Trescientas... y pico

Madrid, Madrit, Madriz, Madrí… ¿qué Madrid?

Puerta de Alcalá, Madrid. Fotografía: Jean-Pierre Dalbéra (Fuente: Wikimedia).

Madrid, lo sabemos, ha sido, es, símbolo de muchas cosas. Quizás demasiadas. Desde que Felipe II decidiera instalar allí la villa y corte de su reinado, ha habido muchos madriles. Ahí está el Madrid de los Austrias para perderse callejeando; el Madrid antifascista y heroico del No pasarán que paró el avance faccioso de las tropas de Mola y Franco a las puertas de la ciudad casi al inicio de la guerra civil; el Madrid gris y oscuro del negro franquismo, de los sobreentendidos y el exilio de la palabra libertad; el Madrid luminoso, disparatado, suicida, de la movida en tiempos de Tierno Galván, de Almodóvar, de su y nuestra Pepi, Lucy, Bom y otras chicas del montón… hasta el Madrid de hoy, una ciudad desfigurada, despedazada, que tanto cuesta reconocer en manos de un grupo de dirigentes un tanto señoritiles que la mandan y que la usan.

Fotografía «¡No pasarán! realizada en 1937 por Mikhail Koltsov (Fuente: National Geographic).

Todos, alguna vez, hemos ido a Madrid. Hemos recorrido sus calles, sus teatros, sus museos, sus barras interminables, su noche mágica. Por eso, quizás, tenemos derecho a preguntarnos: ¿Qué está pasando hoy en Madrid? ¿Qué están haciendo con la ciudad acogedora y luminosa que casi todos llevamos en el recuerdo? ¿Por qué, cada vez más, y no siempre para bien, pareciera que todo pasa por Madrid?

Y sí, desde hace un tiempo emergen críticas en este sentido. A veces, ciertamente, interesadas, sobre el papel que juega y debería tener la capital de España en un país democrático como el nuestro, en una Europa en paz y en un mundo globalizado. Hablan políticos y economistas de su exceso de centralismo, de su excesiva voracidad económica en la atracción de capital extranjero (el 61,2% del total nacional en 2019), de su egoísmo político que fagocita el impulso de sus comunidades vecinas, que dificulta la vida en sus barrios humildes, en su multicultural y colorista periferia. Una ciudad, en fin, que, cada vez más y sobre todo, se nos aparece con el rostro deformado y que hace emerger sombras de desigualdad que creíamos arrinconadas.

Fotografía de un grafiti que homenajea al exalcalde de Madrid Tierno Galván, realizada por Hari Seldon (Fuente: Wikipedia).

Cualquier convoy ferroviario, y cada país y sus grandes ciudades lo son de alguna manera, necesitan de una o varias máquinas que tiren. Que empujen. Que acompasen el movimiento de las partes en los railes de la vida. Unas locomotoras que abran camino, un motor, al fin, que impulse el vaivén acompasado del resto de los vagones donde viajan los sueños y las esperanzas de la gran mayoría de su población.

Eso lo sabemos, pero con la pandemia, especialmente con la pandemia, hemos redescubierto seguramente lo sabíamos, lo intuíamos, pero preferíamos no verlo– que la locomotora madrileña escondía tras esa imagen de modernismo voluptuoso, de PIB sin final, de madre grandiosa y acogedora, de ese no preguntar a nadie de dónde eres y de dónde vienes, del orgullo de ver la bandera arcoíris ondeando en su Ayuntamiento cuando la bandera arcoíris era aún otra cosa, ese otro lado oscuro que, también y seguramente, siempre estuvo ahí pero que preferíamos no ver. Esa otra ciudad silente que también es cuna del más viejo y rancio clasismo. Un convoy desnortado.

Fuente de la Cibeles iluminada con los colores de la bandera LGBT. Fotografía: Malopez 21 (Fuente: Wikipedia).

Es este último un Madrid de nuevos y viejos señoritos travestidos en los anaqueles de la historia y, a veces, embadurnados de capitales de oscura procedencia, amasado en las balsas del clientelismo, de la corrupción y la rapiña de lo público. Una ciudad ensimismada, encerrada en sus privilegios auto-otorgados, enclaustrada en sus viejos palacetes, adornados éstos de recios y vetustos cortinajes que aíslan, de mujeres sin derecho al habla y al lenguaje, sumisas, adornadas ellas con cofias extraídas del tiempo en el que las cofias marcaban de dónde se venía y hasta dónde se podía ir.

Es, digámoslo claro, un Madrid que parece hecho de grandes muros que aíslan y ventanales que impiden mirar hacia fuera y mirar hacia dentro, y a cuyos interiores da la sensación que hace tiempo no entra el sol ni el puro olor de la calle, el cálido palpitar de las castañas asadas para combatir el frío invierno, el refrescante sabor del café helado en su tórrido verano. Una ciudad, en definitiva, que se mira a sí misma con extrañeza, que nos mira a todos los demás de reojo, porque desconfía del otro, porque piensa, miserables ellos, que la pobreza y la miseria es solo una aspiración de los pobres que está escrita a fuego en las palabras de la Biblia de los domingos.

Isabel Díaz Ayuso, Real Casa de Correos, 21/9/2020. Fotografía: Pool Moncloa/Fernando Calvo.

Es este último Madrid, insolidario, chulesco, el de los señoritos del barrio de Salamanca que pedían libertad en pleno confinamiento (¿qué libertad?, eso, ¿qué libertad?), libertad para recorrer los hoyos del campo de golf vestidos de alpaca y lino, el que ha emergido de pronto. Un Madrid lleno de banderas si las banderas significasen algo, en un remedo de procés hecho desde las alturas, con decorados de celofán y cartón piedra. Es todo ese Madrid al que su presidenta, Isabel Díaz Ayuso, una pija con tinte verbal de peluquería adquirido en las tiendas al por menor de Donald Trump, alentaba a salir a la calle (“Ya verás Pedro Sánchez cuando se acabe la alarma, ya verás que esto de ahora –por lo de las protestas del Barrio de Salamanca en pleno confinamiento–, te va a parecer un juego de niños”). Eso decía  ella en plena ola de mortandad y con los hospitales vomitando cadáveres.

Es ese otro Madrid el que vemos hoy, con dolor y lágrimas secas, el que huye despavorido en ristras interminables a modo de ciempiés automovilísticos por las inabarcables autopistas que todos pagamos, el que oculta, humilla y olvida a millones de sus habitantes, carne amasada y empaquetada en los metros obreros que recorren sus intestinos a cada día y a cada hora.

Fuente: https://www.lasexta.com/

Es este, al fin, el Madrid donde vemos cómo unos dirigentes desnortados, sobrepasados, imponían medidas estrafalarias, injustas, o, a veces, peor aún, ni siquiera hacían nada que otros hacían (¿dónde los rastreadores? ¿dónde el refuerzo de la atención primaria? ¿dónde la empatía? ¿dónde, dónde…?) como si la única vía de salida fuese esperar el fatal desenlace de un destino que para ellos siempre está escrito en un nosotros y luego todo lo demás. Ese Madrid, contrapuesto al pronunciado de mil formas (Madrid, Madrit, Madriz, Madrí…) que soñamos, que recordamos y que, despertados de un mal sueño, qué digo, una pesadilla, tanto nos cuesta reconocer en estos días y en este tiempo, cuando los filtros y velos de la apariencia han caído y dejado al desnudo este otro duro rostro. Un Madrid que, reconozcámoslo, nos confunde y nos aterra.

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Pepe López

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  • Viví en el acogedor Madrid de los estudiantes 5 años; me hice adulto, más y mejor persona en los años 68-73 (en la Universidad Complutense), durante los estertores de la dictadura; he visitado durante toda mi vida sus museos, sus musicales,sus bares, con sus bocatas de calamares en la Puerta del Sol; también me he manifestado reivindicando esto y aquello. Siempre fue ciudad acogedora. Tenía parte de mi familia en Madrid. Pero en los últimos tiempos no la reconozco, ha cambiado su talante.
    ¡Qué bien has descrito las distintas Madrid!G

    • Todos Alfonso tenemos, de alguna manera, imágenes, recuerdos, de Madrid, como las que tú citas, tiempos de cambio y esperanza que han quedado (en parte) sepultados por estos otros de opulencia y dinero, pero seguro que esa otra ciudad solidaria, acogedora, de bienvenida, sigue existiendo, aunque hay quienes hacen todo cuanto pueden (y es mucho lo que hacen y mucho lo que pueden) para ocultarla, para asfixiarla.

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