Impulso irresistible

¿Quién es el público y dónde se encuentra? (Larra)

“La crítica de las costumbres madrileñas es lo saliente, lo sugestivo en Larra. Madrid son quinientas personas. (Era esto en tiempos de Larra y es esto hoy). Quinientas personas “las cuales son siempre las mismas y forman un pueblo chico de costumbres extranjeras embutido dentro de otro grande de costumbres patrias, como un cucurucho menor en un cucurucho mayor” (…) No hay en España clase media (¿en España o en Madrid?). “Si hay en España clase media, industrial, fabril y comercial, no se busque en Madrid, sino en Barcelona, en Cádiz, etc. Aquí no hay más que clase alta y clase baja”… Larra hace estas observaciones en su artículo “Jardines públicos”.

Azorín: Rivas y Larra.

La mejor definición de sí mismo, la escribió Larra en su artículo “¿Quién es el público y dónde se encuentra?”, diciendo claramente que “no tengo más defecto, o llámese sobra si se quiere, que hablar mucho, las más veces sin que nadie me pregunte mi opinión; váyase porque otros tienen el de no hablar nada, aunque se les pregunte la suya. Entremétome en todas partes como un pobrecito, y formo mi opinión y la digo, venga o no al caso, como un pobrecito. Dada esta primera idea de mi carácter pueril e inocentón, nadie extrañará que me halle hoy en mi bufete con gana de hablar, y sin saber qué decir; empeñado en escribir para el público, y sin saber quién es el público. Esta idea, pues, que me ocurre al sentir tal comezón de escribir será el objeto de mi primer artículo. Efectivamente, antes de dedicarle nuestras vigilias y tareas quisiéramos saber con quién nos las habemos”.

(Larra: Artículo “¿Quién es el público y dónde se encuentra?”)

Reconozcamos la clarividencia de nuestro escritor del XIX que levantaba tantos aplausos como enfados entre sus lectores, que él, en principio, creía que eran todos los que leían o compraban los periódicos. Le gustaba entrar en groserías y sabía que eso gustaba mucho a la gente.

Y dice en el mismo artículo: “Y escribo en mi libro: ‘El público oye misa, el público coquetea (permítaseme la expresión mientras no tengamos otra mejor), el público hace visitas, la mayor parte inútiles, recorriendo casas, adonde va sin objeto, de donde sale sin motivo, donde por lo regular ni es esperado antes de ir, ni es echado de menos después de salir; y el público, en consecuencia, (sea dicho con perdón suyo) pierde el tiempo y se ocupa en futesas: idea que confirmo al pasar por la Puerta del Sol”. “Esa voz, público, que todos traen en boca, siempre en apoyo de sus opiniones, ese comodín de todos los partidos, de todos los pareceres, ¿es una palabra vana de sentido, o es un ente real y efectivo? Según lo mucho que se habla de él, según el papelón que hace en el mundo, según los epítetos que se le prodigan y las consideraciones que se le guardan, parece que debe de ser alguien. El público es ilustrado, el público es indulgente, el público es imparcial, el público es respetable, no hay duda, pues, en que existe el público. En ese supuesto, ¿quién es el público y dónde se le encuentra? (…) Un público sale por la tarde a ver y ser visto; a seguir sus intrigas amorosas ya empezadas o enredar otras nuevas a hacer el importantes junto a los coches; a darse pisotones y a ahogarse en polvo; otro público sale a distraerse, otro a pasearse, sin contar con otro no menos interesante que asiste a las novenas y cuarenta horas, y con otro no menos ilustrado, atendidos los carteles que concurre al teatro, a los novillos, al fantasmagórico Mantilla y al Circo olímpico”.

(Larra: ¿Quién es el público y dónde se encuentra?)

Querer tenerlos a todos en un puño, presumir de conocer sus pensamientos, pensar que a todos les da igual ocho que ochenta, y sobre todas las cosas que todos van a lo suyo saltándose toda norma de moralidad y hasta de urbanidad. Pero ahí no cabemos los que tenemos un juicio que hay que explicar y con hecho a arrogancias no va uno por la vida si no es en plan chulo y provocador. Esas “Larradas”, que los más pequeños hemos criticado siempre, no nos dejan dormir porque nosotros no queremos llamar la atención ni insultar porque no nos entiendan. Esas cosas, dirigidas por el pensamiento de querer estar a buenas con todos, no nos va a dejar decir toda la verdad, o decirla siempre con artificios innecesarios. Pero suponemos que se nos entiende cuando no queremos en modo alguno fastidiar o insultar a nadie. Está claro que a veces haya que pensarse muy bien cómo decir las cosas para que se nos entienda de verdad y anteponiendo nuestra buena voluntad de no contrariar a nadie, aunque los que no te quieren ni siquiera se van a molestar leer leyéndote, porque ya para ellos tú no les tienes nada que decir ni sabes ni te dejan.

“Aquí cuatro poetas que nos han saludado el diapasón se disparan mil epigramas envenenados, ilustrando el punto poco tratado de la diferencia de la Tossi y de la Lalande, y no se tiran las sillas por respeto al sagrado del café. Allí cuatro viejos en quienes se ha agotado la fuente del sentimiento, avaros, digámoslo así, de su época, convienen en que los jóvenes del día están perdidos, opinan que no saben sentir como se sentía en su tiempo, y echan abajo sus ensayos, sin haberlos querido leer siquiera. Acullá un periodista sin período, y otro periodista con períodos interminables, que no aciertan a escribir artículos que se vendan, convienen en la manera indisputable de redactar…”.

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Demetrio Mallebrera

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