Impulso irresistible

Una grandiosa sinfonía de pobreza

Fotografía: Philip Walenga (Fuente: Pixabay).

Llegadas estas fechas prenavideñas, toda la gente parece ir en la misma dirección. Conciba como quiera cada uno el foco de atención, el ambiente festivo, la música antigua que se oye en casi todas las casas y comercios, algunas plazas con sus belenes al exterior, se nos atrae a todos al mismo lugar: desde lo que mande el cerebro, pasando por el corazón, se llega a las piernas que se sienten deseosas de participar con todos de la alegría de la Navidad, que para unos será lo que ya se sabe de todos los años y para otros es un elemento más de nuestras costumbres que, por su júbilo y los hermosos mensajes que nos traen, no por eso renuncian a dejarse llevar de su música y los cánticos que la memoria reconoce como lo que son: villancicos (un diminutivo de villano; de lo realizado por el ciudadano, de lo que tienen en común los vecinos de las villas, antiguas y modernas). El villancico es una composición poética con estribillo y con origen religioso, sin complejidades ni dificultades de interpretación sino con absoluta sencillez y naturalidad siguiendo un compás al que fácilmente se une el cuerpo entero para marchar o bailar con regocijo, con aspecto celebrativo que siempre comporta la elevación del espíritu, la transmisión del gozo y la alegría. Es volver a cantar y representar antiguas escenas campesinas de factura sentimental y retrayendo a nuestra vida actual lo que sería una forma de celebrar las festividades nuestros antepasados. Pero es aún más: nace Dios que se hace humano para enseñarnos a todos a vivir.

Nuestras celebraciones en tiempos como los que vivimos no se conciben sin al menos considerar lo que llamamos convite, que es la acción de convidar, de tener unos invitados que, por amistad o parentesco, son llamados al festejo que en este caso lo somos todos participando de un mismo alborozo. Compartir los sentimientos es hacerlos vivos por fuera de nosotros mismos dando normalmente mucho gozo y júbilo, y haciendo notar que esos atributos individuales palpitan en el grupo todos a la vez. Nos sitúa en aquel tiempo de la primera Navidad del reconocido escritor y sacerdote Federico Suárez quien escribió en su magnífico libro La Virgen Nuestra Señora, trasladándonos a hoy, un auténtico “espíritu de pobreza”. Ahí podemos leer:

A causa del edicto de Augusto, muchos judíos de la estirpe de David habían acudido a Belén a empadronarse, y la pequeña aldea estaba por aquellos días ocupada por una población que excedía con mucho su capacidad de albergarla. María y José, por otra parte, eran pobres y no tenían mucho que ofrecer. En el mesón no hubo lugar para ellos, ni en ninguna parte. Todas las puertas se les cerraron. La impotencia, la absoluta soledad, el desamparo total, la carencia, incluso, de aquello poco que tienen hasta los más pobres, un sentimiento del acoso a que los sometía la necesidad, el dolor y la tristeza de no poder ofrecer a ese Hijo a punto de llegar ni siquiera un techo y unas paredes que velaran el alumbramiento, son cosas que nadie puede experimentar, por muchas catástrofes que le sucedan, tan agudamente como las conoció la Virgen, la llena de gracia.

Como si Dios se desentendiera de su Hijo. Al cabo tuvo que refugiarse en una cueva que servía de establo en las afueras de Belén. Y allí, en un pesebre, nació el tan esperado Mesías. ¿Cómo no iba a ser todo ello motivo de ponderación en su interior? Dios la había despojado de sus sueños e ilusiones, Dios la había hecho conocer la pobreza más total, el verse privada hasta de las cosas indispensables que la más pobre de las madres tiene. La había hecho pasar por la humillación de mendigar un techo. Y llegado el momento, Ella apenas si había podido ofrecer a su Hijo una piedra cóncava que sirviera de pesebre y alguna paja seca para que el Niño no notara su dureza. Bien examinado, aquello había sido UNA GRANDIOSA SINFONÍA DE POBREZA. Dios había elegido a los más pobres para las primicias de la revelación. Así nos mostró al Niño y a su Madre santísima. Y si para ellos eligió lo mejor es porque sin duda la pobreza es realmente un auténtico bien.

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Demetrio Mallebrera

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