En primavera, con la llegada del buen clima que caracteriza a la provincia y la efeméride de Sant Jordi, las calles eclosionan de vida… y libros, dado que, en el transcurso del camino, podemos descubrir un tesoro en forma de páginas encuadernadas. Es el BookCrossing, una red de intercambio gratuito de ejemplares surgida en 2001 en EEUU, y que, mediante las nuevas tecnologías, se expandió a naciones del mundo entero. Internet enriqueció el concepto, pues aparte de las comunidades de bookcrossers con foros y FAQ, gracias al identificador numérico (BCID) que posee cada tomo, es posible seguirles la pista. Servidor ha encontrado alguno que lleva recorriendo Elche un par de lustros, en un relevo sin final que requiere de urbanidad y amor por la cultura.

Con más de 3.000 libros “liberados” en España a fecha de 8 de noviembre según la web oficial, nadie cuestionaría la salud de la iniciativa, aunque podría ser mucho mejor. Principalmente porque da la sensación, acertada por otra parte, de que el BookCrossing solo se toma en consideración en abril y octubre —por el Día Internacional del Libro y por el de las Bibliotecas— debido al sempiterno trabajo de promoción e impulso acometido desde las administraciones locales. No es el movimiento ciudadano presente los 12 meses del año que se ideara hace casi dos décadas. Al menos, en nuestro país. ¿Falta de información? ¿Mecánica enrevesada? ¿Títulos sin atractivo? Demasiadas preguntas teniendo en cuenta que habitamos una tierra que ha brindado dos centurias de oro literarias —la valenciana y la española— cuyas obras expresan sentimientos comprensibles en cualquier rincón del globo. Y eso inquieta.

Además de la cantidad de incívicos que hallan los volúmenes marcados con adhesivos del BookCrossing en espacios públicos y los acaparan tras concluirlos, claro, desvirtuando así el propósito inicial, el desinterés por la lectura se yergue como un factor determinante. Y es que no es ningún secreto: las humanidades, encarnadas siempre en los libros, en este siglo XXI de tabletas y smartphones, se relegan a un segundo plano mientras la electrónica de consumo, que no la ciencia, es alabada sin reflexión alguna. Incluso en carreras como Periodismo ya no se lee ni aun regalándole los diarios al alumnado. Estamos inmersos en una época en la que el vídeo online es el rey, y en la que detenerse a leer, a pensar, es un lujo al alcance de muy pocos dada la dinámica tóxica de la cotidianeidad posmoderna.

Quién sabe si los libros del BookCrossing, más pronto que tarde, correrán la suerte de los céntimos tirados en la acera y que nadie recoge porque “no valen nada”, ni para calzar sofás o atestar anaqueles con los que impresionar a las visitas en el hogar. De todas maneras, es preferible que tapas y hojas se conviertan en piezas decorativas del paisaje urbano a que sirvan de combustible para hogueras como en cierta novela. O como en otros tiempos que, de abandonar la lectura, volverían más raudo de lo pensado.

*Artículo de opinión publicado en el Anuario de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante 2019.

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