Opinión

Solo la verdad y nada más que la verdad

Corte Suprema EE. UU. (Fotografía: GPA Photo Archive).

Recuerdo cómo la época dorada de Hollywood se coló en el aula de primero de Periodismo de la Universidad Miguel Hernández (UMH) de Elche en aquel lejano 2016, de la mano del profesor y escritor José Luis Ferris, para inspirar al alumnado en su futura misión principal: cuestionar dogmas y narrar hechos analizando la información disponible. Se trataba de la proyección anual de ‘Doce hombres sin piedad’, filme moralizante y que evoca a otros como ‘Caballero sin espada’ o ‘Matar a un ruiseñor’, consiguiéndose con creces el ya citado objetivo, pues la mejor pedagogía se formaliza desde el mundo del arte, espejo de la realidad y que Sidney Lumet, con un excelso Henry Fonda, rodó magistralmente.

La idea de adaptar a la gran pantalla la ficción televisiva y teatral homónima fue de este último que, al igual que la versión cinematográfica, discurre en una sala de reducidas dimensiones en la cual un jurado decide sobre la vida de un joven acusado de parricidio, transformándose en un ensayo de psicología social en el que se identifican diferentes roles: desde el indeciso al empático, pasando por el bromista o el intransigente; una docena de arquetipos que representan la escala de grises que es el comportamiento humano, destacando el temperamento del personaje de Fonda, quien contra todo pronóstico impone su perspectiva de los hechos y veredicto mediante la persuasión, con sólidos argumentos transmitidos al resto de manera elegante y eficaz pese a la hostilidad inicial. Es la clara escenificación del poder individual frente a la masa alienada capaz de freír a un adolescente en la silla eléctrica sin detenerse a reflexionar sobre ello.

Se evidencia la crítica al sistema, siendo de agradecer si tenemos en cuenta el contexto histórico: la conformista y puritana Norteamérica de los cincuenta, con una clase acomodada prejuiciosa de aquellos que no han disfrutado de oportunidades ni logrado el sueño americano, mostrando a la vez el conflicto generacional en ciernes y que estallaría en la década de los sesenta. Asimismo, los tribunales estadounidenses son retratados a modo de maquinaria burocrática desprovista de cualquier atisbo de clemencia, en la que el dinero manda y los letrados de oficio abdican la defensa de sus clientes sin recursos en jurados compuestos enteramente por legos, una práctica que despierta suspicacias en el Viejo Continente.

En definitiva, ‘Doce hombres sin piedad’ se ha convertido en un clásico al ofrecer la verdad y solo la verdad —en este caso, la existencia de duda razonable— a un público sediento de ecuanimidad y una justicia más humana. Y es que, como reza la fórmula de Blackstone, “es mejor que escapen diez culpables a que un inocente sufra”.

Fotografía: Kevin T. Quinn.
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José Filiu Casado

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