Trescientas... y pico

Patria(s)

Fuente: CineFx.

La patria es una de esas realidades difusas, casi etéreas, que se van adhiriendo lentamente a la piel sin que apenas te des cuenta. Que unas veces, las menos, saca lo mejor de uno, y otras, las más, permite que salga el monstruo que todos llevamos dentro. De eso, del camino de ida y vuelta al horror y la barbarie, de las capas superpuestas que se van acumulando, y del difícil ejercicio de despojarse de ellas para poder reconocer al otro, va Patria, serie que HBO ha emitido estas últimas semanas, que tanto ha emocionado a muchos y que tan extraño y doloroso silencio ha provocado en otros.

Desde la escuela, la familia, los amigos, la universidad, eso cuando hay universidad, y los libros, cuando hay libros, todos esos golpes que te hacen emerger, como un escultor va cincelando sobre la piedra la imagen que lleva en su cabeza, la patria, las patrias, van modelando nuestra forma de ser, de pensar, de reconocernos, de dirigirnos a los demás. Ese camino es, de algún modo, el paso iniciático entre la piedra fría y marmórea que somos al principio y la escultura que acaba adquiriendo vida propia.

La serie de HBO, como el libro -quizás más el libro- es, de alguna manera, una reflexión continúa a propósito de los excesos que los seres humanos cometemos cuando los ropajes de la patria intentan mediatizarlo todo, incluso aquellas cuestiones de la convivencia diaria y vecinal que no tienen, que no deberían tener, mediador alguno.

Fuente: Espinof.

Que la patria, junto con la bandera y los himnos, y no sé si por este orden, son algunos de los elementos simbólicos sobre los que es muy difícil debatir cuando las relaciones sociales se empinan, como sucedió entonces cuando ETA mataba, como sucede hoy cuando algunos (cada vez menos) intentan seguir justificando aquel tiempo de sombras, es una evidencia. Como lo es que en su nombre -reales o imaginarias, eso a veces importa tan poco- se han cometido algunas de las mayores atrocidades que la historia nos ha relatado, que este país ha vivido.

Entonces, quizás, podríamos interrogarnos: ¿Para qué sirven las patrias? ¿Cuántas patrias podemos tener? ¿Puede haber unas que sean incluyentes, abiertas, que abracen, y otras que excluyan a tu propio vecino sin más razón que la propia sinrazón? ¿Está justificado matar, asesinar, en nombre de una patria soñada para provocar su venida? ¿Toda patria que nace es creada a partir de ese baño de sangre iniciático contra otras? Todas y cada de estas preguntas me las fui haciendo mientras leí el libro hace un tiempo, y, de alguna manera, me las he vuelto a plantear ahora, mientras recreaba el dolor que fue, que en parte sigue siendo, a través de la ficción de personajes como Bittori, Miren, Arantxa, Nerea, Joxe Mari, Txato, Joxian, Gorka… todos ellos cincelados por Fernando Aramburu en un libro tan necesario entonces, tan oportuno, como creo ha sido la serie ahora, sobre todo por su potencial capacidad de sanar a una sociedad y un pueblo con exceso de patria. Con exceso de dolor

Leyendo entonces el libro y viendo ahora la serie me he hecho las anteriores preguntas pero, también, estas otras: ¿Por qué nos emocionan unos himnos y sentimos rechazo y aversión por otros? ¿Por qué se llega al extremo de pitar un himno como tantas veces ha sucedido aquí? Y en este terreno siempre me ha llamado la atención la capacidad manipuladora y de autoengaño que tenemos para verter opiniones y defender creencias que no aguantarían el mínimo análisis histórico.

Fuente: Histoire des Arts.

Hoy son muchos los militantes de izquierdas, incluso declarados pacifistas, que dicen conmoverse cuando escuchan, por ejemplo, los acordes de La Marsellesa, sin percatarse que tras esa música hay una letra y un canto despiadado y una llamada a la guerra y a la sangre: ¡A las armas, ciudadanos! / ¡Formad vuestros batallones! / ¡Marchemos, marchemos! / ¡Que una sangre impura inunde nuestros surcos!…

Y es muy probable que muchos de esos mismos ciudadanos sientan rechazo a otro himno, en este caso el español, sin conocer ni pararse a pensar que la música que ha llegado a nuestros días no fue posiblemente creada en el año 1761 por Manuel Espinosa de los Monteros, músico de la corte del rey Carlos III,  como marcha de Granaderos y como de alguna manera nos habían contado, si no que la misma podría tener en realidad sus orígenes remotos en el inmenso tesoro musical legado por Al Andalus.

De tal modo que, curiosidades de esta misma historia, este himno que tanto divide sería “solo” la adaptación de una “Nuba” andalusí. “(Esta) fue compuesta en el siglo XII por el filósofo y músico Ibb Bayya (Avempace) que fue condiscípulo de Averroes”, según podemos leer en un curioso e interesante artículo publicado el 19 de octubre de 2019 en la revista msicaantigua.com, de modo que el autor del himno que ha llegado hasta nuestros días lo único que habría hecho es adaptarla en el citado año de 1761.

Fuente: Canal de YouTube de Nuba Al Istihlal.

Otra cosa es la utilización que se ha hecho de esa música. Los ropajes con los que unos y otros la han ido vistiendo y desvistiendo hasta nuestros días. ¿Por qué un himno que llama a la guerra acaba siendo percibido como un símbolo de paz y fraternidad? ¿Por qué una música de raíz andalusí, que nunca fue pensada para la pelea y la lucha, acaba siendo un himno que enfrenta hasta la náusea a partidarios y detractores por igual hasta el punto de hacer imposible los puentes?

De eso, creo, habla también Patria. El libro, y la serie. Del engaño. De la necesidad que tenemos de despojarnos de las partes tóxicas de nuestras respectivas patrias, de las falsas historias que nos han contado sobre el poder hipnótico y purificador de los himnos y las banderas. De la convivencia y el respeto. De la necesidad del abrazo entre quienes piensan, pensamos, diferente como la única patria que merece la pena ser esculpida.

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Pepe López

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  • Pepe López, por tu boca habla la sabiduría.
    Tu comentario tiene la pureza de lo verdadero.
    ojalá sirva para que todos hagamos nos sintamos una misma Patria dices !!

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