Trescientas... y pico

Una verdad incómoda

A veces las palabras dicen lo que no se quiere decir y los gestos expresan lo que no se quisiera mostrar. Sucede esto, como sucede aquello de que los extremos se tocan. Basta un solo gesto para dejar traslucir el pensamiento oculto, el menosprecio o desprecio al otro. Y sucede a veces que hay palabras que hacen aflorar nítidamente la ideología reaccionaria oculta de quien incluso dice vehementemente luchar contra esa misma idea. Eso les pasó al reaccionario Donald Trump y al izquierdista Juan Manuel López Obrador a propósito de las personas mayores y de las mujeres.

Es ver a Donald Trump tratando de ridiculizar a su oponente electoral Joe Biden por su edad (77 años) y no hace falta que explique su pensamiento oculto sobre las personas mayores. Le ves ahí, encima del escenario, encorvado, con paso dudoso, arrastrando los pies, representando e intentando ridiculizar a su oponente demócrata en las elecciones por su edad, y ves enseguida todo el desprecio hacia todo el colectivo de las personas mayores reunido en un solo gesto del que él, por biografía (74 años), forma parte. Ya no hacen falta palabras. Los gestos son las palabras. El gesto no es solo contra Biden, contra las personas de más edad de la población, es sobre todo contra sí mismo. No hicieron falta más explicaciones sobre su pensamiento profundo hacia esta parte de la población. Una burda teatralización fue suficiente.

Justo debajo de EE. UU., en México, ha sido escuchar al presidente Andrés Manuel López Obrador (66 años), autoproclamado hombre y dirigente proizquierdista, abogando porque las mujeres se queden en casa para mejor combatir el covid-19 en su país, y tampoco hace falta que diga más. Toda su cosmogonía política, todo un programa de gobierno supuestamente progresista, de izquierdas, tirado por los suelos. Con esa frase “La familia mexicana es la institución más importante de la Seguridad Social”– su pensamiento machista, desconsiderado hacia justo la mitad de la población a la que considera no igual, ha quedado fatalmente en evidencia y al descubierto. Ha sido ahora la palabra quien le ha traicionado. La que ha desvelado lo que realmente nunca habría querido decir pero que finalmente dijo. Lo que pretendía ser un halago convertido en un profundo traspié político.

Sucede a veces, sí. Que intentando explicarse se dice lo que no se quisiera dar a conocer. Que mostrándose se deja traslucir aquello que nunca habría querido ser dicho. Es la magia de los gestos –del teatro–, y de las palabras –la poesía y la literatura– que nos alimentan y de las que nos adornamos los humanos para hacernos entender mejor. Aunque a veces, tantas veces, como ha sucedido a estos dos extraños, estrafalarios y malos personajes tengan el efecto contrario al por ellos deseado. Afortunadamente la verdad incómoda emergiendo de las brumas del pensamiento más oscuro. De ellos, sí, pero de tantos otros también.

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Pepe López

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