Opinión

Nobleza obliga. Aventuras y desventuras de marqueses y “condeses”

Adolfo Suárez en la Catedral de Leon. Fotografía: Moncloa. (Fuente: Wikimedia).

El estamento nobiliario, cuya magnificencia y bajeza son aireadas a diario por las revistas del corazón y por las tertulias televisivas del petardeo patrio, aúna filias y fobias casi a la par.

En la España de la “generación mejor preparada” (je) las noticias referentes a marqueses, “condeses”, “duqueses” y “froilanes” despiertan casi más pasión que los deportes de masas.

Todo esto viene a cuenta del ¡notición! de que una anciana cubana, habitante de la otrora española Miami, le ha arrebatado el título de marquesa de nosequé a la pequeña de las hermanas Koplovich, que ha pasado de un plumazo de ser noble a ser villana. ¡Maldita vieja!

Comprobará el lector que ni tan siquiera me acuerdo del nombre del meritado “Título de Castilla”, prueba de que me la refanfinfla el papel couché y el Tomate, o como se llame ahora, que yo soy de los de antes.

Lo que no estaría mal es que los periodistas que hablan de estas cosas se informaran, aunque sea un poco, antes de escribir ciertas sandeces. Pero dejemos a ciertos “compañeros” en paz y centrémonos en los comentarios de los lectores, que es a lo que suelo prestar más atención en esta fase de la prensa editada con las “nuevas tecnologías”. Lo de los comentarios de las noticias en los diarios digitales es algo de traca. Casi tanto como las paridas de la mayoría absolutísima de los denominados tertulianos, sabedores de todo y maestros de nada.

Leía no ha mucho, otro ¡notición! acerca de la amargura del intitulado “II duque de Suárez”, Adolfo Suárez Illana, por no poder ostentar el título que tuvo a mal conceder Juan Carlos I a aquel infausto presidente del gobierno llamado Adolfo Suárez González. De los polvos de semejante figura viene ahora este lodazal en el que se revuelcan los nuevos fichajes políticos. Con su ignorancia y su ignominia consiguió convertir en árbitros parciales de los designios de la Patria “común e indivisible”, dice el papel mojado llamado Constitución Española, a nacionalistas periféricos, arribistas, cantamañanas, terroristas, hijos de terroristas, delincuentes varios y demás gente de mal vivir y menos aportar.

No digo que yo lo hubiera hecho mejor. Seguro que no. Pero no es ése mi papel. El mío es el de observador y criticador, en su caso. Cada uno tenemos el nuestro y a mí me ha tocado así. ¡Qué le vamos a hacer!

Lo que seguramente habría hecho mejor es la inscripción que aparece en la cabecera. Trátase de la tumba de Suárez y de su mujer. En esta España plural y multicultural y roja, muy roja y muy republicana y muy de todo, hasta el momento los presidentes del gobierno siguen disfrutando o arrastrando el susodicho título de por vida. Y de por muerte también. En España no hay expresidentes.

De la nobleza titulada y de los “nobles” pontificios alicantinos, si me lo permiten, hablaré en otra ocasión. O seguramente no.

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Francisco José Mora Sastre

Inicié mi andadura periodística en el instituto, donde un grupo de profesores y alumnos fundamos el periódico escolar. En ese mismo instituto obtuve, con 14 años, el primer premio de prosa en el primer certamen literario "Santo Tomás de Aquino".
Tras mi paso por la universidad, colaboré en COPE, SER, Diario 16 y La Verdad.
Fundé dos periódicos locales, que dirigí: el primero, en papel, donde en un editorial afirmé rotundamente que el futuro de la prensa pasaría inexorablemente por Internet. Eran los años 90. Fui tachado de loco, evidentemente. Entonces, Internet era algo prácticamente de ciencia ficción y al alcance de casi nadie.
Y el segundo diario ya fue online, el primero de cuantos se fundaron en la zona.
En la actualidad, mantengo en la Red una centenaria publicación crítica y satírica donde colaboraron en su día firmas como la de Federico García Lorca o el poeta Eliodoro Puche. Mi propio abuelo Paco era colaborador ocasional.

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