Trescientas... y pico

Trump, la izquierda y una mariposa sin alas

Fotografía: Gerd Altmann.

Muchos analistas, politólogos y periodistas se preguntan estos días cuáles han sido las razones que han hecho que Donald Trump haya perdido las elecciones veremos si también pierde el poder– pero pueda presumir de ser el segundo candidato más votado en la historia electoral de EE. UU. ¿Cómo es posible que un loco –así lo llaman algunos–, que un patán –así oí que lo calificaba una dirigente política de Murcia hace apenas unos días– haya podido arrastrar tanto apoyo popular por segunda vez y tras cuatro años de (mal)ejercer el poder?

Las respuestas a los anteriores interrogantes irían desde aquellos que, paralizados y balbuceantes aún, no acaban de salir de su asombro y son incapaces de ofrecer aún hoy en día alguna explicación, a la de aquellos otros que, tras el asombro inicial y un cierto sentido de culpa, intentan buscar una explicación al fenómeno y se preguntan incluso si el trumpismo sobrevivirá sin Trump en la Casa Blanca. Y en este terreno se interrogan si su imprevista irrupción hace cuatro años, y el altísimo apoyo electoral logrado ahora, nuevamente contra pronóstico, han sido la causa o la consecuencia de una ola social, política y cultural, de una revolución que ha acabado contagiando a medio mundo y sin que se vislumbre rompeolas alguno que aminore su enorme fuerza destructiva.

Quizás para ahondar en su comprensión, la cuestión habría que llevarla al terreno de las emociones. Para tratar de entender el fenómeno, a veces me pregunto por qué nos atrae tanto la belleza, por qué nos emociona y decidimos que un paisaje es bello, por qué sin ser músicos podemos sentir una emoción difícil de verbalizar al escuchar una sinfonía, por qué un cuadro, como, por ejemplo, El Jardín de las Delicias del Bosco que cuelga habitualmente en el Museo del Prado, hace que todo el que pasa ante él sienta la necesidad de pararse. Entre las respuestas –podría haber otras– una tan sencilla como que todo esto nos emociona, nos hace volar, elevarnos por encima de nosotros mismos; en su contacto tenemos la sensación de poder parar el tiempo y olvidarnos por unos minutos, acaso unos segundos, de todo el dolor que nos rodea, del miedo al futuro que muchas veces sentimos en medio de un mundo cada vez más inseguro, de la precariedad creciente de muchos de los trabajos, de las injusticias que de una u otra forma tanto nos duelen.

El jardín de las Delicias, óleo y grisalla sobre tabla de Jheronimus Bosch (el Bosco). Colección Museo del Prado (Fuente: Wikimedia).

Y podría ser eso mismo, si se me permite decirlo metafóricamente, lo que de algún modo hace Donald Trump y quienes actúan como él. En sus campañas, en su forma de gobernar, huyen de la razón y tratan de establecer la disputa en el terreno de las emociones. Tratan de ofrecer certezas en medio del desierto que es muchas veces la vida, lanzar compulsivamente palabras de esperanza cuando ya no queda futuro, buscar fuera (China, los inmigrantes, el ecologismo, las mujeres, la ciencia, las mascarillas…) culpables que ofrezcan contrapesas al laberinto del sufrimiento. Donald Trump ganó hace cuatro años y ahora casi vuelve a repetir, porque habría ocupado el terreno de los sueños y la esperanza que era propio de la izquierda y que ésta hace ya bastante tiempo dejó medio vacío. Y en ese paisaje político, el menosprecio y el insulto a él y a sus seguidores no serían más que gasolina para el incendio y argamasa para su cohesión.

Y es que sabemos que la capacidad de soñar, de imaginar un futuro mejor, de pronunciar palabras acogedoras cuando la tormenta arrecia, de imaginar que se puede parar el tiempo si fuera menester, fue durante mucho tiempo bandera y seña de identidad de la izquierda, social y política, al menos desde el siglo XIX. ¿Quién podría decir hoy cuáles fueron en esta campaña electoral las palabras de esperanza y emoción de Joe Biden más allá de enfrentar todo lo que significa la amenaza del universo del aún presidente de EE. UU.? ¿Cuáles fueron sus mensajes para hacer soñar a quienes desde hace tiempo solo esperan la llamada de la Policía para echarles de la tierra prometida? ¿Dónde están sus “jardines de las delicias” donde pararse un momento más allá del desprecio al desván de los horrores que muchos imaginamos habría supuesto un segundo mandato del presidente republicano? Es como si Trump y los suyos hubiesen robado el relato. Todo gira en torno de lo que hacen y dejan de hacer.

La izquierda –lo explica muy bien el periodista Daniel Bernabé en su libro La trampa de la diversidad– parece haber optado por el regate corto de las pequeñas identidades, esas que, de una u otra forma, acaban separando, provocando divisiones y enfrentamientos, como lo estamos viendo ahora en España a propósito de la Ley Trans que impulsa el Ministerio de Igualdad. Y, en este terreno y consecuencia de lo anterior, se habría olvidado de la magia de ofrecer un oasis en la travesía del desierto que parecen estos tiempos, de tocar la música de las palabras que acunan, de la promesa de un Edén al final de un largo camino de lucha. Todo eso que la hacía, como la cultura que nos conmueve, tan emotiva. Tan creíble. Tan necesaria.

Sabemos bien que la cosmogonía de Trump es falsa. Que sus promesas están llenas de serrín, que sus poblados son, como en el viejo Oeste, puro cartón piedra, meras apariencias que no aguantarían el primer vendaval. Que son arena entre los dedos. Como sabemos que no hubo muro, que no se revitalizó la industria en el cinturón del óxido porque hay cosas que se van y difícilmente vuelven, que la precariedad creció, pero, al menos, él escribe con letras de esperanza. Ofrece aquello que los desahuciados, que aunque blancos también pueden ser desahuciados, necesitan oír. Es su particular manera de ofertar belleza y épica ante el gris del otro lado. Ante el vacío dejado por otros.

A veces, para explicar las preguntas del principio y los miedos del futuro, da la sensación de que bastaría con imaginar que la izquierda, social y política, allí, en EE.UU., aquí, en la vieja Europa, y aún más cerca, en este país atormentada por el pasado y siempre peleándose a cuentas del futuro, se hubiese transformado en una mariposa a la que sin saber cómo, ni cuándo, ni por qué, se le hubiesen caído las alas, carcomido sus ganar de volar. Y, entonces, cabría preguntarse: ¿a quién le atrae, le emociona, le parece hermosa, una mariposa sin alas? Está, claro, el recuerdo. Pero esa ya no parece suficiente épica para confrontar la desesperanza.

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Pepe López

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