Impulso irresistible

No tengáis miedo

Juan Pablo II. Fotografía de Rob Croes (Fuente: Wikimedia).

El otro día, concretamente el 22 de octubre, se ha celebrado la festividad en memoria de san Juan Pablo II, pues fue ésa la fecha del inicio de su Pontificado en el ya lejano (en el tiempo) y tan cercano (en la memoria) año 1978. Todo empezó rompiendo el silencio entre la multitud para decir un emocionante pero firme en su tono “No tengáis miedo, abrid las puertas a Cristo”. Ahí se produjo el primer chispazo para que existiera durante 27 años una tensión del deseo de escucharle o de leer sus documentos hasta que falleciera el 2 de abril de 2005. Su voz, su figura y sus palabras ya impresionaban, y se convertían en llamada de atención para escucharle y saborear sus frases y locuciones, o sus escritos preparados en forma atractiva para facilitar las más interesantes reflexiones en compás sosegado y absorbente. Creemos que a todos nos sorprendió, y que los creyentes debemos estar permanentemente agradecidos por aquel período histórico que se nos dio como un regalo para saborearlo y ahora recordarlo y recuperar aquellas frases que tanto nos impactaron y nos sacudieron por dentro porque llegaban muy bien a nuestras conciencias. Vamos a recordarlo llevando en la mano un librito actual (San Juan Pablo II, Papa y pensador cristiano) escrito por el profesor de Teología Juan Luis Lorda quien, con su amenidad personal y coloquial lo inicia de este modo: “El 18 de mayo del año 2020 tocaba celebrar el centenario del nacimiento del Papa Juan Pablo II. Si todo hubiera ido normalmente, debía yo hablar ese día en su querida Universidad de Lublin en un acto de homenaje. Me había invitado el profesor Janusz Lekan, amigo y colega, al que debo, entre otras cosas, la traducción polaca de algunos libros”. Pero es que mientras tanto, el mundo entero vivía unas circunstancias extraordinarias que harían imposible celebrarlo: Durante muchos meses, “un coronavirus, que ni siquiera es un ser vivo, sino solo una instrucción genética, detuvo la vida del mundo. Y nos forzó a una gran parte de sus habitantes a un inesperado confinamiento. ¡Qué recuerdo de nuestra fragilidad en el conjunto del universo!”. Y sigue: “San Juan Pablo II estaba acostumbrado a leer la historia con la luz de la fe y con la seguridad de que Dios saca de los males bienes, y de que “para los que aman a Dios todas las cosas son para bien” (Rm 8, 28). Provocando un quebranto importante en la vida de las sociedades, “esta crisis no ha sido mayor que otras que le tocó vivir a él, ni de muchas que ha conocido la historia humana. También en este sentido nos ilumina con su ánimo y esperanza (y buen humor)”. Es que era un tipo excepcional.

No queríamos entrar en la faceta biográfica de Wojtyla (1920-1978). Pero resulta que Polonia vivió unos años de extrema dureza y humillación, una verdadera pesadilla, con experiencias tan horrorosas como el exterminio de Auschwitz o el asalto a la judería de Varsovia. Durante los años de ocupación alemana (de 1940 a 1944) trabajó como obrero, primero en las canteras y, después, en la factoría de la empresa Solvay. A la vez, seguía estudiando por su cuenta segundo curso de Filosofía y participaba en un grupo de estudio clandestino, a cargo de un profesor de la Universidad. Era un ejemplo de lo que él creía: que esa situación no podía seguir como estaba, sino que aparecería antes o después un respiro que dejara a los jóvenes polacos seguir adelante con sus ilusiones y sus aspiraciones. Desde el principio se unió a lo que podríamos llamar “resistencia cultural”. Después del trabajo se dedicaba al teatro haciendo pequeñas representaciones clandestinas de los grandes dramaturgos polacos. El mismo Papa dijo en 1980, y en la Unesco, que era hijo de una nación que ha vivido las más grandes experiencias de la historia, a la que sus vecinos han condenado a muerte en diversas ocasiones, pero que ha sobrevivido y ha seguido siendo ella misma. Es verdad. Polonia ha sabido conservar su identidad y ha continuado con su soberanía nacional pese a las ocupaciones extranjeras sin haber recurrido a la fuerza física; sólo ha mantenido su unidad gracias a la vida y fuerza de su propia cultura. En su afición al teatro se practicaba un método rapsódico, que daba importancia a la vivencia interior del acto. En la vida espiritual: ocupación, ocultamiento y silencio; fueron años de gran experiencia de la interiorización vivida con intensidad. Por esa época cultivó el hábito de la lectura de autores místicos, en donde descubrió a Santa Teresa de Jesús y a San Juan de la Cruz, impresión que le llevó a aprender castellano para entender mucho mejor los arrobamientos propios de la mística carmelita. Es importante resaltar, y así lo han expresado los biógrafos, que de esa época vino la inclinación hacia lo religioso, en especial lo de vida interior, así que en 1942 se presentó en el seminario clandestino de Cracovia y se dispuso con ilusión a estudiar asignaturas de moral, filosofía y teología mientras seguía trabajando en la fábrica. Con esos “entretenimientos” le llegó el momento de tener clara su vocación sacerdotal. A su examinador le dijo cuando aprobó sus exámenes que, a su juicio, la nueva visión del mundo que ahora tenía era más valiosa que la nota obtenida. Al acabar la guerra se ordenó sacerdote en 1946 y pasó dos años en Roma haciendo una tesis de licenciatura precisamente sobre “La fe en san Juan de la Cruz”. Después de formarse en todos los aspectos del ámbito meditativo profundizó sobre santo Tomás de Aquino y sobre el personalismo. Su concepto de la persona “única” en su identidad nació con más fuerza de su experiencia comunicándose con los demás que le proporcionaban reflexiones a contrastar con autores de libros y tratados.

El papa Juan Pablo II durante la misa por el inicio del su pontificado en 1978 (Fuente: Vatican news -https://www.vaticannews.va/-)

En 1958, con solo treinta y ocho años, fue nombrado obispo auxiliar de Cracovia y siguió con otros cargos, participando directamente en el Concilio Ecuménico que le llevó de la mano a que en 1964 Pablo VI lo nombrara Arzobispo de Cracovia. En 1978, inesperadamente, el 16 de septiembre, la elección pontificia recae sobre él. Había escrito en sus notas que se llamaría Juan Pablo II. Tenía cincuenta y ocho años, llevaba veinte de obispo, había escrito cuatro libros académicos. Es el momento de fijar dos puntos esenciales de su personalidad: Primero, la preocupación de manifestar lo que es la persona humana, mostrando las dimensiones espirituales del hombre en un mundo dominado por el relativismo cultural. Segundo, un esfuerzo por unir las grandes cuestiones de la fe con la experiencia diaria del hombre de hoy: mostrar que los misterios cristianos salvan al hombre porque le hacen comprender su ser más auténtico y le dan la posibilidad de vivir de acuerdo con su dignidad. No queremos ni debemos, aunque el tema lo esté demandando, salirnos del objeto espacial de esta colaboración. Creemos que lo que viene desde ahora en esta sucinta biografía es conocido por formar parte de nuestras vidas. Sólo hemos querido acordarnos de un santo y de un sabio contemporáneo, que ha dejado un sello magnífico por su gran personalidad.

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Demetrio Mallebrera

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