Yo

Yo aún no era en los gametos

de mis queridos padres

hasta que fecundaron, por amor

y empecé a existir como cigoto,

ya tan lleno y cuajado de mí,

con una dotación individual de genética propia e inigualable.

Fui una célula muy organizada

con sus asimetrías y gradientes.

 

Mi primer día ya consistía en algo

y desde entonces me desarrollé

en el sustento y soporte tan cálido

del cuerpo de mi madre.

 

Hablé con ella desde aquel principio;

yo mandaba señales, bioseñales

y ella respondía dulcemente,

aportando vitales condiciones

entre las que me hacía.

 

El día cinco ya era blastocisto

y a través de las trompas de falopio

doy gonadotropina coriónica,

la primera sustancia que produzco,

para avisarla de que me prepare

un nido confortable en su endometrio.

 

¡Como entendía su cuerpo los mensajes

que le mandaba mi poca entidad!

Mi química obtenía de la suya

todo lo necesario para ser.

 

En la remota sangre de mi alma

hay recuerdos de aquellos episodios

como un eco fluido y resonado,

vuelto a pasar por el corazón de hoy

desde aquella bombita tan pequeña.

 

Ya hay células nerviosas el día dieciséis

junto a vasos y sangre y casi corazón,

que estrenaré el día veinte

y ocurre, nada menos, dos días luego,

que mi primer latido.

 

En la cuarta semana soy embrión

y entre la seis y la ocho ya soy feto,

un feto en desarrollo hacia el neonato

que nacerá, al cumplirse nueve meses,

en una situación de dependencia de mi madre y autora,

no menor que cuando aún la ocupaba

como espacio de vida contenida

y así, iré madurando

a lo largo y lo ancho de mi vida,

hasta morir de forma natural,

cuando el Señor disponga.

Será otro modo de volver a ella.

 

Insisto: yo me acuerdo del asunto,

aquel calor tan dulce y exquisito,

todo bondad, sosiego y elegancia,

tan natural, tan sobrenatural…

 

¡Qué trabajo común el de dos almas

y dos cuerpos en uno,

tan amoroso y tan complementario!

 

Más de cuatro veintenas han pasado

y parece que nazco cada día…

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Una respuesta a Yo

  1. José Penalva Navarro dijo:

    Muy sentido tu poema Luis, y aunque nos separe (la distancia que decimos) de nuestras madres en el Cielo, no es así, estamos siempre unidos, pues el amor es una energía suprema que contacta, que sustenta el vínculo desde la concepción, que tú muy bien describes, y que dura toda la eternidad.

    Un abrazo.

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