Opinión

Paco Sardaña: la dignidad del periodista

Paco Sardaña (Fotografía: Rafa Arjones).

Caminaba a solas por la playa de La Albufereta o se hacía a la mar en una frágil barca de pesca. Quería sentirse libre. Anhelaba serlo. Solo el ejercicio de ser libre le permitía dormir en paz. Lo decía a sus amigos, lo manifestaba en entrevistas. Pese a estar enfermo, aún tenía tiempo para escaparse en busca de la libertad. Había algo del desasosiego de Fernando Pessoa en este gigante del periodismo, esa mezcla extraña de racionalidad y descreimiento, de esperanza y escepticismo. De esperar lo peor pero siempre jugando limpio.

Juan Francisco Sardaña Fabiani, Paco Sardaña, director de seis periódicos, entre ellos Información y La Verdad, impulsor de medios y de empresas periodísticas, director de directores, el más brillante periodista que ejerció la profesión en Alicante, falleció de cáncer el pasado 31 de enero. Le faltaban unos meses para cumplir 80 años. Deja a sus compañeros de profesión un legado de ejemplaridad y a sus amigos que le conocieron de verdad una estela de consternación.

He llegado a la conclusión de que todos los periodistas nos parecemos un poco a él, o nos queremos ver en él. En cierta ocasión le escuché decir que se hizo periodista por una novela que leyó siendo muy joven, casi un adolescente, en Madrid: La calle de la aventura, de un tal Sir Phillip Gibss. El libro le arrancó de la cabeza su interés por convertirse en físico nuclear. ¿Quién se atreve a ver a Paco Sardaña físico nuclear?

Paco Sardaña en la redacción del diario Información. En primer plano, Antonio Gilabert, “Antoñito”, en 1986 (Fotografía: Arjones).

Lo cierto y verdad es que le sedujo la historia del protagonista, Francis Luttrell, un maestro aburrido de pueblo que un buen día decide trasladarse a Londres para trabajar como periodista en El Liberal, al borde de la quiebra económica, y de paso codearse con lo más selecto y rancio de Fleet Street, la calle donde se ubican los principales rotativos de la capital británica.

Nada más lejos de la realidad, sin embargo, que imaginar a un Paco Sardaña soñador. Tenía los pies muy asentados en el suelo. Esa cualidad de hombre realista y sereno es la que más le impresionó a Venancio Luis Agudo Ezquerra (un periodista bulldozer desenfrenadamente activo que llevaba en la cabeza la idea de reformar la concepción del periodismo regional en España) cuando le ofreció un puesto de trabajo en La Verdad. A los pocos meses, Agudo lo nombró redactor jefe.

Yo, becario imberbe, le conocí por entonces. Glosé ese encuentro (el primero que tuve en mi vida con un periodista en su puesto de redacción) en un despiece informativo insertado en el excelente reportaje-entrevista que le hizo Alberto Olaizola para la Hoja del Lunes de la, entonces, Asociación de la Prensa. Apareció en la edición impresa de julio y agosto de 2005. “Mi redactor jefe de la Plaza de los Apóstoles”, se titulaba.

Juan Francisco Sardaña en Alicante, julio de 2005.

“Poseía un rasgo”, escribí, “muy peculiar: su manera de plegarse las mangas de la camisa en la gran mesa ovalada de redacción. Yo lo observaba, nada más verle llegar, como recién despertado de una gran siesta, casi siempre con una camisa nueva o recién planchada… Se desabrochaba los puños, los doblaba, una vez, dos veces, y procuraba que los pliegues fueran perfectos… Ese detalle se tradujo, con los años, en símbolo de nobleza y generosidad. Siempre preservó una conducta de manos limpias y muñecas descubiertas. Periodistas así seguirán siendo, siempre, líderes.”

A partir de entonces, su éxito se hizo fulgurante: director de La Provincia de las Palmas de Gran Canaria; de La Verdad; fundador y director del diario Canarias 7, de Las Palmas; en 1984 se le ofrece la dirección del diario nacional Ya, de la Editorial Católica, pero renuncia a su nombramiento por razones de principios éticos; ese año es nombrado director de Información, cargo que repite meses después del cese de Jesús Fonseca; promueve y dirige más tarde el diario La Opinión, de Murcia; impulsa y dirige La Opinión, de Zamora; dirige la agencia de noticias Epi; interviene en la puesta a punto y reconversión del Diario de Ibiza, de La Opinión de Málaga y de La Opinión de Granada… Recibe numerosos premios y distinciones; entre ellos, el Extraordinario de la Lotería Nacional a la mejor dirección, el Oscar de Oro al Mejor Diario Regional (La Verdad), el Premio Liberman al Mejor Director Regional y Mejor Director de Opinión e Informativos… 

Sardaña habla para la cadena valenciana Radiocolor.

Hasta 2005, cuando anuncia en la entrevista citada: “Ahora estoy en el paro y cobrando el desempleo”. Su carrera triunfal, aquella imagen juvenil e idealizada del redactor jefe con la camisa arremangada y las manos limpias, poco tenía que ver con la del gigante que anunciaba, con serenidad y amargura contenidas, su prejubilación voluntaria unos meses antes de cumplir 65 años. En realidad, había sido despedido como adjunto al consejero delegado de Editorial Prensa Ibérica de la zona mediterránea y estaba en el paro. Él mismo, sin embargo, matizaba: “Cierto. He sido despedido de mutuo acuerdo con la empresa, a petición mía, porque ya no aguantaba más los nuevos métodos y modos de gestión”.

 Estaba abatido. A pesar del éxito personal, tal vez pensó en alguna ocasión que el periodismo no le había tratado a él con la misma generosidad con la que él había tratado al periodismo: “Ahora se hacen `productos´ –no periódicos– en condiciones de becarios, en horarios de oficina y con unos incentivos promocionales que compiten con las tiendas del `todo a cien´, sin importar la dignidad de una profesión que de vez en cuando hace cambiar al mundo”, manifestó.

Cada cual interpretó esas manifestaciones como le convenía, pero lo cierto y verdad es que no hubo en ellas ningún atisbo de resentimiento ni rencor. Si acaso, estaban empañadas de tristeza y de decencia. Paco Sardaña aprovechó la oportunidad que le brindaba el medio oficial de la Asociación de la Prensa (podía haber elegido otro), a la que pertenecía, para hablar a corazón abierto, confesarse a sus compañeros y pedir disculpas a quienes más directamente había perjudicado: “Lamento no haber podido explicarles el por qué las distintas empresas en las que he ocupado puestos directivos querían prescindir de ellos y se negaban a reconocer su trabajo”. Y añadía: “También por cuantas veces he podido humillar desde mi puesto de mando por suficiencia o por orgullo”.

Su desengaño llega hasta el extremo de eludir el compromiso de regresar a la profesión: “No, no creo que volviese a ser periodista con estos productos llamados `medios´, en los que lo importante es o el escándalo o el seguidismo político de la empresa para vivir del chantaje o de las subvenciones”.

Sardaña conversa con el escrito Juan José Millás y Jesús Prado (Fotografía: Carratalá).

Es la decepción de un hombre medio roto que encuentra en su sinceridad la forma de redimirse ante sí mismo. La intrahistoria, concebida entre líneas de cuatro páginas de un diario, de un periodista brillante que se despide clamando por su libertad (“Soy libre de hacer y de actuar como no lo he sido desde que tengo uso de razón”) y pidiendo perdón. Ocurría hace quince años. Pero es como si ocurriera ahora.

He recuperado, y releído, esa entrevista porque revela la cara oculta de un gran periodista que empezó soñando con el héroe de La calle de la aventura, cumplió con su deber y responsabilidades al frente de empresas, valoró, por encima de todo, su compromiso ético con la sociedad y su profesión, y terminó decepcionado y pidiendo perdón. Al releerla tuve la impresión de que él me escuchaba en su frágil barca deslizándose mar adentro; y de que él me recordaba, mientras, su legado inmarchitable: ser libre, defender tus principios a toda costa, creer en la verdad y en la justicia (no en el juego político de izquierdas y derechas), invocar la vuelta del periodismo de rostro humano, saber perdonar.

Paco Sardaña nunca podrá ser destronado por el paso del tiempo. Siempre permanecerá en pie como lo que fue: un periodista excepcional dotado de ese instinto especial de que gozan los periodistas de casta que vinieron al mundo para, simplemente, serlo y disfrutar de ello. Tuve la suerte de conocerlo a fondo y de sentir su cercanía cuando lo necesitaba como periodista y como amigo. Y me consta que son muchos los que le lloran porque apreciaron en él su sensibilidad especial para ayudarte sin hacerse notar, para apreciarte de veras sin expresar sentimientos, para mandar sin humillar, para ser líder pareciendo un becario recién llegado, para resolver los problemas de las empresas con el pensamiento siempre puesto en resolver los problemas de sus compañeros.

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Manuel Mira Candel

Periodista en medios nacionales e internacionales; presidente de la Asociación de la Prensa de Alicante; Premio Azorín de Novela en 2004 y autor, desde entonces, de más de doce libros, entre ellos las novelas “El Secreto de Orcelis”, “Ella era Islandia”, “Madre Tierra”, “El Apeadero”, “El Olivo que no ardió en Salónica”, “Esperando a Sarah Miles en la playa de Inch” y “Las zapatillas vietnamitas”, de próxima aparición.

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