Trescientas... y pico

Nuestras líneas invisibles

En la miniserie La línea invisible dirigida por Mariano Barroso que estos días se puede ver en Movistar TV y donde se narran los inicios de la banda terrorista ETA en los años sesenta hay, a mi juicio, una escena central que define el antes y el después de lo que sucedió y de la historia de este país en los siguientes 50 años. Sucede cuando el autor del primer asesinato de ETA y también su primera víctima mortal, un jovencísimo Txabi Etxebarrieta, consulta al sacerdote que daba cobijo a las reuniones clandestinas de ETA sus dudas morales y éticas sobre si matar era el camino justo y necesario, y el cura que escucha le viene a decir algo así: “Escucha el fondo de tus sentimientos y haz lo que ellos te dicten; así nunca te equivocarás”.

No le dijo que matar era lo correcto, tampoco que no lo fuera, pero al dejar entreabierta esa puerta abrió el portón del horror y el dolor que vino después. Esa escena sobrevuela toda la serie porque al fin y al cabo supuso una cierta banalización del mal y venía a justificar que el horror de una dictadura era razón suficiente para traspasar aquella primera línea que fue asesinar a un guardia civil gallego de apenas 25 años –José Antonio Pardines– que hacía las labores de vigilancia en carretera y que tenía previsto contraer matrimonio poco después con una joven vasca.

Eso es, metafóricamente, lo que tantas veces sucede. La bifurcación del camino hacia el lado bueno de la historia o hacia la fosa del horror. También en estas semanas de extrañamiento hay situaciones que nos recuerdan aquel episodio. Por ejemplo cuando vemos desnudas dos realidades enfrentadas, dos caras de una misma moneda, dos caminos: la solidaridad y el odio. Por un lado la mano tendida, las cientos de iniciativas solidarias que recorren la geografía del país y, por el otro, esas muestras de insulto, de desprecio, de manipulación con el fin de transitar el camino de la destrucción y el enfrentamiento.

De ambas, individuales y políticas, tenemos estos días ejemplos diversos, conocemos detalles sórdidos. Están ahí como espejo de lo que somos. Guste más, guste menos, ambas nos describen, nos relatan y haríamos mal en desconocerlas, en banalizarlas. Debemos optar. Cruzar la línea invisible no debería ser una opción.

Si miramos a la primera, vemos que sentimos emoción, orgullo, nos reconforta. La segunda en cambio nos descoloca, nos llena de rabia, nos paraliza, provoca miedo y nos deja indefensos. ¿Cómo es posible que estos gestos habiten entre nosotros? Pero habitan. Y lo peor, a veces si no son muy claros y evidentes, nos cuesta reconocerlos, casi no los vemos, y corremos el riesgo de ser comprensivos con ellos como lo fue el cura vasco cuando le plantearon el dilema del asesinato.

Lo oí en una emisora de radio a propósito de los mensajes de odio que van apareciendo estos días como espasmos. “Si todo esto está pasando con la cadena alimenticia asegurada, con las estanterías de los supermercados repletas, no sé si somos capaces de imaginar siquiera qué estaría ocurriendo si tuviéramos que salir cada día para tratar de traer algo de comida a casa cuando fuera no hay nada”. ¿Nos lo imaginamos?, insistía la periodista. El “todo esto” es lo que hiela el alma, rompe estructuras mentales acomodaticias cimentadas en unas redes de seguridad que han saltado por los aires sin que sepamos aún encontrar una respuesta que lo explique. Y, no se olvide, las estanterías de los supermercados se pueden vaciar porque ya no queden más alimentos para reponerlas o porque alguien pueda decidir políticamente que vaciarlas es el camino para abrir otras puertas que nos lleven a lo desconocido.

Ese desconocido está ahí en esos carteles amenazantes que han aparecido en ascensores de algunas viviendas, en portales, contra vecinos y vecinas que trabajan como sanitarios, contra personas cuyo principal “crimen” es ir a trabajar a un supermercado al que tú luego vas y haces la compra, la infantería que hace que tú puedas comer, que tu salud esté a resguardo. Son la pintada que traspasa casi todo lo imaginable en el lateral del coche de una ginecóloga de Barcelona: “rata contagiosa”. Dos palabras yuxtapuestas que nos trasladan a un terreno mental que casi nos cuesta imaginar en estos tiempos en los que somos capaces de imaginarlo casi todo. ¿Seremos así? 

¿Son graves estos comportamientos individuales? ¿Se deberían perseguir? Sí. Claro, muy graves incluso. Pero son sobre todo eso, comportamientos individuales, aislados, ampliado su eco por los medios que les dan, les damos, cobertura. Pero ahí, al lado, junto a esa realidad horrible hija del miedo irracional, del instinto más primario, hasta llegar al “rata contagiosa”, están los comportamientos políticos que de una manera u otra los empujan, los amparan, los justifican y encubren. Eso es quizá lo peor de todo. Porque tienen detrás a maquinarias políticas y mediáticas perfectamente engrasadas que están convencidas de que para ellos “cuanto peor mejor”. Que su futuro pasa por institucionalizar el miedo y el terror como motor de cambio y control social. Los bulos intencionados, eso que hoy llamamos fake news, que son como el covid-19, que sabes que está ahí pero cuesta de ver, y las teorías de la conspiración que se difunden desde altas cancillerías, no andan muy lejos de ahí.

Imagen modificada de la Gran Vía llena de féretros; la original, de Ignacio Pereira, carecía de ataúdes (Fuente: Vox.es).

Y esos, no hace falta nombrarlos siquiera, son los que aprovechan la situación para “hacer caja”, para aventar el odio, para, a su modo, como el cura vasco, justificar comportamientos individuales que de otra manera lo tendrían más difícil. Cuando alguien publica una foto de la Gran Vía de Madrid llena de ataúdes cubiertos con la bandera de España, eso difícilmente entra en el terreno de la crítica política tan necesaria siempre, tan imprescindible hoy. Cuando un presidente de la primera potencia económica del mundo da pábulo a las teorías de la conspiración sin aportar dato alguno fiable, no anda tampoco muy lejos de ese púlpito. No dice que haya que matar a nadie, pero con sus sospechas infundadas abre la puerta a que alguien lo haga por iniciativa propia. Es el peligro de la aparente equidistancia.

Lo decía a su manera el presidente francés Emmanuel Macron estos días a propósito de los insultos y exabruptos que algunos dirigentes de países del Norte de Europa tienen por costumbre lanzar contra los países del Sur a poco que la cuesta y las dificultades emergen, tal y como sucede ahora: “Si Europa no responde ahora, la consecuencia es que en España, Italia y probablemente en Francia, ganarán los populismos”. Y si gana el miedo, si ganan los populismos, si el terror se adueña del escenario, que no quepa duda alguna que perderemos todos. Incluso aquellos que se creen a resguardo bajo las telas de las banderas o las columnas de los templos de las religiones más antiguas.

Visto con la distancia, aquel cura vasco tuvo en sus manos hacer algo para parar la espoleta del terror, para tratar de evitar las 853 víctimas mortales de ETA que vinieron después, también las decenas de etarras asesinados por bandas paramilitares, pero prefirió guardar la distancia justa para que la espoleta pudiera saltar. Más o menos como ahora. Y es que cruzar algunas líneas invisibles suele tener consecuencias.

Sending
User Review
0 (0 votes)

Pepe López

Comentar

Click here to post a comment

*

code

Patrocinadores