Reportajes

Marruecos, una puerta a la aventura

Puerta de acceso a Marraquesh. Foto: GEMA GARCÍA
Puerta de acceso a Marraquesh. Foto: GEMA GARCÍA

A España y Marruecos les separan poco más de diez kilómetros. Una pequeña distancia que habla de vecindades no siempre aprovechadas. Marruecos tiene mucho que ofrecer al viajero, desde los aspectos culturales que se respira a pulmones llenos en las ciudades imperiales (Fez, Mekinés, Rabat y Marrakech), a la inacabable costa atlántica que recorre toda su franja más oriental. Desde las impresionantes montañas del Alto Atlas, donde se pueden practicar deportes de invierno, a los desiertos del sur, sus pueblos de adobe fortificados y los grandes oasis. Una amplia oferta al alcance de todos los bolsillos.

Puerta de acceso a Marraquesh. Foto: GEMA GARCÍAMarrakech es quizás el mejor lugar para una primera toma de contacto con este mundo de contrastes, y sin duda el destino más popular para muchos españoles. Y lo es no sólo por su fácil conexión aérea, o por la desarrollada planta hotelera lista para cualquier gusto y bolsillo, sino por la atracción que ejerce en el visitante lo mucho que enseña y lo que se intuye que esconde. Monumentos como el famoso alminar de la Koutubía, en pie desde el s. XII y que sirvió de modelo para levantar poco después la Giralda sevillana, sus palacios y jardines.

Torre de Koutubía. Foto: GEMA GARCÍA.Pero quien va a Marrakech no pretende ver grandes monumentos, busca otra cosa. Y eso es seguramente la vida. La vida que se esconde por las recónditas callejas de la medina, o la que estalla cada tarde en su famosa plaza. Jemaá el Fna, el auténtico corazón de la ciudad, es un gran espacio abierto rodeado de zocos, cafés y restaurantes desde donde se puede contemplar el ajetreo que, como en un hormiguero, se despliega hasta bien pasada la medianoche. Hoy no se puede negar que es un lugar inevitablemente turístico, pero también que guarda mucho del encanto que le ha llevado a ser Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Personajes de lo más variopinto como acróbatas, contadores de cuentos, mujeres que dibujan con henna en la piel, aguadores o encantadores de serpientes, se congregan allí para esperar al turista o a sus vecinos. Y cuando llega la hora de la cena, todos se reúnen en los chiringuitos que cada día montan para disfrutar del cordero, las verdura y los sabrosos pinchos que allí mismo preparan. Una experiencia que, junto a un paseo por los zocos aledaños, bien merece unas jornadas.

Plaza de Marrakesh. Foto: GEMA GARCÍA

Puesto en la plaza de Marrakesh. Foto: GEMA GARCÍA.

La orilla del océano

Desde Marrakech se pueden hacer excursiones de un día, como la que te lleva en la costa atlántica a Essaouira, el antiguo Mogador. Nombre que evoca una larga y antigua historia de cruce de pueblos, aunque el peculiar encanto que conserva hoy esta población le llega directamente de su pasado colonial. En 1506 los portugueses construyen allí un puerto y una fortaleza, dibujándole el aspecto que aún conserva en sus calles rectas y casas blanquiazules. Toda esta zona, comprendida en la medina, es también desde 2001 Patrimonio de la Humanidad.

Puerta de Essaouir. Foto: GEMA GARCÍA.

Comerciante de Essaouir. Foto: GEMA GARCÍA

Las calles principales están repletas de pequeños comercios donde venden los productos tradicionales de su artesanía local dedicada a la madera, los trabajos de marquetería y hasta joyería, herencia de la comunidad judía que habitó en su día junto a la muralla.

Y al final del recorrido siempre te espera el mar y más concretamente su puerto pesquero. Junto a algunos barcos de mayor calado, la ensenada se cubre con una tupida alfombra de pequeñas barcas azules. Dicen que es el color elegido por los marineros para engañar a las sardinas, su captura más abundante y el objeto de deseo de las muchas gaviotas que pueblan su paisaje. A la entrada del puerto, unas mesas, unos asadores de carbón y unos mostradores te invitan a probar esas sardinas o cualquier otro de los pescados y mariscos de de la zona, como los salmonetes, doradas, sepias, gambas o centollos.

Barcas del puerto de Essaoui. Foto: GEMA GARCÍA

Su playa, una bahía de diez kilómetros de arena, se ha convertido en un importante punto de reunión para los amantes del wind surfing, aunque aún guarda zonas en las que poder disfrutar de la naturaleza en soledad.

Cabras en un árbol de argán. Foto: GEMA GARCÍACayó el mito de las cabras

En el camino entre Marrakech y Essaouira nos topamos con unas acacias a las que habían trepado unas cabras. Estaban comiendo el fruto del argán, que una vez regurgitado se trata en las cooperativas de mujeres de los alrededores para extraer el famoso aceite de argán. Esa es al menos la teoría, porque lo que muchos no saben es que ese procedimiento ha pasado a la historia. Una nueva ley prohíbe que, por cuestiones sanitarias, las cabras intervengan en el proceso de producción del aceite o cualquier otro derivado, así que el simpático animal ha pasado a ser en este tinglado otro reclamo turístico más. Divertido, eso sí.

Cruzando  El  Atlas

Para llegar desde Marrakech a la región de Ouarzazate hay que atravesar el Atlas, la gran cadena montañosa del país. Una carretera con mil pronunciadas curvas y profundas pendientes, nos lleva desde la vertiente norte hasta el pico más alto, el Tizi-n-Tichka, de 2260 metros, para después ir descendiendo hasta la “puerta del desierto”, la misma Ouarzazate. Un camino que comienza en una tierra fértil y acaba en la aridez del sur.

Garganta del Todra. Foto: GEMA GARCÍA

Aunque esa aridez es siempre relativa, porque aquí se cruzan dos de sus grandes valles, el del Dadès y el del Dráa. El primero, también conocido como “el valle de las mil kasbahs”,  se extiende a lo largo de 150 Kms, con alguna zona tan templada que, curiosamente, se puede permitir el cultivo de las rosas. Más de cinco mil toneladas son tratadas cada año en Kelaât M’ Gouna para fabricar, entre otros productos, la famosa agua de rosas, empleada sobre todo en cosmética. Al final de este valle, siguiendo la carretera de bellas panorámicas, están las gargantas del Todra, que para poder verlas en toda su grandeza hay que adentrarse en ellas y pasear por un desfiladero entre paredes de más de 300 metros.

El otro gran valle, el del río Dráa, se extiende hacia el sur, ya en la provincia de Zagora, como un inmenso oasis de 200 Kms de longitud, llevando vida a la multitud de kasbahs que también se diseminan entre sus palmeras.

Las fortalezas barro

Ait Ben Hadou. Foto: GEMA GARCÍA

A lo largo de estos valles y oasis de Ouarzazate y Zagora se despliega la llamada “Ruta de las Kasbahs” un rosario de pequeños pueblos que levantaron los bereberes junto a los ríos, buscando el refugio que hiciera su vida algo más amable que las tiendas del desierto. Construidos en adobe, estos hábitats, son la representación más emblemática de la arquitectura popular bereber. Cuando estas kasbahs se protegían con una muralla se convertían en un Ksar, origen de nuestra alcazaba. Las más importantes controlaban y protegían el paso de las caravanas procedentes de Tombuctú, y entre ellas hay que hablar de la impresionante y “fotogénica” Ait Ben Haddou, antiguo centro económico y cultural. Declarada Patrimonio de la Humanidad  ha servido de escenario a numerosas películas desde “Lawrence de Arabia” o “La joya del Nilo” a “La Momia”, o “Gladiator”. De hecho, cerca de ella se han montado unos estudios de cine donde permanecen muchos decorados que hoy se aprovechan como un aliciente turístico más.

Erfoud, ciudad de oasis. Foto: GEMA GARCÍA

Hasta 1928 la misma Ouarzazate no fue más que un conjunto de asentamientos. Fue en ese año cuando los franceses decidieron levantar, respetando la arquitectura típica, una ciudad que les sirviera de emplazamiento para controlar esta parte de Marruecos. Actualmente acoge una población de más de medio millón de habitantes. Por su parte, Zagora, al sur, era un antiguo pozo donde paraban las caravanas y hoy es una ciudad de largas avenidas.

El turismo de aventura

Ambas poblaciones se han visto favorecidas por el desarrollo del turismo, un turismo a la búsqueda de naturaleza, aventura y exotismo. Hacia el este, haciendo frontera con Argelia se encuentra Errachidia. Una  provincia donde el paisaje se forja con el contraste de los colores. Del rojizo o morado de las montañas, al verde de los palmerales y toda la gama de ocres de los desiertos de piedra o arena. La facilidad de vivir la experiencia del desierto, con transporte en 4×4, o camello para los nostálgicos, los campamentos preparados para el gusto europeo y los deportes que se pueden practicar han conseguido poner en el mapa a lugares como Merzouga, desconocido hasta hace poco y hoy muy valorado por sus dunas. Sólo en esta provincia se han levantado en un año 24 proyectos turísticos con capacidad para más de mil doscientas camas. Y es que el turismo, con cerca de diez millones de visitantes anuales, se ha convertido en el motor de la economía del país. Un camino en el que quieren seguir avanzando y en el que los españoles colaboramos como el segundo país emisor de visitantes.

Tiendas para la práctica de la aventura en el sur de Marruecos. Foto: GEMA GARCÍA

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Gema García

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