Opinión

Mi chotacabras

Caprimulgus europaeus (Linnaeus, 1758). Chotacabras europeo o gris (Fuente: Calpenai, Universidad de Valencia).

Al final de este  invierno pasado, cuando me confiné en mi casita de campo, un día, paseando entre mis cuatro almendros, de entre unas azaleas surgió volando un pájaro que no recordaba haber visto por los alrededores, donde revolotean sin parar torcaces, abubillas, golondrinas y gorriones. Algunas semanas después, lo comenté a un amigo que estaba de visita y anduvimos por donde parecía resguardarse y apareció de nuevo levantando el vuelo, pero lo vio lo suficiente para identificarlo como un chotacabras, un pájaro que en Europa –para diferenciarlo de su primo asiático– se apellida “cuellirrojo”.

Hace un mes que no me sorprende cuando ando por donde se escondía; acaso ha vuelto a su espacio de origen. Y esto me ha hecho reflexionar sobre lo que nos llega desde otros lugares sin control de entrada ninguno. Es conocido que hace muchos años alguien comenzó a importar una planta tan genuina en España como el geranio, nada menos que desde Sudáfrica; desde entonces, con harta frecuencia, las macetas a donde trasplantas el que has comprado en un vivero o en un mercadillo se convierte en su ataúd: un bichito aparece por sus tallos y muere poco a poco. Algo parecido ocurrió con el picudo de las palmeras; con dos palmerales reconocidos como son los de Elche y Orihuela, con el boom

 inmobiliario se empezaron a traer de Egipto, con el bicho incluido. Recientemente, los agricultores se han visto sorprendidos por la xylella fastidiosa, al parecer oriunda de Sicilia, que ha obligado a las autoridades a erradicar cientos de almendros infectados. Hace unos días, un residente en el municipio de Agost, a un kilómetro de mi estancia, se sorprendió que a sus melones, tomates y alficoces les había atacado una plaga de ¡langostas!. Y en estos días andan locos en Sevilla con un mosquito que en su picadura inserta el letal virus del Nilo.

Día sí y otro también, los telediarios nos informan de las escapadas de centros de acogida de migrantes que estaban en cuarentena por haberse detectado covid-19 entre el grupo que había arribado a cualquiera de nuestras costas. Esos centros no son cárceles, ni estos visitantes merecen ser encarcelados, pero como me dice un vecino quizás los podían albergar en cuarteles, de donde probablemente no se atreverían a burlar a los centinelas, eso sí sin perjuicio de seguir debidamente atendidos por la Cruz Roja. El mismo vecino me pregunta si yo –que tanto periódico leo, no sé si lo dice con ironía, y tanto telediario veo, y tanta tertulia oigo– puedo decirle si hay estadísticas de entradas ilegales de migrantes y las pertinentes salidas ordenadas por las autoridades judiciales. No, le contesto, no conozco ninguna.

Como tampoco se suelen dar noticias de productos intervenidos en las Aduanas después de haber sido inspeccionados, salvo cuando se trata de drogas. A falta de poder poner puertas en nuestra atmósfera, deberíamos controlar mejor lo que entra por las de las Aduanas marítimas, aéreas y terrestres y quizás abstenernos de importar lo que aquí, aunque sea algo más caro, podamos disponer. Salvo a los chotacabras que huyan del frío invernal y vengan a acogerse a mi refugio campero.

chotacabras cuellirrojo o chotacabras pardo (Caprimulgus ruficollis). Fotografía: Olivença (Fuente Wikimedia).
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Toni Gil

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