Trescientas... y pico

Zaplana y Pujol, dos almas gemelas

Pujol y Zaplana (Fuente: El Punt Aviu).

De forma lenta incluso exasperante– pero inexorable la Justicia va desmontando una a una las piezas del aquelarre y desenfreno de los gobiernos zaplanistas en la Comunidad Valenciana. Y lo que va tomando forma es un olor nauseabundo muy parecido al que emergió con prístina claridad un poco más al norte cuando el gran timonel del nacionalismo catalán desde la Transición, Jordi Pujol, cayó en desgracia. Quién lo iba a decir, Pujol y Zaplana como dos almas gemelas.

Y es que podría ser que Cataluña y la Comunidad Valenciana no fueran tan diferentes como algunos se han empeñado y aún se empeñan en hacer ver. Podría ser que ambos territorios hayan transitado sendas parecidas haciendo ver que lo hacían por caminos separados, cuando no enfrentados. El tardío ajuste de cuentas que la maquinaria judicial está haciendo a sus grandes líderes  –Pujol, Zaplana, Camps– nos revela un cuadro donde las semejanzas son más que las aparentes distancias. Un cuadro, sí, de miedo y terror pero cuya tramoya obedece a la misma o parecida forma de proceder.

Y en este similar proceder hay un elemento central que parece conectar ambos mundos: allí, en Cataluña, y aquí, en la Comunidad Valenciana, se quiso durante demasiado tiempo ejercer un poder sin sombras a su alrededor. Pujol lo logró en gran medida y Zaplana pronto supo que este era el marco político necesario en el que poder llevar adelante su proyecto oculto.

Y para conseguir los fines no confesables de ambos proyectos –allí, el nacionalismo excluyente, pero también el enriquecimiento personal, y aquí el más prosaico del lucro personal– hubo casi siempre y entre otras, dos ideas fuerza que lo hicieron posible. Una, fue hablar constantemente de oasis como metáfora y excepción, como lugar donde la vida es pródiga, frente al “otros” donde el hedor de la decadencia, la muerte, la putrefacción y la pobreza lo invade todo. Jordi Pujol fue un maestro en esto durante más de veinte años y presentó Cataluña como la excepción al resto del país. Todo los vicios nacionales –vieja corrupción, nepotismo, escasa laboriosidad…– no lograban en el universo pujoliano atravesar al lado norte del Ebro. Era un mantra que caló a una y otra parte de la frontera muy posiblemente ya imaginada por él.

Jordi Pujol (Fotografía: Josep Renalias).

Y aquí, más cerca, en la Comunidad Valenciana, y conforme policías y jueces van quitando toneladas de silencio culpable y herrumbre a la, para muchos entonces y seguramente aún hoy brillante gestión de Eduardo Zaplana al frente de la Generalitat, nos acercamos peligrosamente a la imagen de una especie de travesti de Pujol de Sur. Con una manera menos preclara que aquel, este fue el santo y seña de los gobiernos de Eduardo Zaplana, más tarde heredados por Francisco Camps. El oasis del Sur por mimetismo con el supuesto oasis catalán, la excepcionalidad, existió también aquí en el plano de la propaganda y la acción de gobierno. Y ciertamente muchos que hoy callan ayudaron a asentarlo.

La otra idea fuerza, la otra razón necesaria, fue posiblemente hablar de pueblo en vez de hacerlo de ciudadanos. Hacer ver que el destinatario de tus decisiones no eran individuos aislados, ciudadanos al fin, sino el conjunto y la colectividad que te sigue. Si hablas de pueblo te evitas tener que hacerlo de ciudadanos, con sus diferencias, sus matices, sus complejidades, sus identidades diversas, sus intereses contrapuestos, sus derechos.

En esa tarea Pujol demostró ser un maestro de esgrima cualificado y de alta escuela, capaz de darle la vuelta a cualquier dificultad propia para convertirla en éxito también propio. Tanto que su caída en desgracia supuso un tremendo –por inesperado– shock de cuyas consecuencias aún no se ha recuperado el nacionalismo/independentismo catalán. Y ello porque seguramente en ese mundo Pujol siempre fue el Moisés capaz de caminar sobre las aguas y hacer frente a los tiburones que siempre y en su logia venían de fuera.

Hoy ya sabemos que ciertamente lo hizo y lo practicó con descaro Pujol –recuerden aquel soniquete de som un sol poble– pero también, a su modo y manera, lo hicieron Zaplana y Camps al sur del río Ebro. De una forma más chabacana, más a la valenciana si se quiere, menos romántica y puede que más prosaica, pero qué otra cosa fue sino el vender de forma harto insistente la idea de tierra de oportunidades y la California (¿o era Florida?) europea, en un actualizado y bíblico milagro del pan y los peces donde la verdad y la realidad fueron las primeras víctimas.

La segunda gran condición para conseguir sus fines ocultos –el enriquecimiento personal en ambos casos- era, necesariamente, reducir la discrepancia interna y anular en todo lo posible a la oposición, y no solo la política. Y en esa tarea, la de hacer ver que los postulados del discrepante no van contra la forma de gobierno autoritario que se ejerce, sino contra el elemento central, el pueblo representado en el nuevo Rey, el nuevo Mesías, Pujol y Zaplana podrían ser considerados dos caras de una misma moneda.

Si alguien no estaba de acuerdo con las políticas que promovieron era –eso decían– porque no formaban parte del pueblo elegido. Eran expulsados fuera. La política lingüística excluyente en Cataluña, los eslóganes del España nos roba, la idea insistente de que ellos pagaban impuestos y los demás eran gente subvencionada, iba en esa dirección. Más o menos lo mismo que la idea zaplanista de que todo lo que fuera cuestionar sus grandes proyectos, las terras míticas, las ciudades de la luz, el agua para todos, el control de los medios públicos y privados a través, eso sí, de jugosas cantidades de dinero extraído del erario público… era allí y aquí, en la Comunidad Valenciana, una manera de actuar. De hacer país. De caminar hacia la Tierra Prometida

Aquí, recordémoslo, alguien nos dijo insistentemente una vez y otra que teníamos todas las posibilidades para ser la California del sur de Europa. Que solo era cuestión de soñarlo. De imaginarlo para empezar a caminar hacia ese cielo en la Tierra. Lo dijeron tanto y con la mejor de sus sonrisas que en gran medida la gente les creyó. Y les votó de forma mayoritaria una vez y otra vez y pese a que ya había evidencias de que algo chirriaba en el mecanismo de dirección única engrasado con dinero de todos los que aplaudían enfervorizados, una especie de cortesanos de nuevo cuño. Las huestes, allí y aquí, les siguieron como un solo pueblo –pueblo que marcha unido, ya saben…– porque siempre es mejor y más fácil hacerlo con alguien que te habla de felicidad, de riquezas sin fin, que alguien que alerta de los peligros que acechan.

Es esa práctica política tan próxima a la Cosa Nostra siciliana la que hoy vamos viendo dibujada afortunada y dolorosamente con cada nuevo auto judicial. Al principio, ya se sabe, no se nota. Te invitan y vas porque lo fácil, lo cómodo, casi lo humano, es sumarse. El padrino te recibe con la mejor de sus sonrisas, con el mejor de sus ropajes, con los mejores manjares. Pero, poco a poco, descubres que hay rastros de sangre en la estancia, tiros en las paredes, hasta cadáveres, pero ya es tarde. Acabas cayendo en sus redes clientelares. Y ahí, en esa trama delincuencial, corresponsables a su manera, allí y aquí, cayeron abducidos empresarios, sindicatos, periodistas, parte de la intelectualidad que dio por buenos los supuestos fines sin reparar antes en los medios. El precio era estar dentro del paraíso o la amenaza del destierro y el olvido.

Eduardo Zaplana (Fotografía: Dolors Nadal).

Y sucede también que, luego, poco a poco, conforme las luces del decorado se van apagando (siempre hay un momento en el que las luces se apagan) y llega la noche, vas descubriendo que en California los sueños no siempre tienen final feliz, que su economía amenazó bancarrota, que los actores de aquí son como mucho de serie B hollywoodiense, y que ya más prosaicamente las revisiones de tu coche en las ITV privatizadas a los amiguetes las pagabas más caras que nadie en el resto del país, y vas viendo y comprobando que tu sanidad y tu educación están en las cuadernas y sus profesionales exhaustos… Y así, gota a gota, te cuentan que hay cadáveres, algunos de ellos, Rafael Blasco mismamente, dando tumbos por las cárceles, y que otros esperan turno.

Pero siempre, piensas, queda la esperanza de creer que quienes han ido cayendo al pozo lo hicieron por razones de avaricia personal, pero que el gran líder, los grandes timoneles –Pujol allí, Zaplana y Camps, enemigos inseparables, aquí– y sus más próximos –Cotino y parte de su gran familia– no eran, no son, de ese pelaje. Todo eso, hasta ahora, que los jueces y policías han hecho un relato escalofriante: mientras nos mandaban –porque no lo pedían, lo ordenaban– soñar la nueva California, la nueva Florida, mientras ellos viajaban como reyes bañados en oro, mientras los empresarios a los que entregaban sus privatizaciones les prestaban sus grandes yates para sus escapadas lúdicas y sus bacanales, y mientras los incrédulos eran acusados de enemigos del pueblo por el solo hecho de hacer preguntas o mostrar dudas, ellos ya estaban construyendo su particular, personal e intransferible California, eso sí en cuentas opacas de Holanda, Andorra… Y así hasta quince paraísos fiscales que se sepan.

Cuentas que engrasaban puntual y metódicamente vía testaferros con las privatizaciones –ITV, Plan Eólico, Fitur, RTVV…– y el expolio de las mil y una empresas y fundaciones que levantaron para hacer poco menos que imposible el control y la fiscalización. Y es que esta –el oscurantismo de su gestión y la imposibilidad de control– fue la tercera condición que sin duda posibilitó las dos anteriores, la que hizo posible que el som un sol poble y la Florida europea acabase derivando en realidad en una versión castiza de la Cosa Nostra: una especie de Terra Nostra ala catalana y a la valenciana.

De modo que sí, puede que mientras aquí algunos se desgañitan hablando contra Cataluña, no sepan que en el fondo se están desgañitando contra quienes fueron sus maestros. Mientras tiran toneladas de barro contra el falso oasis catalán, en realidad lo estén tirando contra sí mismos y contra el acartonado oasis valenciano. Contra ese hilo apenas perceptible que les une a un pasado donde el robo y el latrocinio fue la única y verdadera forma de gobierno. En Cataluña y en la Comunidad Valenciana. Con Pujol, sí, por supuesto; y con Zaplana también. Según parece y según se puede leer estos días en diferentes medios y a propósito de las últimas revelaciones judiciales del caso Erial que acaban de salir de las sombras de veinte años de olvido.

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Pepe López

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