Opinión

Mi bandera

Fotografía: Toni Gil.

En 1982 toda la familia nos fuimos de vacaciones a Suecia. Gracias a un convenio entre la CAAM y una Sparbank pudimos disfrutar en Idrefield de una estupenda cabaña de madera idóneamente equipada. En el recorrido interior que realizamos hasta llegar allí en el centro del país– y en derredor de nuestro destino me llamó la atención que prácticamente todas las casas de campo lucían una bandera nacional casi siempre en un erecto mástil; independientemente de los sentimientos que a los propietarios les justificaban para erigir tal elemento, además era muy útil para situarse pues al no existir prácticamente frontera con Noruega, en cuanto te descuidabas –si ibas por un camino de tipo rural– te plantabas en el país vecino sin darte cuenta; y ahí, te dabas cuentas al tropezarte con otro tipo de banderamen.

Era esa época en las que en España estaba de moda, relativamente claro, ponerse pulseras de reloj con la bandera nacional, para identificarse como patriota excelso, aunque realmente lo que parecía era para manifestarse como militante de Fuerza Nueva. Apropiarse de la bandera como cosa “particular” es tendencia tradicional de la derechísima, aprovechando cierta dejación de la izquierda que, especialmente la más radical, si hay que esgrimir lo que hace es sacar del baúl de la abuela la republicana. Mientras, alguien inventó un bodrio con el toro de Osborne en el centro del trapo, que también se ha extendido a menudo.

Así que para certificar que no acepto que la bandera de mi país sea patrimonio de unos pocos, reivindicando que lo es de todos, instalé en mi modesta casa de campo un firme poste con la bandera constitucional, hace ya más de treinta años. Bandera que he de reponer prácticamente cada año, con frecuencia gracias al regalo de mi buen amigo Manolo Fuentes, que fuera jefe de talleres de Información.  Y allí ondea, alegre, vivaracha, hoy algo descolorida y ajada, y pidiendo ya el relevo.

No ha mucho, con la fiebre independentista catalana, como respuesta gráfica, se vendieron más banderas que papel higiénico en los primeros días de la pandemia. Balcones, antenas de coches, y otros espacios lucieron la bicolor, con mayor profusión que cuando España se apuntó la copa del mundo de fútbol en Sudáfrica en 2010.

Y ahora, con las protestas, las manifestaciones y los escraches, se han vuelto a multiplicar de manos extremas, hasta en las mascarillas, y pidiendo “libertad” –fíjense que entrecomillo– y la dimisión del gobierno. No me opongo en principio a ninguno de los planteamientos –salvo las presiones “a domicilio”–, porque respeto las críticas a cualquier gobierno, y éste y muchos otros autonómicos tanto o más se las han ganado con sus acciones o con sus omisiones. Pero no acepto que para justificarse de razones se esgrima nuestra bandera.

Ahora  están a media asta, con el luto oficial, en los edificios públicos, durante unos días. Sería aconsejable que aprovecháramos este tiempo también para reflexionar, unos y otros, si lo que conviene no es sino encontrar espacios de encuentro, de diálogo, sin crispaciones ni insultos, de cesión de unas partes y de aceptación de otras. En una palabra, que ondee, para salir de esta crisis, una gran bandera blanca. 

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Toni Gil

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