Cada marzo, las ciudades se tiñen de morado, las redes sociales se llenan de mensajes rápidos —algunos bienintencionados, otros oportunistas— y los calendarios escolares reservan un hueco para “hablar del tema”. A primera vista, parece que todo está dicho, pues el 8 de marzo forma parte del paisaje, de nuestras costumbres, como una fecha asumida, repetida, casi automática. Pero basta con escuchar a una adolescente que duda antes de contar lo que vive, o a un chico que normaliza revisar el móvil de su pareja “porque si no, algo oculta”, para comprender que la igualdad no se sostiene con símbolos. El 8M, si no atraviesa de manera transversal la educación cotidiana, corre el riesgo de quedarse en un simple gesto estético, sin el deseado efecto transformador.
Celebrar el 8 de marzo no implica felicitar a nadie. No supone tampoco repartir flores, ni convertir la efeméride en un ritual que nos permita respirar tranquilos durante el resto del año. Es una reivindicación de derechos y, al mismo tiempo, una llamada a la responsabilidad colectiva para mirar de frente las desigualdades que persisten y la violencia que se alimenta de ellas. En España, incluso desde las instituciones se recuerda que el 8M es una jornada de unión, de celebración de avances y de lucha, precisamente porque aún existe una realidad marcada por brechas y violencias machistas que no se han erradicado. Y, si vamos a su dimensión histórica, conviene recordar que no nace como un evento “conmemorativo” vacío, sino vinculado a los movimientos sociales y a la exigencia de igualdad. La ONU lo conmemoró oficialmente en 1975 y, después, la Asamblea General impulsó en 1977 que los Estados establecieran un día dedicado a los derechos de las mujeres y la paz internacional.
Desde una visión pedagógica del asunto, debemos preguntarnos qué parte del mensaje estamos transmitiendo cuando lo reducimos a un simple aniversario. Porque las adolescentes y los adolescentes aprenden más por coherencia que por discursos. Detectan la distancia entre lo que decimos y lo que hacemos. Si en el aula hablamos de igualdad, pero fuera del aula se toleran chistes que humillan, canciones que erotizan la dominación o dinámicas de control disfrazadas de “preocupación”, el aprendizaje real no lo dicta el cartel violeta, sino la cultura cotidiana. Y esa cultura, hoy, es especialmente crítica en la adolescencia, pues se configura como un tiempo de búsqueda de la identidad personal, de la pertenencia al grupo, de las primeras relaciones afectivas y de la exposición constante a los mensajes digitales que moldean las expectativas sobre el amor, el cuerpo y el poder.
Por eso, el 8M no debería pensarse solo como una fecha que recuerda una serie de derechos en abstracto, sino como una herramienta preventiva en el lugar más decisivo: la población adolescente. La violencia que vemos en la edad adulta —la que indigna, la que llena los titulares de prensa con demasiada asiduidad, la que, en definitiva, rompe las vidas de aquellas personas que la sufren— no aparece de la nada. Se entrena. Se normaliza. Se aprende. Y, con frecuencia, empieza con conductas casi imperceptibles, aparentemente “sin importancia”, que se cuelan en las relaciones de los jóvenes como si fueran parte del juego amoroso. Una fotografía reciente en España sobre violencia en las parejas de adolescentes (14 a 17 años) lo expone con gran crudeza: la prevalencia anual de la victimización en las relaciones de pareja se sitúa en el 13,6 % (16,9 % en chicas y 10,5 % en chicos), y la forma más frecuente es el control, con un 10,1 % de adolescentes que declaran haberlo sufrido. No estamos hablando de casos excepcionales, sino de un porcentaje demasiado alto como para seguir tratando el tema como una “charla puntual”.

El control, además, es el disfraz más eficaz de la violencia en edades tempranas porque se camufla de cuidado. No aparece de golpe con un acto violento. Llega con un “pásame tu contraseña”, con un “mándame tu ubicación”, con un “si me quisieras, no hablarías con esa persona”, con un silencio que castiga, con la exigencia de respuestas inmediatas, con la fiscalización de la ropa, de las amistades, del tiempo. Es una violencia que se instala en el lenguaje y en los hábitos, en la forma de escribir, de mirar, de esperar, de reclamar. Y, cuando se interioriza, deja de percibirse como violencia y pasa a ser “lo normal”. Lo grave es que, si lo normalizamos a los 15 años, después resulta más difícil detectarlo a los 25. La prevención real consiste en interrumpir esa normalización cuanto antes.
La adolescencia vive hoy una paradoja: nunca hubo tanta conversación pública sobre igualdad y, al mismo tiempo, nunca fue tan fácil que un modelo de relación desigual se cuele en el bolsillo a través del móvil. Los mensajes llegan por múltiples vías: series que romantizan la insistencia hasta convertirla en “pasión”, contenidos que confunden deseo con conquista, algoritmos que premian lo extremo, pornografía que presenta guiones de dominación como si fueran educación sexual, redes donde la validación se mide en exposición y donde la humillación puede volverse viral. No se trata de demonizar la tecnología, pues tiene su parte positiva cuando es bien utilizada, sino de comprender su papel educativo. Es necesario recordar que la omnipresente tecnología ejerce un importante papel “educativo”. Por tanto, si no educamos nosotros, lo hará el algoritmo. Y todos sabemos que el algoritmo de una red social no tiene como prioridad la dignidad de una adolescente, sino llamar la atención para incrementar el número de usuarios.
Cuando el 8M se vive desde una mirada pedagógica, deja de ser un acto simbólico y se convierte en una pregunta incómoda dirigida a la escuela y a la familia: ¿Qué estamos enseñando sobre el amor? ¿Qué estamos tolerando como “broma”? ¿Qué estamos excusando como “cosas de críos”? Y aquí es importante ir más allá de las consignas. La prevención en adolescencia no se logra repitiendo “respeto” como una palabra mágica, sino enseñando a reconocer ciertas señales de alarma: la diferencia entre intimidad y vigilancia, entre cuidado y control, entre conflicto y violencia, entre deseo y presión, entre consentimiento y miedo.
Los datos también obligan a matizar determinados discursos simplistas que pueden provocar el efecto no deseado. En ese mismo análisis sobre parejas adolescentes, se observa que las chicas declaran más victimización por control y por agresión sexual, mientras que la violencia declarada no se reduce a un solo perfil, mostrando complejidad y solapamientos entre roles. Traducido a la vida real, no basta con decir “chicos malos, chicas víctimas” como si la adolescencia fuese una representación en el escenario de un teatro. Eso sería pedagógicamente pobre y, además, ineficaz. Lo que sí debemos sostener —sin relativismos— es el núcleo ético: ninguna relación sana se construye desde la intimidación, la coerción o la humillación. Y, en particular, la dimensión sexual requiere una educación clara, valiente y constante, porque el silencio educativo deja el campo libre a aprendizajes peligrosos.
Una educación preventiva, ligada al sentido profundo del 8M, exige recuperar la educación afectivo-relacional como contenido esencial. Igual que enseñamos a leer y a escribir para participar en la sociedad, debemos enseñar a vincularnos para vivir sin violencia. Esto incluye alfabetización emocional —poner nombre a lo que siento, detectar la rabia antes de que se convierta en daño, reconocer la tristeza sin convertirla en control— y habilidades de comunicación para aprender a decir “no” sin culpa, escuchar sin ridiculizar o negociar sin imponer. Esto también incluye revisar algunos mitos que permanecen asentados en nuestra sociedad: los celos no son amor, el control no es prueba de interés, la insistencia no es romanticismo, la presión sexual no es “normal”, el chantaje emocional no es “madurez”.
La escuela no puede cargar sola con todo, pero sí es un espacio privilegiado para intervenir con intención y continuidad. No con actividades aisladas, sino con una verdadera planificación de cultura escolar: protocolos claros, clima relacional, formación docente, y una convivencia que no trate los conflictos como “cosas de adolescentes” sin importancia. La prevención se concreta cuando el centro educativo enseña los límites de una manera coherente, cuando hay adultos que saben escuchar sin juzgar, cuando se trabaja el papel del grupo como protector y no como público pasivo. Porque el silencio del entorno, en la adolescencia, tiene un poder devastador. El grupo puede ser refugio o puede ser jaula. Puede cortar una conducta de control con una frase a tiempo o puede amplificarla con risas y “memes”.
También la familia educa incluso cuando no habla. Educa con la distribución de los cuidados, con la manera de discutir, con la forma de nombrar a las mujeres, con los comentarios sobre el cuerpo, con la tolerancia a la desigualdad. Y educa, sobre todo, con el ejemplo de cómo se repara: pedir perdón, reconocer los errores, asumir las responsabilidades. La prevención no se limita a vigilar; se basa en construir confianza para que un hijo o una hija pueda decir “esto me molesta” sin miedo a ser castigado, ridiculizado o culpabilizado. Si no hay un vínculo seguro, el adolescente buscará respuestas en otros lugares, y muchas veces esos lugares no protegen.
Pero el 8M, si quiere ser garantía de futuro, también debe interpelar a los chicos. No como acusación, sino como invitación a liberarse de modelos de masculinidad que hacen daño. La igualdad no consiste en desplazar una opresión por otra, sino en desmontar un guion cultural que enseña que ser hombre es dominar, competir, no mostrar vulnerabilidad y convertir el afecto en posesión. Un chico que aprende a gestionar el rechazo sin violencia está construyendo una sociedad más segura. Un chico que aprende a expresar tristeza sin transformarla en rabia contra su pareja está rompiendo una cadena de transmisión cultural. Y esto no se logra con sermones, sino con educación emocional, con referentes, con espacios donde hablar sin vergüenza y sin cinismo.
Hay otro elemento esencial que el 8M suele recordar: la violencia no solo duele, también se oculta. Y ese ocultamiento es parte del problema. Un informe reciente, divulgado a nivel europeo, insistía en que la violencia de género continúa infradenunciada, pues muchas víctimas no denuncian, especialmente cuando el agresor es la pareja, y la falta de confianza, el miedo y la vergüenza se convierten en el principal obstáculo. Esta lógica de silencio empieza pronto. La adolescente que no se atreve a contar que su pareja la controla teme no ser creída o teme que le digan que “es cosa de enamorados”. El chico que sufre humillación puede sentir que pedir ayuda lo hace “débil”. Si queremos un futuro basado en el respeto y la igualdad, necesitamos construir desde la adolescencia una cultura de confianza, cimentada sobre unas instituciones que respondan, adultos que acompañen y entornos seguros que no culpabilicen.
Por otra parte, la dimensión digital merece una atención específica, porque hoy muchas formas de violencia adolescente pasan por la pantalla (control de horarios, presión para enviar imágenes íntimas, amenazas de difusión, acoso en grupos, suplantaciones). Educar aquí no significa prohibir sin más, sino enseñar competencias relacionadas con conceptos clave como la privacidad, el consentimiento, la huella digital, las estrategias de autoprotección y, sobre todo, pedir ayuda a tiempo. En España existen recursos públicos de orientación en ciberseguridad para los menores, sus familias y los centros educativos a través del 017 y sus canales asociados. También existen recursos específicos de apoyo en violencia de género y en menores, que conviene difundir sin dramatismo, como parte de una cultura preventiva normalizada.
De eso trata, en el fondo, celebrar el 8 de marzo: de no resignarnos. De no aceptar como inevitable que una parte de nuestra adolescencia aprenda el amor como control, o el deseo como presión, o el conflicto como humillación. El 8M, debería funcionar como un espejo que nos permita reflexionar sin culpabilizarnos, que nos obligue a revisar qué estamos haciendo con lo más valioso que tenemos, que es el futuro de nuestras relaciones. No basta con decir “igualdad” si después educamos con prisa, con silencios o con tolerancia hacia lo injusto. La igualdad se entrena. El respeto se enseña. Y la violencia, si no se cuestiona, se hereda.
Que el 8M sea, entonces, menos un acto de calendario y más un compromiso verificable. Que sirva para que cada centro educativo se pregunte si su convivencia protege de verdad o solo reacciona cuando el daño ya está hecho. Que sirva para que cada familia mire su propia cultura doméstica y se atreva a corregir lo que normalizó durante años. Que sirva para que quienes crean y difunden contenidos asuman el poder educativo que ejercen. Y que sirva, sobre todo, para que una adolescente no tenga que aprender a defenderse sola, y para que un adolescente no tenga que fingir dureza para sentirse aceptado.
Si tú, que lees esto, convives con adolescentes, quizá el gesto más coherente con el 8M no sea publicar una frase perfecta, sino abrir una conversación imperfecta pero real. Preguntar sin invadir. Escuchar sin juzgar. Nombrar lo que a veces cuesta nombrar. Porque el futuro basado en el respeto y la igualdad no se garantiza con un día. Se construye con cada palabra y con cada límite que enseñamos a tiempo.
Si alguien necesita orientación o ayuda, existen recursos disponibles: el servicio 016 atiende todas las formas de violencia contra las mujeres (también con canales online y WhatsApp); la Fundación ANAR ofrece atención específica para violencia de género en menores de edad a través de su teléfono y chat; y para situaciones de riesgo o conflicto digital (ciberacoso, sextorsión, suplantaciones), la línea 017 de INCIBE ofrece apoyo y orientación. Pedir ayuda no es exagerar: es prevenir. Y prevenir, en adolescencia, es una de las formas más serias y esperanzadoras de celebrar el 8 de marzo.














Coincido plenamente contigo cuando defines el 8M como «jornada de unión» (en el segundo párrafo)…
Ni creo en el cartel violeta ni en la cultura social pues creo ya más en las acciones desde la familia (con todas sus variantes en el amor y la unidad) con el ejemplo de nuestras madres y padres, hermanas y hermanos que nos guían hacia la ‘piedra philosophal’ que es contagiar y compartir RESPETO y JUSTICIA ENTRE PERSONAS.
Los celos y otras acciones humanas como la pretensión de dominar a quienes consideras más débiles que tú (sucedía y sucederá ahora como ayer en el patio del colegio y entornos humanos) ese instinto de dominación es milenaria inclinación troglodita que sólo desde la unidad y solidaridad en el grupo es posible combatir… Entre las soluciones podemos dar ejemplo en la familia desde la infancia para ENSEÑAR A RESPETAR, pese a los errores que cometamos y cometemos, y a contagiar el ejercicio de la generosidad…
Somos personas que unidas nos sentimos más fuertes y felices…
Gracias