Impulso irresistible

Un cuento de Calleja: “El perdón de una culpa”

Saturnino Calleja fue un escritor y editor de sus propias obras que se hizo muy famoso por sus cuentos de cierta trascendencia moral, que gozaron de fama y de indudable popularidad a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, pues escribió unos tres mil en total, de los que se venderían tres millones y medio de ejemplares. Los relatos son similares a los de Perrault, Andersen o los hermanos Grimm, que tenían temas abundantes para contar, desde donde mandaba siempre una vida o unas aventuras para aprender bondad, humor, incluso miedo, que se dan la mano para construir historias extraordinarias que no entienden de épocas ni de edades. Detrás de estos cuentos, se escondían las plumas de autores de contrastado talento, como Juan Ramón Jiménez y otros muchos que no trascendieron su nombre por diversas u ocultas razones. Nos hemos leído uno de estos libros que tiene cinco relatos y que, copiando el antiguo estilo de los libros, fue editado por Edaf en 2004, y del que destacamos “El perdón de una culpa”, de cuyo contenido hacemos partícipes al lector:

Saturnino Calleja y Fernández. Fotografía de D. Fernando Devas (Fuente: Wikipedia).

Un virtuoso ermitaño vivía en la cumbre de una árida roca consagrado a la oración y a la penitencia. Sólo de vez en cuando descendía al valle para subir a cuestas un cántaro de agua con el que regaba las raquíticas plantas que crecían en las grietas de las rocas y que le servían de alimento, y también para apagar la sed de las pobres avecillas y de otros animales que vagaban hambrientos por la montaña, que, lejos de huir de él, le lamían las manos.

Mientras vivió, antes de retirarse a la vida contemplativa, era ya un modelo de virtud; pero deseando alcanzar la perfección posible en esta vida para merecer la gloria eterna, había renunciado para siempre a los placeres y a la cómoda posición que disfrutaba en la sociedad. Desde que se consagró a la vida solitaria, Dios le enviaba todos los días un ángel con el pan necesario para su alimento. Y así pasaron largos años en los que el ángel no dejó de ir ni un solo día a la solitaria gruta.

Llevaba ya más de treinta años que el ermitaño hacía penitencia, y había cumplido ya los setenta y cinco, cuando una mañana vio a una tropa que llevaba al patíbulo a un mísero criminal. ¡Buen sujeto será ése cuando lo ahorcan!, pensó el ermitaño. Y añadió: ¡Que el demonio le lleve al infierno, ya que sólo ha sabido hacer daño en el mundo!

Más tarde, cuando subió como de costumbre con su cántaro de agua, no encontró su pan en la piedra que le servía de mesa. El ángel había faltado aquel día. Comprendió el ermitaño que había desagradado a Dios, e hizo su examen de conciencia; pero no recordó haber cometido ningún pecado. Sin embargo, se prosternó humildemente, y pasó toda la noche rezando y golpeándose el pecho con una piedra. Al amanecer del siguiente día, hallándose muy afligido por haber ofendido al Rey de los cielos, oyó el alegre cántico de un pajarillo.

-¡Dichoso tú!, le dijo el ermitaño; bien se conoce que no has ofendido a Dios y que estás contento de ti mismo. ¿Podrías decirme qué pecado he cometido yo? Quiero saberlo para arrepentirme y hacer la penitencia por mi culpa.

-Voy a decírtelo, respondió el pájaro: Has lanzado una maldición al infeliz criminal que ejecutaron ayer, y que no te había hecho ningún daño; por eso, está Dios ofendido contra ti… Si te arrepientes, te perdonará.

En aquel momento volvió a aparecer el ángel y entregó al viejo ermitaño una rama seca, diciéndole:

-Ya sabes cuál es tu pecado. Ahora oye la penitencia que te impone Dios.

-Escucho, dijo el ermitaño, cayendo de rodillas y prosternando su frente en el polvo.

-Vas a volver al mundo de que saliste y a mendigar de puerta en puerta el pan de cada día. Si de noche te dan hospitalidad en alguna casa caritativa, Dios te prohíbe permanecer en ella al día siguiente. Para dormir no apoyarás tu cabeza sino en esta rama seca, aunque te ofrezcan buenas almohadas. Hasta que no broten de la rama seca tres retoños verdes, tu pecado no habrá tenido expiación; pero si aquello sucede, en el mismo instante quedarás perdonado.

Al conocer el ermitaño su pecado, dio gracias a Dios, alabó su justicia, y dispuesto a la penitencia, emprendió la peregrinación que el ángel le ordenaba.

Sin embargo, ni aun con el pensamiento murmuraba contra su dura suerte. Al contrario, reconocía la gravedad de la falta que había cometido maldiciendo a un desgraciado, pues lo había hecho cuando él recibía de Dios el alimento diario, beneficio que tal vez no gozaría aquel delincuente.

Cuando cerró la noche se arrastró penosamente hasta el bosque vecino, y fue a llamar a una caverna en la que había visto luz. Entró y encontró una vieja que estaba preparando una cena.

-Buena señora, dijo humildemente el ermitaño al verla. ¿podría usted darme una corteza de pan y dejarme pasar aquí la noche?

-Le daré a usted pan, contesto la vieja- pero pasar aquí la noche es imposible.

-¡Por caridad!

-Precisamente por caridad le aconsejo a usted que se vaya de aquí… Tengo tres hijos que son bandoleros; no tardarán en venir; si le encuentran a usted aquí le matarán. Y quizá a mí también por haberle recibido. La vieja se compadeció y condujo al ermitaño a un rincón oscuro, aunque antes se había percatado que apoyaba le cabeza en una rama seca de árbol. Preguntó y así supo que era una penitencia por un pecado cometido. Eso la hizo sollozar mientras decía: “Pues si Dios te castiga así sólo por un mal pensamiento, ¿qué hará con mis hijos?

Al poco llegaron los desalmados profiriendo blasfemias porque sus malas ideas del día no les habían salido bien. Y riñeron a la madre al ver a aquel hombre. “Es un pobre hombre haciendo penitencia”, tuvo que decirles. Se enteraron de todo y se arrepintieron tanto que juraron cambiar de vida. Por la mañana llamaron al ermitaño, pero éste miraba con ojos fijos y una dulce sonrisa. Entendieron que estaba muerto y que de la rama seca habían brotado tres retoños, símbolo de tres pecadores arrepentidos. Dios los había perdonado.

Fotografía: Kerstin Riemer.
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Demetrio Mallebrera

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