Trescientas... y pico

Nuestro instante más oscuro

Escena de la película “El instante más oscuro” (Fuente: Canal Pinterest de J U S E).

Para toda una generación acostumbrada a vivir mayormente rodeada de paz y de un cierto bienestar social y económico, donde las certezas eran más que las incertezas, y cuyo futuro parecía que siempre mejoraría el pasado, al menos, claro, en el mundo occidental más próximo a nosotros, la pandemia está siendo “nuestra particular guerra”, supone “un hecho que ha cambiado nuestras vidas para siempre”, un acontecimiento que hace que “ya nada vuelva a ser como era antes”, y que apunta a un futuro “negro, muy negro”, y cuyas consecuencias “no somos capaces ni de imaginar”. Eso lo sabemos.

Y como lo sabemos, frases como éstas, o parecidas, con las variantes que se quiera, las hemos oído, las seguimos oyendo, casi a diario. Las pronunciamos muchos de nosotros tantas veces que ya casi ni prestamos atención cuando salen de nuestros labios, o cuando las oímos de alguien más o menos cercano. Es como si estuviera siempre lloviendo y hubiésemos perdido la capacidad de oír cómo golpean las gotas en los cristales. Como si las cosas ocurrieran por mor de una cadena de fatales casualidades. Las expresamos como una muletilla para tratar de salir del paso en las conversaciones que nos rodean, que nos atormentan, en las cada vez más escasas interacciones sociales que la nueva normalidad nos va permitiendo.

La consecuencia de todo ello, una de ellas al menos, es que delante de nosotros vemos como se nos abre una gran sima llena de interrogantes. De incertezas. De malos presagios. De nuevas realidades y enfermedades más allá de los destrozos que ya está provocando la propia covid-19. Y ante esta realidad tan oscura parece evidente que necesitaríamos, como sociedad y como ciudadanos que nos sentimos y nos queremos libres, palabras de esperanza, de líderes que nos cuenten, como en los juicios de la televisión, “la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”.

Pero, contrariamente a ello, se ha instalado entre nosotros una realidad paralela, esa que algunos llaman realidad alternativa, ya saben fake news y toda esa basura, de medias verdades, de personajes mediocres que hablan pero que apenas parecen escuchar. Que dicen cosas, sí, incluso muchas cosas, pero que, mayormente, cuesta trabajo entenderles. Creerles. Que provocan hastío, cansancio, dolor de vida. Es como si se hubiese instalado una fina lámina que impide que las palabras viajen de uno a otro lugar con esperanza.

Fuente: https://www.ceweldonlibrary.org/.

De alguna manera estos pensamientos me los trajo la película El instante más oscuro (Darkest hour) que pasó el 29 de octubre la 1 de TVE. Es un film sobre los albores de la tragedia que asolaría a Europa y a toda una generación a mediados del s. XX, la II Guerra Mundial, vista desde el lado inglés. Muy cerca ya de su tramo final, vemos una luminosa escena que cambia el hilo argumental del film y que, sea cierta o no (eso importa poco), cambió el mundo que vino después. El actor Gary Oldman encarna al primer ministro inglés Winston Churchill. Este se halla rodeado de un Gabinete de Guerra que le empuja a firmar un vergonzoso pacto con Hitler para evitar la invasión del Reino Unido por los nazis, para evitar –decían– males mayores, y de un Consejo de Ministros que prefiere no mirar para no ver. Que sabe que llueve pero que hace tiempo dejó de oír el repiqueteo de las gotas.

En esos momentos las tropas alemanas ya han invadido, o mejor, se han paseado marcialmente, por media Europa. Los destinos de Bélgica, Austria, Países Bajos y tantas otras viejas naciones europeas están bajo el yugo hitleriano, y Francia está a punto de sumarse a la lista. Winston Churchill vive atormentado por una gran duda porque tiene que tomar su gran decisión. Está solo, salvo el Rey, un cómplice inesperado. Inmensamente solo. Como ahora, todo son malos presagios. La política del mar menor acecha, como la del rédito cortoplacista y egoísta de quienes siempre sacan beneficio maniobrando en las sombras pase lo que pase, como ahora también. Pero él intuye que hay otra salida, y aunque no sabe bien con qué palabras vestir esa respuesta, lo cierto es que esas palabras justas no las encuentra entre quienes le rodean.

Fuente: Canal YouTube de El Mundo (https://www.youtube.com/user/CanalELMUNDOes).

Y para dirimir esa gran duda existencial decide hacer un viaje personal. Pertrechado de su inmenso puro y de su inmensa duda se adentra en el Metro de Londres en busca de esas palabras sabias. En busca de la opinión de su pueblo, esa gente que realmente sufrirá las consecuencias de su decisión. La escena es de una fuerza enorme y nos muestra como Churchill establece contacto personal con cada uno de ellos. Les habla, se interesa por sus pequeñas cosas, por el albañil, por el ama de casa que lleva a su bebé en brazos, por el joven negro…  hasta que decide compartir con ellos la gran pregunta. Su dilema:

-Déjenme decirles otra cosa. Si ocurriese lo peor y el enemigo apareciese en esas calles de ahí arriba, ¿qué harían ustedes?

-Luchar, luchar, luchar… se oye decir a quienes, extrañados, comparten vagón con él– … luchar con todo lo que tengamos, con palos de escoba si hace falta, calle por calle, ¡nunca tomarán Picadilly!

-Y si yo les expusiese a ustedes –insiste Churchill– que sería posible conseguir unas condiciones muy favorables por parte del señor Hitler, si firmamos un tratado de paz con él, ¿qué dirían ustedes?

-Jamás, jamás, jamás, jamás, jamás… resuenan una y otra las voces de rostros luminosos de aquel viejo vagón, incluida la voz de un niño, el futuro, que lo repite en dos ocasiones.

La escena, el viaje a los lugares donde viajan los sueños, los miedos y la esperanza de la gente que hace que los países, los territorios, funcionen, avancen, esas gentes que son siempre las primeras en sufrir las consecuencias de las crisis, de las guerras, y las últimas en beneficiarse cuando las cosas cambian de signo, fue el justo antídoto contra el desastre anunciado. Fue la luz en un túnel que parecía cegado.

El ministro de Sanidad, Salvador Illa, defiende ante el Pleno la declaración del estado de alarma, 29/10/2020 (Fuente: Congreso de los Diputados).

Por eso debe ser también que uno se pregunta a veces por qué quienes tienen la responsabilidad de las grandes decisiones en tiempos de pandemia como éstos pareciera que viajan en vagones tan alejados del subsuelo, por qué les cuesta tanto bajar al submundo de los metros y prefieren el griterío, el eslogan continuo, el engaño, la ocurrencia vil, el insulto. ¿Qué mundo tendríamos hoy si Churchill no hubiese decidido hacer aquel viaje a las grutas de la ciudad donde la vida y el sufrimiento iban tan en serio? ¿Qué mundo tendremos mañana si quienes debieran escuchar el sufrimiento de nuestro instante más oscuro hacen como que no oyen nada?

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Pepe López

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