Impulso irresistible

Vivir la verdad de verdad

Fotografía: Mihai Paraschiv.

Hemos encontrado un camino breve que nos ha venido muy adecuado, pues andábamos buscando las pistas que nos acercaran a la verosimilitud de los conceptos que puedan existir entre lo auténtico y lo legítimo, entre lo verdadero y lo válido, entre lo de verdad bien hecho y lo dudoso que es quedarse a veces cuando ni se termina de ver el resultado ni se produce un final feliz. Nos obsesionamos a veces mezclando pensamientos fugaces con nociones aprendidas desde antiguo con significados ya caducos, opiniones particulares con sentencias dadas por buenas, quizás sin contrastar. Jugamos con abstracciones casi idénticas que nos hablan de lo que nos parece positivo, de lo genuino y lo verídico que hay en la vida y por lo que vale la pena vivirla y hasta, también, luchar por ella.

Quede dicho esto antes de seguir, pues lo que más nos importa es el entorno que hemos construido nosotros mismos y que conforman y mantienen “los nuestros”, puesto que pensando en ellos más que en nuestros gustos o caprichos, dan solidez a nuestros proyectos visibles que tienen caras y nombres diversos y llenos de muchos significados. Por su educación, por su aprendizaje de los conceptos morales y de toda virtud, se planifica un ámbito consolidado para proyectar bienestar, convivencia y talento, adiestrado todo ello en torno al bien común que nos mantiene en unidad y respeto. Hemos pretendido resumirlo en el titular: que lo que hay que hacer en esta vida es vivir, pero hacerlo de verdad, y hacerlo en verdad. Si uno lo analiza bien, el ser humano es de por sí bastante complicado. Y cuando las complicaciones abruman nuestra convivencia o amistad nos cubrimos tras algo sin que sea preciso esconderse.

Fotografía: RitaE.

Hemos deseado y hemos pedido siempre (y hasta obsesivamente) crecer en autenticidad y en verdad. Ser naturales; no fingir nunca, no ir por la vida llevando esas máscaras que entorpecen nuestro crecimiento como personas y como creyentes sin dejarnos respirar bien. Hoy, como ayer, seguimos teniendo ese deseo de tener plena conciencia de que nuestra identidad es ser verdaderos, legítimos, auténticos. Sabemos que es difícil ser persona ejemplar, pero por ahí van nuestras buenas intenciones. No dejamos de pedirlo a la Omnipotencia. Pero eso no lo podemos lograr si no somos auténticos. No queremos fingir lo que no somos. Pues mantenemos nuestro espíritu inicial de ser transparentes y reales, fieles, sin doblez, sin mentiras de por medio. Y así vamos cumpliendo años, como hoy, con la observancia de no mentir jamás, de no doblar el espinazo, ni escondernos más de lo preciso, ni disimular más allá de lo necesario, pues estamos bajo el yugo de la timidez, de ese sentirnos cohibidos, cobardes y desconfiados. Este tipo de complejos dejan muchas marcas y señuelos permanentes que no se puede evitar que nos identifiquen, especialmente ante los que más nos conocen. Pero con esas personas ya sabemos convivir. Con los familiares y los más leales amigos somos los primeros en compartir alegrías y preocupaciones: nadie sabe reírse cómo y cuándo nos reímos; cuándo y cómo lo pasamos mal por las circunstancias que nos afecten con optimismo o con desazón. Deseamos llevar a manos llenas los frutos abundantes de la justicia, de la fraternidad y de la legitimidad, estén esas cosas donde estén. Como creyentes nos esforzaremos en mostrarnos como siervos e hijos espirituales de nuestro Padre Dios, que nos hizo coherederos para compartir la herencia del cielo; eso no lo alcanzaremos sin autenticidad.

¡Tu Espíritu mora en nosotros, Señor, porque somos templos de Dios, porque estamos unidos a Él en espíritu y vida, por ser miembros de tu cuerpo, producto de la nueva creación, llamados a ser santos en una sociedad que se aleja de la fe y su seguridad! No permitas que caigamos en este quebranto.

Lo auténtico es lo verdadero y lo seguro. La persona auténtica es la que no es hipócrita ni pretende mostrarse diferente. La autenticidad parece requerir un profundo reconocimiento: vivir de acuerdo a valores y talentos para un buen vivir, para desarrollarse, convivir y sentirse en verdad.

Fotografía: Sathya Tripodi.

La verdad, que debería ser lo más ampliamente reconocido desde un punto de vista social, y como expresión del deseo de alcanzar y estar viviendo en lo más sublime de la existencia, es –como casi todo en esta vida- motivo de discusión por existir determinados planteamientos y conceptos de base. Existe una expresión popular que lo revienta casi todo; aquella que se muestra con estos aspavientos y “posturas totalitarias” (o algo parecido, con mil expresiones que hacemos con los brazos abiertos y los ojos espantados), que da a entender una postura de superioridad y señala como acabada toda discusión: “Venga, vamos a la verdad”. En algunos estratos sociales todavía es utilizada y parece que quien la usa lo que desea es que salga una autoridad a resolver el problema que se debate. Nos parece interesante. Vemos que la gente que la utiliza trae al presente una sentencia muy antigua con la que se ponían todos muy firmes y muy serios. Era como llamar al abogado, al jurista, al juez, al alcalde como defensor de la paz y el buen entendimiento de todos. Por una parte, es frase hecha por quienes quieren que no dejemos de manejar otros motivos (no necesariamente las mentiras) que siguen siendo posturas encontradas y no nos aproximan si somos muy cabezudos con nuestra forma de ver las cosas. Por otra parte, es una auténtica sentencia que daba la voz a quien todavía no había hecho nada para merecerla. Somos unos convencidos de que vivir la verdad de verdad es establecerse en la parte cómoda, pero no nos la han impuesto, más bien nos contenta mucho que haya sido una decisión tomada con libertad, en contraste y con mucha luz. 

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Demetrio Mallebrera

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