que por su querer de salvación, por el querer y la pasión de doña Inés, que es quien lo salva del infierno a costa de su propia e inmediata salvación.

Pero ya, si nos allegamos a Don Álvaro o la fuerza del sino, nos vamos a encontrar con el planteamiento de la obra literaria de don Ángel Saavedra y Ramírez de Baquedano, duque de Rivas: ¿Predeterminación o libertad? ¿Fatalidad o libre albedrio? Vaya, nada más y nada menos. La gran pregunta del hombre en todos los tiempos.

Fragmento de ‘Don Álvaro o la fuerza del sino’. Estudio 1 de TVE, obra teatral (Fuente: YouTube).

Que no nos engañe el duque de Rivas. Ya nos ensalzó la libertad nuestro señor don Quijote cuando se la explicó al bueno de Sancho Panza: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”.

No hay que ser un nostálgico para seguir tan sabias palabras, aunque hoy se confunda la libertad con el que “porque a mí me da la gana”.

“Drama original en cinco jornadas, y en prosa y verso”, califica su autor a su Don Álvaro o la fuerza del sino, y es dedicada “al excelentísimo Sr. D. Antonio Alcalá Galiano, en prueba de constante y leal amistad en próspera y adversa fortuna”, Ángel de Saavedra, duque de Rivas.

Y es que, como alguien ha escrito, los destinos del político Alcalá Galiano y del duque de Rivas se enlazan en el desengaño político y en las ilusiones literarias. Alcalá Galiano puso al frente de El moro expósito un prólogo considerado por algunos como el manifiesto del Romanticismo español, y el duque de Rivas en reconocimiento le dedica su Don Álvaro, o la fuerza del sino.

Y en el desarrollo de las cinco jornadas de la obra señera del Romanticismo. El sino, el destino, la tragedia inevitable, se hace carne en una carrera hacia la destrucción total:

Gritara son Álvaro, ante la muerte de su amada Leonor atravesada por el puñal de su propio hermano Don Alfonso:

¡Infierno abre tu boca y trágame! ¡Húndase el cielo, perezca la raza humana; exterminio, destrucción…!

(Sube a lo más alto del monte y se precipita)

El Padre Guardián y los otros Frailes. (Aterrados y en actitudes diversas)

 ¡Misericordia, Señor! ¡Misericordia!

Bueno, así termina una “fuerza del sino”, que comienza con una escena capitular en el antiguo puente de barcas de Triana, con un aguaducho de tablas y lonas con un letrero que dice “Agua de Tomares” con un mostrador rústico y cántaros, macetas de flores y un todo andaluz con el tío Paco detrás del mostrador, un oficial, una muchacha llamada Preciosilla, a su lado, templando la guitarra, el Majo y otros habitantes de Sevilla… Y una pregunta ruidosa del Canónigo que aparece en la escena:

Grabado de Sevilla en el siglo XVIII (Fuente: Retabloceramico.com / Wikimedia).

—¿Y qué tal los toros de ayer?

Y el Majo contesta:

—El toro berrendo de Utrera salió un buen bicho, muy pegajoso… Demasiado.

Luego dirá un Habitante Segundo:

—No fue la corrida tan buena como la anterior.

Y contesta Preciosilla:

—Como que ha faltado en ella don Álvaro el indiano, que a caballo y a pie es el mejor torero que tiene España.

 Y luego, tras las explicaciones del porqué no fue don Álvaro a la plaza, se comentará que es porque le ha dejado su novia, Leonor, y se dirá:

—No, doña Leonor no le ha plantado a él, pero el marqués la ha trasplantado a ella.

Y dirá el Habitante Primero:

—Amigo, el señor marqués de Calatrava tiene mucho copete y sobrada vanidad para permitir que un advenedizo sea su yerno.

Y no contaré más del “sino”, porque el sino es la torpeza del Comendador, y volvamos al desgraciado final causado por culpa de tan alto copete.

Porque no hay destino fatal sino que dependemos de la libertad.


Y acabo esa lectura que hoy les comento, cuando el solsticio de verano, nos anuncia en este retal del mundo llamado Alicante, cómo luce el sol, y cumpliendo, así, su “sino”: ser la más bella tierra del mundo.

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Julio Calvet Botella

Magistrado y escritor.

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  • Gracias, Julio, por tu comentario. Echo de menos tus artículos. ¿Por qué has abandonado tus colaboraciones? Me puse a buscar algún artículo tuyo y he disfrutado con el dedicado al Duque de Rivas, evidentemente excelso entre los románticos. Además del ‘Don Álvaro…’, me encanta, desde que era un estudiante, el romance ‘Un castellano leal’. Da risa oír hablar de lealtad a nuestros politiquillos actuales. Confío en volver a leerte… todas las semanas a sr posible. Un abrazo. RAMÓN GÓMEZ CARRIÓN.

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