Cultura

De libros y lazarillos

Libro: La vida del Lázaro de Tormes y de sus fortunas y adversidades.
Autor: Anónimo.
España. Edición de Antonio Rey Hazas. Castalia Didáctica.
Colección dirigida por Pedro Álvarez de Miranda.
Primera edición. Cuarta reimpresión septiembre de 2020.

No podía olvidarte, Lázaro de Tormes, en mis actuales comentarios librescos. Y no podía olvidarte porque no lo podré hacer nunca, desde que leí por primera vez el libro de tu vida, y por ello y para hacerte este comentario, he comprado un enésimo libro, uno más de los muchos que tengo, de tus “Fortunas y Adversidades”.

Este libro que ahora presento, ilustre Lazarillo y pícaro de Tormes, es uno más de los que poseo y que conservaré para tu homenaje, pues bien sabes que eres uno de mis personajes favoritos por tu genial historia y por ti mismo, pues yo creo que en verdad anduviste por la España de tu tiempo, y por eso, como bien sabes, escribí sobre ti y publiqué tu historia y tus circunstancias en un estudio que titulé “Los pícaros en la España del Siglo de Oro” y que, para que se conserve para el futuro, he procurado dejar mi escritura, grabada desde el año del Señor de 2012, en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes de Alicante, para que pueda leerse por cualquier interesado y para ayudar a que tú, Lázaro, no quedes arrumbado en un perdido lugar de tantos libros olvidados, y también como homenaje a quien escribiera este libro, que quiso quedar como anónimo contándonos la historia de quien naciera en una aceña del Tormes.

Y como digo, este libro resulta que es anónimo, sin autor conocido, para las elucubraciones de sus muchos comentaristas que ha habido diseñando su posible autor y que yo, que no soy ningún erudito, pienso que no es ninguno de los que se proponen por los estudiosos, sino que el verdadero autor del libro es el propio narrador y protagonista de su vida y milagros, que quiso ocultar su nombre debido a posibles reacciones contra él, pues también pienso que todos y cada uno de los amos a quienes sirvió Lazarillo de Tormes no fueron seres imaginarios, sino personajes reales de una España que bajo las galas del Imperio más grande de todos los tiempos, se ocultaba la miseria y la pobreza más atroz de unas gentes que tuvieron que vivir como pudieron, dando lugar al nacimiento de los llamado “pícaros”, en esa España picaresca escondida bajo las glorias del emperador Carlos I de España y V de Alemania.

La situación de tan lastimoso mundo dio también lugar a la bien llamada literatura picaresca, creación única española, pues después del Lazarillo vendrá la Historia de la vida del Buscón llamado Pablos, de don Francisco de Quevedo y Villegas, aparecerá El escudero Marcos de Obregón, de Vicente Espinel, luego El Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán y el Estebanillo González, también de autor desconocido; y muchos otros antes y después más que contaran sus vidas como, a veces, retratos de sí mismos y de sus mal entendidas glorias.

Dos mujeres en la ventana, cuadro de Murillo. Colección: Galería Nacional de Arte de Washington (Fuente: Wikimedia).

¿Recuerdan, queridos lectores, aquel cuadro que a mí me ilumina la imaginación, pintado por Bartolomé Esteban Murillo, llamado “Dos mujeres en la ventana” o “Dos mujeres” o “Dos mujeres gallegas”, que andan riéndose y sonriéndose con pícaras miradas de algo que están viendo o que les están diciendo, quién sabe qué o quién sabe a quién, pero seguro que será un pícaro sevillano? Para mí, ese cuadro, esas mujeres, acaso mozas de partido, concentran con su rubor y miradas picarescas a esa España y esas gentes que conllevaban sus miserias como podían.

Este mi nuevo libro adquirido es la edición de Antonio Rey Hazas, publicado en Castalia Ediciones, en su cuarta reimpresión de septiembre de 2020, y a él también voy a seguir en estas letras, y que me perdonen personalidades como don Francisco Rico, quizás el más timbrado estudioso de Lázaro de Tormes y autor de la edición de esta novela que, como un clásico, aún sigue publicando Ediciones Cátedra en su colección de Letras Hispánicas, como también elevo un contento saludo a quienes con sus “Introducciones” han galanteado este libro tan preclaro del Siglo de Oro, como fue Julio Cejador y Frauca, filósofo, crítico literario e historiador, nacido en Zaragoza, en el año de 1864, quien prologó y anotó la edición del Lázaro de Tormes de Espasa-Calpe SA en su colección de Clásicos castellanos, publicada en el Madrid de 1952, uno de cuyos ejemplares poseo.

Y permítaseme esta elección, de la edición de Rey Hazas, porque aquí, debemos caber todos. Yo incluido. Y es que para mí, leer las aventuras y desventuras del Lazarillo de Tormes, llamadas por su anónimo autor “Fortunas y Adversidades”, es un todo orquestal. Un todo orquestal de aquella España y de los españoles. De la España eterna y de los españoles de entonces. Y de la inmortal ciudad de Toledo y de la letrilla que nos escribiera el gran poeta y dramaturgo cordobés don Luis de Góngora y Argote al decirnos aquello de: “Ándeme yo caliente y ríase la gente”.

La España de los “pecadillos” más o menos grandes y la España de la nobleza más honda, cuajada de la valentía y del coraje de unas gentes que fueron recreando nuestra patria con un alma estremecida, pues los españoles somos capaces de altas gestas heroicas para luego ser capaces hasta de compadecernos. Una España en la que conviven una entraña especial de hidalgos y molinos repletos de llanezas como nuestro señor don Quijote de la Mancha, montado en un flaco rocín para “desfacer tuertos” acompañado de un rústico escudero, el bueno de Sancho, en la búsqueda de un lugar donde gobernar; y una España que fue provincia de Roma, reino de los Visigodos, lugar de una muy larga Reconquista, crisol de tres culturas, y la tierra de los descubridores y conquistadores de las Américas, a las que llevamos la cruz y la lengua de Castilla y que llegó a ser el Imperio más grande jamás conocido.

Don Quijote. Ilustración de Gustavo Doré (Fuente: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes).

Yo no sé cuándo fue, ni sé decirlo, cuando España, en lo alto de su Imperio, se fue poblando de pícaros, pero para recordárnoslo, para siempre y jamás, como un milagro, surgirá para contarnos aquella España, esa novela llamada La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, la historia de Lázaro que acabará viviendo en Toledo, la histórica corte de España.

Este fué el mesmo año, que nuestro victorioso emperador de esta insigne ciudad de Toledo entro y tuvo en ella cortes y se hizieron grandes regozijos, como vuestra merced aurá oydo. Pues en este tiempo estaba en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna.
De lo que aquí adelante me suscediere avisaré a Vuestra Merced.

Nos dice Julio Cejador respecto del libro del “Lazarillo” que: “Sin nombre de autor y sin punta, al parecer, de intencionado propósito ni menos de vanas pretensiones, salió a la estampa hacia los últimos años del reinado de Carlos V un librejo, tan corto en tomo, cuan largo en bienafortunado suceso. Corrió dentro y fuera de España con tan buena estrella y general aplauso, cual no se recordaba en alguno otro desde que se publicó la Celestina, ni había alguno otro de sonarse hasta que Guzmanillo y Don Quijote vinieran al mundo”. Un librejo que apareció en Burgos, Alcalá y Amberes, allá por el año de 1554.

Y así, en este libro, estaremos en el Toledo del rey don Carlos I en el que se pondrá punto final a su relato cuando Lázaro de Tormes, después de muchas vicisitudes, está pregonando los vinos del Arcipreste de San Salvador, en el tiempo en el que éste anda amancebado con la que será su mujer, fingiendo ser ajeno a ello, por lo que llega a decirnos aquello de “estar en la prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna”.

Lázaro de Tormes va contando sus fortunas y adversidades a alguien a quien parece deberle mucho:

Pues sepa V.M. ante todas las cosas que a mi llaman Lázaro de Tormes, hijo de Thomé Gonçalez y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nascimiento, fue dentro de río Tormes, y por la tal causa tomé el sobrenombre.

Y tras esta auto presentación, Lázaro va narrando a quien llama vuestra merced, en el comienzo del Tratado primero del libro, “su vida y cómo fue” y le va relatando sus historias, como a modo de confidencia o confesión. Y no conoceremos el nombre y posición del auditor, por lo que a mí me parece que, quizás, nuestro anónimo escritor llama con tal tratamiento al escuchador de sus fortunas y desventuras, que no es otro que el lector de su libro, a quien se dirige con dicho tratamiento en señal de respeto y consideración.

Vieja friendo huevos, cuadro pintado por Velázquez. Colección: Scottish National Galery (Fuente: Wikimedia).

Y de esta forma o manera, a lo largo de su narración irán apareciendo esos personajes a los que sirvió, o los personajes de los que se sirvió, pues el Lazarillo es avispado e inquieto y no se pierde “ni una coma” en el correr de su vida desde que comenzó su andadura lejos de su madre, cuando Antona Pérez, que hubo de marchar a servir a un mesón de la Solana, encomendara a su hijo Lázaro a un ciego que “vino a posar al mesón”, rogándole que “me tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano”. El ciego le respondió que “así lo haría y que me recibía no por mozo, sino por hijo”.

Y así comenzó la primera “desventura” de Lázaro marchando con el ciego a Salamanca. Y fue ese ciego quien le enseñó a base de golpes y porrazos las artes del pícaro, por lo que, a pesar del mal trato Lázaro siempre se lo agradecerá, pues aquello le sirvió para enseñarle a vivir en una España desolada por el hambre y la pobreza.

“Yo oro ni plata no te lo puedo dar; mas avisos para vivir muchos te mostraré”. Y el ciego, haciéndole pasar hambre, y causándole todas las vejaciones imaginables, fue el gran maestro en la profesión de pícaro, la que rápidamente aprenderá Lázaro de Tormes, pues no hay mejor maestro que el hambre, y que ya no dejará de seguir sus ejemplos o malas enseñanzas cuando vaya cambiando de sucesivos amos. Unos amos avarientos, sedientos de dineros y de comida y también sedientos de un honor desacertado.

La ruta del Lazarillo, por Inocencio Medina Vara (Fuente: Wikimedia).

A pesar de ello, Lázaro no dejará de contarnos, como rabiando, que, “jamás tan avariento ni mezquino hombre no vi, tanto que me mataba a mí de hambre, y así no me demediaba de lo necesario”. ¿Recuerdan la escena? “Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos este racimo de uvas… una tú y otra yo. Bueno, pues no tardó el ciego en darse cuenta de que en lugar de comerse Lázaro cada vez una uva, lo hizo de tres a tres, y eso porque callaba cuando yo las comía de dos a dos. Al cabo, Lazarillo, acabará marchándose del lado de aquel ciego, que mal que le pese le enseñó a vivir como un pícaro. Y del que al fin se separó, después de hacer que se diera una calabazada”.

Después, Lázaro, marchó a un lugar “que llaman Maqueda”, donde “me toparon mis pecados con un clérigo, que llegando a pedir limosna, me preguntó si sabía ayudar a misa” y “finalmente el clérigo me rescibió como suyo”. En fin, que Lázaro se asentó con tal clérigo en cuya casa “no había ninguna cosa de comer”. Total, que “al cabo de tres semanas que estuve con él, vine a tanta flaqueza, que no me podía tener en las piernas de pura hambre”. Esto duró hasta que logró abrir el arcaz donde el clérigo guardaba las comidas, gracias a un calderero que apareció por allí y que le facilitó una copia de la llave. Al final, fue descubierto por el clérigo, ”el cual sacóme la puerta fuera” y le puso en la calle diciéndole “busca amo y vete” y “santiguándose de mí, como si yo estuviera endemoniado, tornase a meter en casa y cierra su puerta”.

Y en el Tratado tercero del libro nos lo presentara diciendo: “Cómo Lázaro se asentó con un escudero y de lo que la acaesció con él”.

Y aquí ya estamos en Toledo, donde “topóme Dios con un escudero que iba por la calle, con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás en orden. Miróme, y yo a él, y díjome: Mochacho ¿buscas amo? Y yo le dije: Sí, señor. Pues vente tras mí –me respondió– que Dios te ha hecho merced en topar conmigo; alguna buena oración rezaste hoy”.

Vista de Toledo, cuadro pintado por El Greco (Fuente: Wikimedia).

El escudero, pues no era más que eso aunque se tildara de hidalgo, que aspiraba a una nobleza que no tenía y a una honra a la que no se ha alzado, tapando con su capa los descosidos y roturas de un traje de supuesto noble empobrecido, es el nuevo amo de Lázaro. Y aquí Lázaro va a volver a mendigar, pero ahora no tanto en provecho propio, sino para dar de comer a su amo con lo obtenido como pedigüeño de la caridad de los viandantes. No le hizo muchos “ascos” el escudero cuando se vio comer gracias a la mendicidad de Lázaro, pero ¿y la honra?, ¿qué hacemos con la honra de quien se presume de hidalgo?: “Solamente te encomiendo que no sepan que vives conmigo, por lo que toca a mi honra”, y le dirá el de Tormes, “de eso pierda, señor, cuidado –le dije yo– que maldito aquel que ninguno tiene que pedirme esa cuenta, ni yo de dalla”. Mal acabará también la historia del que quiso ser hidalgo y que acabó arruinado por sus deudas y totalmente embargado por la justicia, trabándose todo lo habido en su casa por un alguacil y un escribano. Pero, y yo pregunto, ¿quién no ha coincidido a lo largo de su vida con alguna de esas gentes que viven de meras apariencias externas y viven de un mal comer?

Y tras ese pobre amo, pobre en todos los sentidos, seguirá Lázaro asentándose ahora con un fraile de la merced, que fue quien le diera sus primeros zapatos, pasando con este a dejar de pedir limosna y a pasar hambre, pero del que se marchó pronto, no solo por su “trote” de visitar a tantos, sino también, “por otras cosillas que no digo”.

Y “en el quinto por mi ventura di, que fue un buldero”, esto es, uno de aquellos religiosos encargados de predicar y vender las bulas, “el más desenvuelto y desvergonzado y el mayor echador dellas que jamás yo vi ni ver espero, ni pienso que nadie vio. Porque tenía y buscaba modos y maneras y muy sotiles intervenciones”. Así que Lázaro pasó a servir a uno de aquellos que las ofrecía a quienes las compraban a base de prometerles la obtención de concesiones especiales de indulgencias y privilegios que se decían otorgados por los papas a los reinos de España. Un amo, con quien estuvo “cerca de cuatro meses, en los cuales pase también hartas fatigas”.

Grabado ‘Lázaro aguador. Autor anónimo (Fuente: Wikimedia).

Luego y tras asentarse con un maestro de pintar panderos, “para molelle los colores y también sufrir mil males”, pasó a servir a un capellán de la catedral, que “me recibió por suyo”. Y aquí el propio Lázaro nos dirá que fue aquel empleo “el primer escalón que yo subí para alcanzar buena vida”. Pudo ahorrar de lo que le daba y pudo vestirse de ropa vieja muy honradamente. Y tras ser despedido por el capellán “quiso Dios alumbrarme y ponerme en camino y de manera provechosa”.

Porque, después de asentarse con un alguacil, con quien “muy poco viví con él, por parescerme oficio peligroso”, fui a servir al señor Arcipreste de San Salvador, mi señor y servidor y amigo de vuestra merced, al que le pregonó sus vinos y el cual procuró casarme con una criada suya.

Y así y de esta manera, como antes dijimos, veremos al Lazarillo de Tormes oírle decir aquello de estar “en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna”.

Y bueno, querido lector, si ha llegado hasta aquí, le daré las gracias por acompañarme en este andar por la historia de Lázaro de Tormes por las calles de Toledo y otros pueblos y recordar la vida y la historia de un pícaro bueno. Aquí no veremos cuchilladas por la espalda ni venganzas siniestras como luego nos contarán don Pablo y Mateo Alemán en su autobiografía, sino de quien tiene que vivir a su aire y a su desaire en una España de ricos y pobres de solemnidad que se buscan un pedazo de pan como pueden.

Escultura dedicada al Lazarillo junto al río Tormes. Fotografía: Alberto Ceballos (Fuente: Wikimedia).

Aquella España a la que llamaron el Siglo de Oro, y aquella España de la novela picaresca, única en el mundo de los libros, de la que, como nos dice Antonio Rey Hazas en la introducción a su edición de La vida de Lazarillo de Tormes, es un género cuya poética implícita obliga “casi necesariamente el tratamiento de una serie de temas sociales, políticos y morales de plena actualidad”. Cita al efecto, la influencia del linaje, concepto de la honra, relación honra-dinero, relación honra-herencia, relación honra-aspecto externo, posibilidad de cambio social, concepto de nobleza, justicia-injusticia social, situación del escudero… Acaso sea verdad lo que nos dice el escritor Antonio Rey Hazas, aunque yo, con mi entero respeto al introductor, no sé muy bien si cuando yo escribo estas letras en el año de 2021 estas cuestiones son o deben ser objeto de debate, porque me temo que hoy lo que impera aquí es aquel dicho del “ándeme yo caliente y ríase la gente”, o más bien, y en román paladino, suene ahora mejor lo de que “cada cual va a lo suyo”, abundando, eso sí, los “picaros” por doquier, que no se han ido y siguen perviviendo ahora también y que hoy llamaríamos los “aprovechados”, aunque también los españoles seamos capaces de unirnos en solidaridad cuando nos aquejan las grandes tormentas como ahora, donde tantos han luchado por los demás en esta época de la pandemia del covid que aún nos acecha.

Y termino este comentario sobre el Lazarillo de Tormes dejando para cada cual de mis lectores su juicio justo, que seguro que será mejor que el mío, y diciéndole un “hasta luego” al amigo que nació en la aceña del Tormes y que aún sigue paseando por la inmortal España, pregonando los vinos del Arcipreste, o de lo que fuera, una vez más, después de leer de nuevo “sus fortunas y adversidades”.

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Julio Calvet Botella

Magistrado y escritor.

4 Comments

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    • Querido amigo Ramon: Gracias por tu comentario. Es un honor para mi tu cariñosa comunicación. Un abrazo. Julio Calvet.

  • Precioso y aleccionador artículo, Julio. Los tiempos cambian; los hombres, menos. Los pícaros de ahora (sin ninguna gracia) son esos nuestros politiquillos que predican como malos frailes y se llenan los bolsillos. ¡Qué grande el pequeño libro del Lazarillo de Tormes! Un abrazo. RAMÓN GÓMEZ CARRIÓN.

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