Reportajes

Ancianidad, valores humanos y Navidad

Al llegar la época de Navidad urge, más que nunca, hacer unas reflexiones sobre la ancianidad, esa etapa final de la vida de las personas, tan importante pero que, en estos momentos actuales, es ninguneada e incluso despreciada por buena parte de la sociedad, de esta sociedad materialista y deshumanizada en la que, lamentablemente, vivimos.

En las fiestas de navidades se reúnen las familias y en ellas, la figura de los abuelos es fundamental. El abuelo o la abuela une a todos, y ellos presiden real o metafóricamente, esa comida compartida, esas viandas de amor que son símbolo de los mejores sentimientos.

El tema de la llamada tercera edad es complejo y quiero, de entrada, resaltar los buenos ejemplos de solidaridad (la excepción confirma la regla) que tenemos y son dignos de admirar. Pero estos buenos ejemplos han de ampliarse, mejorarse y hacer que calen hondo entre todos nosotros.

Todo el mundo ha de llegar (y ese es mi deseo, que nadie se quede en el camino) a lo que se ha venido en llamar tercera edad, edad dorada, vejez, ancianidad, que yo denomino la “etapa áurea” de la vida. Es la ancianidad. Los ancianos acumulan la mayor riqueza, su experiencia de la vida, el poso de cómo han ido superando los avatares que la humana existencia nos depara a todos nosotros, y han dado su cariño y afecto primero a los hijos (como padres) y después a los nietos (como abuelos).

Fotografía: Sabine van Erp (Fuente: Pixabay).

Muchas sociedades dan preeminencia a los ancianos. Así, tenemos el ejemplo de la antigua Roma en que los componentes del Senado (senex=anciano) eran las personas de más edad. La sabiduría romana (¡tanto tenemos que aprender de ella!) consideraba que, por su experiencia, sensato y sereno juicio eran los idóneos para esa institución. ¡Qué diferencia con lo que sucede en la sociedad occidental -y me refiero muy en especial a España- en que muchas veces personas indocumentadas, ignorantes de la historia y del devenir de los pueblos, por su inmadurez o sus pocos años, acceden a puestos en las instituciones del poder legislativo, dando una imagen deplorable!

Y sin ir más lejos, en estos tiempos de pandemia, miles de ancianos en residencias han sido abandonados a su suerte, sin la precisa atención gubernamental y han fallecido (en la conciencia de estos gobernantes -que se supone la tienen- quedará siempre este desaguisado). Es natural que por la edad fallezcan los ancianos, pero lo hecho con ellos no tiene nombre. Y ese último paso de no permitir que los familiares puedan visitar a los seres queridos, a  sus padres y abuelos, es infame e  inhumano. Siempre podían haberse aplicado adecuados mecanismos para haber corregido este punto y otros de análoga naturaleza. Si se pregona que nuestra sanidad es de las mejores del mundo, hay que demostrarlo.

Y no me refiero al personal sanitario, de loable labor. Médicos, enfermeros y enfermeras, auxiliares sanitarios, celadores o voluntarios, que se han desvivido por la atención a los mayores, incluso pagándolo con sus vidas. Pero obedecen normas de Sanidad, y hay que atenerse a ellas -aunque muchas veces no las compartan-. “Contamos” con un ministro de Sanidad, ¡filósofo!, un portavoz que no da una a derechas, un Comité de Expertos inexistente, y otros disparates.

El pueblo español, adormecido, despertará sin duda de su letargo.

Estudios sobre la vejez

Esta etapa evolutiva del hombre y la mujer ha sido estudiada por eminentes pedagogos, psicólogos, sociólogos… Muchos nombres pueden esgrimirse, y nuestro país tiene verdaderas eminencias. Pero sus consejos y sus investigaciones caen en saco roto. Como “los de arriba”, del poder, leen muy poco… (por decir algo).

Erick Ericsson (1902-1994), es uno de los autores más relevantes de tradición psicoanalítica, cuya contribución supone una reconceptualización de la dinámica evolutiva del ser humano. En su obra Vital involvement in Old Age, define la vejez como la edad en que se adquieren comportamientos de dependencia, ligados a una fragilización del estado de salud.

Otros investigadores de la vejez, pueden ser resaltados: Neugarten, Weinstein, Reichars, Paterson, Fierro, Oroza…

En España, Moragas (Gerontología Social), Vega, Palacios, Marchesi o Coll, son algunos de nuestros estudiosos más destacados. García Hoz (Alegría en la tercera edad), capitaneando el mundo del personalismo educativo, el nuevo humanismo, tiene profundas aportaciones. Julián Marías y Menéndez Pidal, emprenden, desde el ángulo erudito y filosófico, estudios especializados. El eminente profesor Fernández Huerta -que admiro y al que tanto debo-, desde ese plano de las Ciencias de la Educación que es la Orientación Educativa, aborda igualmente la vejez, apoyándose en el capítulo preventivo (propedéutica de la vejez).

Una breve alusión a lo expuesto por mí en mi estudio “Educación para la tercera edad”. Hay que preparar a la persona adecuadamente, ya desde los primeros estadios de su vida, a fin de que, cuando alcance esa “edad dorada”, sepa asumir esta y la disfrute al máximo, dentro de las limitaciones, especialmente de tipo físico, que conlleva.

Fotografía: Mabel Amber (Fuente: Pixabay).

Ciertamente, hay que aprender a ser niño, joven y adulto, pero con mayor motivo hay que aprender a ser viejo. Ello comporta la necesidad de planificar de manera adecuada la época de la vejez, y en especial lo que se puede considerar su comienzo oficial: la jubilación. Ya desde el principio de la edad adulta debe comenzar la preparación para la jubilación, pues supone el momento de cese de la actividad profesional, una auténtica fase crítica en la vida de las personas.

Una educación en el verdadero sentido del ocio y del tiempo libre, es cauce adecuado para que la persona de la tercera edad pueda dedicar este tiempo que ahora parece “sobrarles”, a su propia formación espiritual y al disfrute pleno de sus aficiones.

Pero es indudable que el capítulo de la asistencia médica ocupa un lugar de gran importancia. La Geriatría, es la especialidad médica que se ocupa de las enfermedades de los ancianos, así como de su posible prevención y de su terapéutica más conveniente. Debería ser posible aliviar la soledad y el aislamiento gracias a los servicios de mantenimiento a domicilio, reducir el número de crisis cardiacas fatales mediante un régimen de ejercicios adecuados y otras pasos similares y paulatinos, utilizando en su plenitud los recursos que propicia nuestra sociedad y nuestro entorno.

El anciano en la vida

El anciano, en la familia, en su relativa soledad si no lograra insertarse en ella por las circunstancias que concurran (en cuyo caso el voluntariado es esencial), en las residencias (si no hay otra opción…) debe ser atendido al máximo. En los Presupuestos Generales del Estado, el capítulo de la atención geriátrica, tan descuidado, debería tener una prioridad casi absoluta. Ello evitaría tantas muertes “prematuras” y prolongaría la calidad y la duración de la vida de nuestros mayores.

Echemos una mirada al poema de José Saramago “Sobre la vejez”, tan ilustrativo del tema que nos ocupa:

¿Qué cuántos años tengo? ¡Qué importa eso!
¡Tengo la edad que quiero y siento!
La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.
Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso o lo desconocido…
Pues tengo la experiencia de los años vividos,
y la fuerza de la convicción de mis deseos.
¡Qué importa cuántos años tengo!
¡No quiero pensar en ello!
Pues unos dicen que ya soy viejo,
y otros ´que estoy en el apogeo´.
Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice,
sino lo que  mi corazón siente y mi cerebro dicte…”.

Rompo una lanza por nuestros mayores, tan maltratados y abandonados. Que esos miles de fallecidos sirvan de revulsivo para reconsiderar la política social respecto a los ancianos. El cariño de los familiares es imprescindible y, si por fuerza mayor, los ancianos han de estar recluidos en residencias, que se dote a estas de los recursos necesarios, de personal sanitario suficiente y preparado, de medios económicos, y que las inspecciones sean rigurosas e implacables con los establecimientos que incumplan. Tantos casos sangrantes han difundido los medios de comunicación…

Los mayores, son nuestro tesoro, nuestro fondo de reserva moral y espiritual, lo mejor que tenemos. Que esta etapa final de la vida de las personas sea cuidada al máximo. Una Ley de la Ancianidad es imprescindible. Que en el Congreso y en el Senado, en lugar de dedicarse nuestros representantes a insultarse, a aumentarse el sueldo o a descoyuntar España, piensen en nuestros mayores con unas normas y disposiciones que los defiendan.

Ojalá que estos buenos deseos y propósitos que humildemente esgrimo puedan servir para la reflexión y para cambiar el triste estado actual de todas estas cosas. Que la pandemia sea, por sus interiorizaciones  sobre la misma, el punto de partida, para el logro  de una nueva sociedad, más justa y humana. Y que el espíritu de la Navidad esté siempre presente.

Que así sea.

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José Moratinos Iglesias

Doctor en Ciencias de la Educación, diplomado en Psicología, profundo conocedor de la Psicopedagogía e Instructor de Tiempo Libre con sus estudios de Magisterio.

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