Trescientas... y pico

Mujeres

Fuente: www.diarioenfermero.ces

Las crisis, los conflictos, sirven también para que  emerjan algunas de las capas ocultas de nuestra manera de vivir, todo eso que está ahí pero que casi no vemos porque nos resulta incómodo. En la pandemia del covid-19 una de estas capas no menor que ha aflorado a la superficie es la evidencia de aquello que hace que la maquinaria funcione de verdad, lo esencial, pero que en demasiadas ocasiones no forma parte de la realidad contada. Y esa maquinaria, generalmente, tiene nombre de mujer.

Un reciente eslogan del movimiento feminista en su lucha por la igualdad real y efectiva es la frase “Si nosotras paramos se para el mundo”. A muchos, también a muchas, les parece un imposible que eso pueda suceder. Y, puestos a imaginar distopías, ahora que parece que cuesta menos hacerlo, podríamos imaginar siquiera qué habría sucedido si en esta pandemia las mujeres hubieran decidido parar. ¿Imposible? ¿Fantasía? Puede. Tampoco era previsible lo que ha ocurrido –que varios de miles de millones de personas tuvieran que parar en todo el mundo y al mismo tiempo- y ha sucedido.

Puede que las estadísticas no sirvan para explicar toda la realidad, pero seguro forman parte de esa realidad. A veces, en manos de desaprensivos, de criminales y manipuladores, sirven para distorsionarla hasta la indecencia. Pero en el ámbito sanitario y en otros que han compartido protagonismo en esta lucha contra la pandemia, esas estadísticas y la realidad han ido de la mano. Solo en el campo de la especialidad médica existe algo parecido a lo que podríamos llamar paridad, donde hombres y mujeres se reparten casi al cincuenta por ciento los puestos de trabajo en el sistema público, el que realmente ha soportado la carga. Nada de esto sucede en el resto de los ámbitos profesionales más expuestos al virus, los sanitarios y en muchos otros.

Un grupo de profesionales sanitarios tratan a pacientes de covid-19 en la Unidad de Cuidados Intensivos en Greenwich Hospital, EE. UU. (Fuente: Naciones Unidas).

En el de la enfermería estas mismas frías estadísticas apuntan en otra dirección: el 84,3% son mujeres; en la farmacéutica, la cifra es del 71,6% de mujeres, y en de psicología el 81,2%. La presencia de hombres en el cuidado de las residencias es casi testimonial, como parece serlo en los proyectos de solidaridad y ayuda que se han tenido que tejer para hacer frente a ese otro virus de la no economía, de la pobreza. Y así sucesivamente. Lo dicen las estadísticas, pero lo sabemos porque también lo hemos visto.

Son éstos, datos que en estos días han emergido en forma de imagen repetida. Una y otra vez nos golpeaban. No hacía falta conocer estas estadísticas, ni siquiera hacía falta sentido crítico. Estaban ahí, ocupando la mayoría de las imágenes que nos asaltaban. Ponías la TV y ellas las estadísticas, las mujeres– cobraban vida. Las del interior de las UCI, las que aplaudían cuando un enfermo lograba vencer el bicho de la muerte y salía a planta, las imágenes de la insondable sima que apenas hemos alcanzado a ver del interior de la tragedia de las residencias de mayores que nadie ha explicado mínimamente cómo pudo ocurrir, las cajeras de los supermercados… Casi todas esas escenas estaban, están, repletas y eran protagonizadas mayoritariamente por mujeres. Son hechos. También estadísticas.

En una exposición que organizó a finales del pasado año en Alicante la Asociación Museo de Hechos y Derechos de las Mujeres se mostraba esa “otra realidad” oculta a través del retrovisor del tiempo. Su objetivo era sacar a relucir dónde estaban y qué hacían las mujeres en este país entre los años 1965 y 1995 del pasado siglo, eso sí poniendo el acento en las primeras que rompieron el molde de aquellos campos vedados, que eran muchos, donde tenían casi –y sin casi– prohibida su presencia.

Mujeres en una cocina escolar apoyada por el Programa Mundial de Alimentos (WFP) en Aden preparando almuerzos (Fuente: Naciones Unidas).

Y con las excepciones que toda regla tiene, las mujeres no estaban en aquel tiempo apenas en el espacio público. Lo sabíamos, pero verlo dolía. No eran militares, ni juezas, ni casi deportistas, ni arquitectas, ni periodistas, ni políticas, ni bomberas, ni catedráticas… Y, en esas fechas, fueron apareciendo aquí y allá como excepciones a la regla la primera jueza, la primera bombera, la primera policía, la primera militar… en un titánico esfuerzo de reconquista del espacio prohibido.

Ahora, cuarenta o cincuenta años después de aquel daguerrotipo dividido por géneros, esa situación ha cambiado, sí, pero solo parcialmente. Eso también lo imaginábamos aunque nos costase reconocerlo. Con estadísticas y sin ellas, ahora lo hemos visto. Aún y así cabría hacerse esta otra pregunta: ¿Por qué había tantas imágenes con mujeres en primera fila de la pelea en las informaciones de la lucha contra la pandemia? ¿Era porque son más valientes? Y otra, consecuencia de esto: ¿Dónde han estado los hombres en esta crisis?

Hay preguntas que tienen varias respuestas, pero éstas no parecen el caso. En las guerras, en los grandes conflictos, hay unos que la declaran, firman los armisticios, aparecen en los libros de historia y otra (soldadesca en general, anónima, ay, cuántos monumentos al soldado desconocido riegan los camposantos que dejan las batallas) que ponen los muertos, el dolor. Aquí ha ocurrido algo de esto mismo. Y debería ser visto, reconocido. Y también llamar a reflexión. ¿Habría guerras sin soldados?

Decía el pintor Antonio López en una entrevista publicada el sábado 1 de mayo en el diario El País que no era optimista con los resultados de la pandemia. “No creo que salgamos mejores de esta crisis”, era su negro vaticinio, sus palabras exactas. Y es posible que no solo no salgamos mejor, también es muy posible que salgamos más desiguales porque, otra cosa no, pero las crisis suelen dejar ese rastro a modo de fúnebre testamento: quién más cerca ha estado de la línea de fuego suele luego acabar cargando con los mayores daños, con el dolor más hondo y duradero.

Antonio López (Fuente: http://ellaberintogrotesco.blogspot.com/).

Sí parece claro que las personas mayores son los grandes perdedores de esta pandemia, porque ellos han puesto la mayoría de las víctimas en este primer drama mundial retransmitido en riguroso directo, es muy posible que las mujeres acaben siendo las siguientes en la lista. Eso también debería estar en las mesas de negociación. En España, por supuesto; también en Europa, y en esos foros donde se decide el futuro si es que hay futuro.

¿Dónde, como sociedad, queremos que estén las mujeres en la pospandemia? ¿Bastará con lutos y homenajes? Seguir haciendo homenajes, dedicar memoriales, no debería ser una opción. Al menos, no solamente. ¿Qué habría pasado sin el esfuerzo realizado por las mujeres en esta pandemia? Esa es, posiblemente, la pregunta que no deberíamos pasar de largo si queremos prestar atención a lo que estaba oculto y ha empezado a emerger.

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Pepe López

1 Comment

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  • Hay que felicitar a las mujeres y su trabajo! Todos les debemos mucho. Son muy grandes y hay que luchar hasta la igualdad total en todos los sectores.
    Pero el artículo es tendencioso y me atrevería a decir que repugnante en algunos momentos. ¿Dónde estaban los hombres en esta crisis? Dando a entender que son cobardes o menos altruistas. Dígaselo a la familia de alguna víctima del coronavirus, un médico, un policía, un guardia civil, etc. Usted sí que no tiene anchuras de miras. Irrespetuoso.
    De verdad no se puede ensalzar y dar la enhorabuena a un género (en este caso las mujeres) sin humillar al otro (en este artículo los hombres).
    Hay más enfermeras porque el 85% de la matrícula en enfermería de las universidades son mujeres igual que en otras carreras éstas no llegan al 15%, carreras técnicas principalmente, y no por eso son peores que los hombres. Faltaría más. De hecho hay políticas para intentar corregir este tipo de infrarrepresentación de un sexo en determinados estudios universitarios.
    Se atrevería a decir que los hombres son mejores físicos sólo porque hay más profesionales hombres en esta materia, ¿a que no tiene sentido y es de mal gusto?
    Hombres y mujeres son iguales excepto para algunas personas como usted en un sentido y otros y otras en el contrarío, machistas. Ambos igual de repugnantes y con los mismos defectos.
    Usted pasa del machismo al caso contrario sin poder disfrutar de una zona donde hombres y mujeres sean iguales y no se generalice en forma de género.
    Saludos

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