Trescientas... y pico

Mendigos y prostitutas, esa gente

Fuente: RTVE.

Con el paso de los años hemos ido aprendiendo que, básicamente, hay como dos formas de enfocar un problema o aquello que se tiene la percepción de que lo es aunque solo sea eso, una percepción, una situación incómoda. Una, sería esconderlo. Sacarlo de la mirada de los otros para evitar en lo posible la censura pública, el reproche social, ocultarlo en las habitaciones oscuras de lo privado y lo periférico en donde la vergüenza nos parece menos vergüenza. La otra sería, debería ser, tratar de ir a sus raíces, a las causas que lo provocan y a las relaciones de poder injusto que en muchas ocasiones están tras estas realidades oscuras.

De esta forma, en los últimos tiempos hemos cambiado la forma de ver situaciones que en momentos no muy lejanos nos parecían que simplemente eran así, un “problema”, una situación incómoda, pero nada más. Temas como son la discapacidad, la enfermedad mental, el acoso laboral, el SIDA, el maltrato del hombre a la mujer, el abuso sexual de menores por miembros de las iglesias, la homosexualidad, el bullying escolar, etc., decidimos en un momento dado que teníamos que dejar de esconderlos, de ocultarlos, de negar su existencia, para mirarlos a la cara, para poder mirarnos nosotros también con una cierta decencia. Pero hay frentes, “problemas”, situaciones, llámesele como se quiera, que siguen ahí y que no sabemos muy bien qué hacer con ellas.

Fotografía: Vinson Tan ( 楊 祖 武 ) en Pixabay.

Entre estas últimas hay dos de esas situaciones, dos “problemas”, que se resisten a cambiar. Tan es así que, en muchas ocasiones, demasiadas quizás, preferimos no combatirlos, solo esconderlos de la mirada ciudadana. Llevarlos al desván de las vergüenzas personales o públicas. Son la pobreza y dos de sus derivadas más relevantes: la mendicidad y la prostitución callejera.

Así, vemos que son muchas las ocasiones en las que los planes municipales, sectoriales, autonómicos, etc., para combatirlas solo persiguen su ocultamiento. Tristemente famosa fue la ordenanza de 2011 del exalcalde de Madrid Alberto Ruiz-Gallardón contra la mendicidad y la prostitución y cuyo objetivo confesado era sacar de las calles del centro de la capital a mendigos y prostitutas a base de multas y presión policial. En ese mismo marco mental habría que colocar la decisión de ahora del Ayuntamiento de Alicante de recuperar la ordenanza de mendicidad y prostitución de (la exalcaldesa) Sonia Castedo que se acaba de anunciar, y cuya gran aportación viene con el añadido  de “multas más severas”.

Se renuncia así a su combate, a mirar a los ojos a estas realidades incómodas y se opta una vez más por el camino fácil, por esconderlas, por llevarlas a los espacios de la marginalidad geográfica y social donde no nos perturbe ni nos entorpezca los planes económicos que tenemos para la ciudad cuando la ciudad vuelva a ser como era, cuando la pandemia nos devuelva la vieja economía. Es el reconocimiento de la derrota, el armisticio por el cual nos rendimos y decidimos no mirar de frente sus causas y preferimos la respuesta cobarde de meterla bajo las alfombras de nuestra mala conciencia. Que deje de estar a la vista.

Fuente: Canal YouTube de Juan José Rosales Frecuencia Informativa.

Las dificultades para combatir la primera, la mendicidad, son obvias. Seguramente porque sería tanto como cuestionar el estado de cosas que rigen el mundo, nuestro mundo, claro; ya saben, la propiedad privada sin límites, la riqueza indecorosa, el beneficio descontrolado como motor de todo, todas esas cosas. La segunda –la prostitución callejera– puede que sea aún mucho más difícil de encarar, quizás porque lleva escrita en su piel que no solo habría que tocar todas y cada una de las teclas señaladas antes, sino, además, aquellas otras más indelebles, más difíciles de ver y de comprender, como son las relaciones desiguales entre hombres y mujeres por el solo hecho de serlo y en prácticamente todo el mundo.

Cuando el alcalde de Alicante, Luis Barcala, hace lo que hace, me recuerda, y mucho, lo que en su día sucedió cuando la heroína –también otras drogas, pero fundamentalmente la heroína– salió de los espacios privados y empezó a ocupar la zona pública, a golpear duro a toda una generación de jóvenes de nuestro país, y especialmente en algunos lugares de forma harto cruel, como sucediera en Galicia. Entonces, como ahora, la persecución de la víctima, del vendedor al menudeo, del toxicómano que robaba a punta de navaja para poder pagarse un pico, fue la enseña de muchos gobiernos, con legislaciones express que lo amparaban y muchas gentes que lo aplaudían.

Los toxicómanos que murieron en las cárceles en condiciones miserables fueron miles, como los que hicieron el último viaje al amparo de la fría acera de una calle, abandonados en sus casas desvencijadas, en solares infectos. Teníamos delante una tragedia de dimensiones casi apocalípticas pero nuestra mayor preocupación era que no se viera. Tal era el paisaje, y bien que lo recuerdo porque en aquel tiempo hacía información de calle para algún periódico, y todos los días y en todos los periódicos aquellos trágicos episodios de muerte y sobredosis ocupaban su buen espacio en las páginas de papel junto a las protestas ciudadanas para que se pusieran más medios para luchar contra la inseguridad ciudadana del fenómeno. Se estaba produciendo una guerra y nosotros, los periodistas, éramos sólo los notarios del conteo de bajas sin preguntarnos a fondo cuáles eran las causas de aquel conflicto bélico sin declarar.

Luis Barcala, 2019. Fotografía: Kristof Roomp (Fuente: Wikimedia).

Fue un drama, bien lo sabemos, bien lo recordamos, que este país padeció y del que solo se empezaron a ver las verdaderas causas que provocaba aquel “problema”, el drama social y humano que había oculto, cuando empezamos a ver el impúdico enriquecimiento ilícito de las mafias que estaban detrás de todo aquello, a muchos de sus personajes, como luego supimos, hacer de benefactores de las fiestas patronales, de propietarios de clubes de futbol arrimados a políticos que prometían. Pero fue sobre todo cuando algunas madres gallegas, especialmente algunas madres, siempre las madres, levantaron su voz hartas de ver que quienes mataban a sus hijos vivían a todo lujo y a todo tren muy cerca de ellas, que eran sus vecinos. Aquellas madres coraje arriesgaron su vida para tratar de salvar la de sus hijos, eso la de aquellos que aún no habían perecido bajo las garras de la droga. Decidieron hablar por ellos. Plantar cara al narco, asumir el riesgo de ser asesinadas y así cambiaron la dirección del problema. Y del viento.

Ellas nos enseñaron a no mirar el dedo sino la luna que señalaba el dedo. Solo entonces, empezamos a entender que el tráfico de drogas y sus consecuencias no se combate deteniendo al drogadicto, al traficante al por menor, que el problema solo empieza a entrar en vías de salida cuando se señala al que se enriquece y lucra con el comercio de la muerte, al guardia civil que mira para otro lado, al político que acepta dádivas para las fiestas patronales sin preguntarse de dónde viene ese dinero, al banquero que surfea el blanqueo del dinero amasado en el comercio de la muerte de otros. Algo de ese magma suicida, de esa lucha, de ese ambiente asfixiante, se puede ver en la fenomenal película “Quien a hierro mata” (2019) del director Paco Plaza y protagonizada por Luis Tossar. Y en esa misma línea bien que nos lo contó también el gran periodista y escritor gallego Manuel Rivas en su novela Todo es silencio publicada en 2010.

Lo de Luis Barcala de ahora, lo sé, lo sabemos, no da, seguramente, ni para un corto. Ni para un triste cuento. Su argumento es tan pobre, tan desfasado, tan a destiempo, su trama tan simple, que solo podría convencer a unos cuantos incautos que están autoconvencidos de antemano, gente como la de Vox y quienes les jalean, gente que entiende que los problemas, las situaciones incómodas, se solucionan escondiéndolas, ocultándolas bajo las alfombras de la hipocresía. Lo de Barcala de ahora en Alicante y su ley contra la mendicidad y la prostitución es como volver veinte, qué digo veinte, treinta años atrás en la historia de este país. Como si las telarañas siguieran en la mente de algunos y todo lo que ha pasado, lo que hemos aprendido, lo que hemos vivido, las tragedias que hemos padecido, no fueran con él ni con su gobierno municipal, incluido aquí Ciudadanos y la larga sombra de Vox que le persigue a todas partes. Ni, claro, tampoco con los muchos asesores de los que está rodeado. Así de triste. Y así de vergonzoso.

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Pepe López

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