Opinión

Otro cuento de Navidad

Imagen: Gerd Altnabb (Pixabay).

Quien va por la mar, aprende a rezar.

Refrán marinero anónimo

Pedro, como todos los días desde hace muchos años, se levanta muy temprano y abre la ventana que le muestra, con la luz de la luna, la mar rodeada por montes que dan forma a la ría en donde está enclavado su pueblo. Desayuna frugalmente un tazón de leche con sopas de pan que Ángela, su mujer, había obtenido el día anterior ordeñando la vaca, que con la barca y su humilde vivienda son las únicas propiedades que poseen.

        Pedro se dirige después de desayunar a la habitación de su hijo Roberto. El niño duerme apaciblemente y acercándose a su cama le besa en la frente a modo de despedida. Después entra en su dormitorio y allí Ángela, embarazada y a punto de cumplir el tiempo de espera, medio durmiendo, le dice:      

       -Ten cuidado y abrígate, que hace frío.

        Pedro asiente y se despide de su mujer con un tierno beso con el que le transmite todo el amor que siente por ella. Después, se calza las botas de agua, coge su chaquetón marinero y se lo pone, enrolla una bufanda alrededor de su cuello y se cala la boina.

       Abandona la casa camino del puerto, en donde está atracada su pequeña embarcación con la que faena a diario para obtener el sustento para su familia. Arranca el motor y se dirige a mar abierta. Navegando hacia donde piensa faenar hoy, va recordando los malos días de pesca que ha tenido y si cambiara su suerte. Necesita una buena pesca, pues la economía familiar se ha resentido y además está esperando otro hijo.

        Cuando llega a la zona en donde piensa faenar, amanece y la hermosa salida del sol sobre el horizonte, deja ver la mar encalmada y con una ligera brisa que apenas riza su superficie. Nada hace presagiar que puede haber mal tiempo.

Imagen: Mydaydream (Pixabay).

        Pedro comienza a “calar” la red que lleva a bordo. Cuando termina, ya es casi mediodía y fondea para esperar unas horas y recoger el “arte” con la pesca. Pasado el tiempo, comienza a “zarparlo” y con alegría, va subiendo a bordo la pesca “enmallada” que pronto llenan las cajas que lleva la embarcación en cubierta. Pedro no cabe en sí de contento. Con la venta de esta pesca resolverá con toda seguridad los problemas económicos familiares.

       Es media tarde cuando arranca el motor para dirigirse a puerto. De pronto, empieza a soplar el “mistral”, el temido viento del noroeste. Por instantes, aumenta su fuerza y la mar se encrespa poniendo en peligro de zozobrar la ligera embarcación. Pedro se pone el traje de agua dispuesto a plantarle cara a la mar. Los rociones de agua que le llegan a los ojos por el cabeceo de la embarcación golpeada por el oleaje, apenas le dejan ver. El sol comienza a ponerse y siente que su corazón se encoge. De noche y con aquel temporal, le va a ser muy difícil encontrar la estrecha entrada a la rada en donde está el puerto.

        Pedro piensa en su familia y en la mala suerte que últimamente le persigue. Reza y le pide a Dios que le ayude, no por él sino por lo que representa como sostén de su familia. Sumido como está en estos pensamientos, ve en el horizonte una luz muy fuerte y clara que se desplaza lentamente. Pedro piensa que puede ser otra embarcación que también se dirige a puerto, y como no tiene otra referencia mejor, se “arrumba” a ella y la sigue. Pasa el tiempo siguiendo a la luz y aguantando el temporal y cuando ya ha perdido las esperanzas, vislumbra las tenues luces de las viviendas de su pueblo. Pone rumbo a ellas y entra en la rada, dirigiéndose a su lugar de atraque. Deja la pesca en la lonja para la subasta.

       Cuando sube la cuesta de la calle en la que está su casa, ve que la luz que le había guíado, está en la vertical de la vivienda, parpadeando y resplandeciendo aún más. Empieza a moverse y desaparece.

        Pedro llega a su casa, la puerta se abre y su hijo Roberto se le echa en brazos y le dice:

       -Papá, ven y verás el belén que he montado.

       Ángela también se le acerca y besándole le señala la mesa diciéndole:

       -Tengo la mesa preparada con la cena. Te he cocinado un besugo como a ti te gusta y unos dulces.

Imagen: Myriam Zilles (Pixabay).

       Pedro no sabe a qué viene todo esto hasta que dirige su mirada hacia un calendario y repara que es 24 de diciembre, Nochebuena. Sus preocupaciones le habían hecho olvidar el día religioso y familiar más importante del año. Roberto conduce de la mano a su padre para enseñarle el belén que con tanto cariño y esmero ha montado. Le habla de cómo lo ha construido y cómo ha dispuesto las figuritas. Pedro nota que encima del portal, no está puesta la estrella que guiaba a los Reyes Magos y así se lo dice a su hijo. Roberto le contesta enseñándole una estrella:

       -Mira papá, cuando he abierto la puerta de la casa para recibirte, la he encontrado en el suelo e iba a ponerla ahora.

        Pedro no da crédito a lo que está viendo. La estrella que le enseña su hijo es igual a la luz que le ha guiado. Pedro comprende y da gracias a Dios por haberle devuelto sano y salvo a su hogar y abrazado a su mujer y a su hijo, los besa y les dice:

       -Esta Nochebuena es la más feliz de mi vida.

       Roberto coloca la estrella encima del portal.

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Joaquín Ñeco

Alférez de navío.

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