Trescientas... y pico

Oda a (todos) los bares

Fuente: Azchart.

Este es un país de bares. Lo sabemos. Para lo bueno, también para su contrario. Solo hay que salir y ponerse a contar. El bar ha sido, lo es aún, el hermano pobre de la alta restauración, pero es más democrático, más como es el país. El confesionario laico, lugar donde se ofrecen gratis tratamientos de choque contra los males del alma. Cada vez son menos pero aún quedan muchos. Dicen que uno por cada 256 personas en 2018. ¿Volverán? ¿Volveremos?

Sucede que en los bares también queda escrita la historia de un país, al menos de este país. Testigos silenciosos de sus cambios, de sus tensiones, de su dolor, de sus alegrías. Igual que hay una banda sonora para cada vida, hay, o debería haberla, una orla con las imágenes de los bares por los que hemos ido transitando. Cada uno la suya. Incluso quienes no son de bares, o han dejarlo de serlo, tienen una particular partitura colgada en la memoria. Eso también lo hemos podido aprender en estos días y en este tiempo sin bares, esos locales tan distintos unos de otros, tan iguales, y que desde hoy lunes 11 de mayo empiezan, muy poco a poco, lentamente, a desperezarse y a reabrir las persianas del tiempo perdido y congelado que vivimos para ver y comprobar si aún queda vida ahí fuera.

Cada cual, como decíamos, su propia lista. Sus propios fotogramas. Ahí, por un casual, están los bares austeros de mi infancia, casi prohibidos, mirados en la distancia con la envidia del niño que no entiende. Los bares años sesenta y setenta del pasado siglo en los que camioneros y gente del campo se juntaba antes del amanecer, camino al tajo que espera, con barras llenas de carajillos, manchaos, de solysombras para tipos curtidos que tomaban lingotazos de coñac como si fuera agua para hacer frente al frío de fuera, también al de dentro. Bares grasientos, con poca luz, con cigarros puros a deshoras, con moscas revoloteando las tapas pocas–, con camareros desganados y sudorosos, otros diligentes y atentos al mínimo gesto, pero siempre de un lado a otro tras aquellas inmensas barras que fueron cediendo altura con los cambios de época.

Ahí están también en las páginas amarillentas del álbum personal de cada uno de nosotros los bares de estudiantes, si acaso fuiste estudiante, llenos de complicidades, de eslóganes, de revoluciones de pared y papel mojado, de libros, muchos libros, de discusiones de películas imposibles de ver, bares refugio contra las porras de los grises cuando había grises, persiguiendo sombras, imponiendo la ley, ¿qué ley?

También ocupan su espacio en este collage los baretos con música, buena y otros no tanto, cuando la música era compartida, con mesas de madera, a veces solo de formica, y poesía escrita en servilletas de papel, en libretas de bolsillo, con amores que quedaron revoloteando entre aquellas paredes ajadas por las acechanzas que deja el paso del tiempo. Bares con luces, y con pocas luces. Chiringuitos de playa, bares de pueblo, de barrio, donde camareros, camareras y clientes eran –son– caras de la misma moneda, teatros improvisados de conversaciones intrascendentes pero repletas de sabiduría de la de verdad. Espacio de ensueño. Muchos sueños postergados.

Eso sucedía cuando había tiempo, cada uno el suyo, cuando la vida, la de cada cual, era un rosario encadenado de bares, de pubs, de tabernas, de garitos, de antros en la madrugada, cuando huíamos del presente como remedos de Cary Grant en “Con la muerte en los talones” para que no nos atrapase el futuro.

Así, bar a bar, fotograma a fotograma, hemos ido forjando nuestra propia lista, nuestra propia identidad. Cada uno, cada una, ya digo, la suya. Una lista de bares encadenados como se encadenan los años, eslabón a eslabón, manufacturas de vida, hasta que llegamos al presente en que todo eso quedó congelado, suspendido, hibernado. Los viejos bares, garitos eternos de ciudades y pueblos, que aún respiran y aguantan como estatuas de sal que desafían el paso del tiempo; también los nuevos y sus performances modernistas actualizadas a los tiempos de las prisas y las no esperas, de los espacios imposibles para moverse, del ruido, mucho ruido, bares y terrazas de tardeos que duran todo el día.

Todos ellos, y junto a ellos nosotros, salen desde hoy de esa hibernación forzada, de esa condena sin pecado, y tienen el permiso de la autoridad competente para ir reabriendo, y así, poco a poco, nos irán invitando, temerosos ellos, temerosos nosotros, a traspasar de nuevo sus puertas porque ni ellos ni nosotros sabemos si lo que fue volverá. Como tampoco sabemos si la lenta caída del número de bares en este nuestro país –20.000 menos entre 2010 y 2018, según el Instituto Nacional de Estadística sobre un total de doscientos mil– será otra consecuencia más de esta muerte silenciosa. Porque podría suceder –esperemos que no– que queramos regresar a nuestro bar de siempre y ya no esté allí. Otra víctima inocente más que añadir a la ya larga lista de ausencias de este no tiempo.

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Pepe López

4 Comments

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  • Pepe, menuda joya te acabas de sacar de la pluma, magnifico articulo, de verdad.
    Tengo una cafeteria y soy de los damnificados que no volverán, 15 años de sacrificios y psicologías para nada.
    Pero son los tiempos que corren. Gracias oepe, por tan buen srticulo.

    • Gracias Alberto por tus palabras… y siento mucho lo que cuentas de tu cafetería tras quince años, solo esperar que un quiebro del destino haga posible lo que hoy parece no serlo.

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