Al paso

Si yo fuera el ‘rey emérito’

Juan Carlos de Borbón, año 2007 (Fuente: Wikimedia).

Los ataques de Unidas Podemos a la monarquía tienen poco que ver con la actual situación de don Juan Carlos.

Últimamente me ha dado por ponerme en la piel de otras personas; por aconsejarles; por decirles lo que yo haría en su lugar. Es un atrevimiento y me expongo a que me tilden de metomentodo. He aconsejado a Enrique Ponce por si pudiera ayudarle a salvar su crisis matrimonial, como la de otros matrimoniados en problemas. Y ahora me lanzo a hacer de consejero del rey emérito don Juan Carlos de Borbón, a quien Dios guarde, como a cualquier otro cristiano en apuros y con la espada de Damocles (la presunta corrupción) sobre su mala cabeza que otrora fue lúcida para bien de la casi recién estrenada democracia. Es innegable su contribución a la llegada de la democracia, a su mantenimiento y a los abundantes frutos que nos ha dado durante 42 años.

Todo el escándalo de ahora (o casi todo, pues lo de Corina tiene varios matices lamentables) viene de un regalo de cien millones de euros que le hizo el rey de Arabia Saudí hace unos años, un regalo envenenado por culpa de la mala cabeza de nuestro monarca emérito, que ya tuvo un grave desliz regio cuando se fue de safari a África a matar un elefante. Entonces pidió perdón a todos los españoles y quedó absuelto.

Pero este singular rey emérito, simpático pero un tanto descontrolado en algunas de sus manifestaciones, vuelve a estar en el ojo del huracán por culpa de cien millones de euros, que no son precisamente una nimiedad. Independientemente de las actuaciones de la Justicia y de otras instancias oficiales, solo desde un punto de vista humanamente coloquial, de ciudadano a ciudadano, mi consejo al rey emérito sería que donara esos cien millones al pueblo español y pidiera perdón para así recuperar, dentro de lo posible, la estima en la que lo tuvieron (lo tuvimos) casi todos los españoles con excepción de los podemitas. Iglesias y todos los comunistas de Unidas Podemos siempre han estado donde están. Los ataques de Podemos a la monarquía no tienen nada que ver con la actual situación de don Juan Carlos. Son contrarios a una monarquía parlamentaria, como las del Reino Unido, Bélgica, Holanda o cualquier otra similar, por la sencilla razón de que ellos son defensores de la dictadura del proletariado. Son dictadores y es tiempo de recordar que los regímenes comunistas de la URSS, China, Camboya y otras pocas naciones tienen más de cien millones de asesinatos a sus espaldas. A Stalin (cuyos retratos enormes se exhibieron en España durante la Segunda República, sobre todo en el trienio del Frente Popular, del 36 al 39) le atribuyen historiadores internacionales 17 millones de asesinatos, solo superada su crueldad por la de Mao en China.

España tiene en Felipe VI un rey ejemplar y la monarquía parlamentaria goza de buena salud, pese al forúnculo que le ha salido a la Casa Real. Pienso, como Felipe González y otros esclarecidos barones del PSOE auténtico (no del escuchimizado e internacionalmente minusvalorado y hasta vilipendiado partido sociocomunista de Pedro Sánchez, el del autobombo absolutamente inmerecido) pienso, digo, que en todo lo que está pasando en torno a una supuesta corrupción del rey emérito, Juan Carlos I, hay mucha tela que cortar y muchos intereses bastardos que con el tiempo se esclarecerán. El principio de presunción de inocencia es innegociable en toda democracia respetuosa con la separación de poderes.

Hay que dejar trabajar a la Justicia, a la que defendía gallardamente el presidente del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Lesmes, frente a los ataques del vicepresidente segundo del Gobierno (nada menos), Pablo Iglesias, líder-dictador del cada día más inane Unidas Podemos, partido stalinista, defensor de regímenes comunistas criminales, pero haciendo alarde de demócrata. Inaudito.

El comunismo fue condenado por el Parlamento de la Unión Europea hace un año, en una resolución que lo equiparaba con el nazismo y animaba a los países de la UE a celebrar con actos de condena el día de 1939 en que Ribbentrop y Molotov, la Alemania nazi y la URSS comunista, firmaron el pacto de no agresión para luego repartirse Polonia y provocar la Segunda Guerra Mundial. Pocos meses antes Rusia dejó de apoyar a la Segunda República española con lo que se aceleró la victoria de las tropas de Franco sobre las republicanas.

Perdonemos, aunque no olvidemos, las barbaridades del pasado. Y recordemos al rey emérito lo bien que haría donando a los españoles los cien millones saudíes. Nunca es tarde para arrepentirse y salvarse. Ante la historia, ante el pueblo y ante Dios.

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Ramón Gómez Carrión

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