Al paso

Lo público y lo privado: coexistencia necesaria

Fotografía: Carola V. Ferrer G. (Pinterest),

Cualquier dictadura, aunque sea la del proletariado, cercena la libertad del individuo (hombres y mujeres, no voy a escribir el palabro ‘individua’ por muy feminista que me considere), libertad que es el bien más preciado después de la vida. Y, aunque suene a exagerado, veo un peligro para la libertad en la permanente exaltación que el Gobierno de coalición del PSOE y Unidas Podemos hace de ‘lo público’ y el menosprecio y hasta la persecución hacia todo lo privado, sean empresas terrenales o instituciones religiosas, con especial ensañamiento hacia los centros de enseñanza privados, sobre todo los de la Iglesia o de órdenes e institutos religiosos. Es evidente que solo quieren una educación pública y manipulada por la izquierda

El tufillo antiprivado que siempre ha salido de los entresijos socialistas se multiplicó con el liderazgo de Pedro Sánchez y con el protagonismo de su anticlerical vicepresidenta Carmen Calvo y su ministra de Educación, la visceral Isabel Celaá. Que presume de buscar consensos y luego se lanza a una defensa (lógica ciertamente) de la excelencia para los centros docentes públicos, pero regateando medios y hasta fustigando a los concertados. Buenas palabras no le faltan en sus declaraciones públicas, pero una cosa es lo que dice y otra lo que hace.

Tiempo habrá para ver cómo sale la ‘Ley Celaá’ del Parlamento y qué resultados da teniendo en cuenta que las competencias en Educación siguen siendo de las autonomías para oprobio de quienes, por motivos de salud mental nacional, deseamos que esas competencias sean exclusivas del Estado. Y, por si no fuera suficiente el arsenal anticlerical socialista, vino la coalición con los podemitas de Pablo Iglesias, al que el apellido le cae peor que a un santo dos pistolas. Una cosa es que Jesucristo predicara que “mi reino no es de este mundo” y otra que los gobernantes ataquen las creencias de una gran parte de los ciudadanos cuando los padres defienden el derecho a la educación de sus hijos.

Habrá que estar muy atentos también a los movimientos de los coaligados Sánchez-Iglesias sobre posible nacionalización de empresas, asunto sobre el que el dirigente podemita ya ha lanzado andanadas incluso justificándolas en el propio texto constitucional. El comunismo siempre lo ha nacionalizado todo, sobre todo la pobreza. Esperemos que Sánchez no se deje llevar por la corriente podemita nacionalizadora ni nos lleve al ‘éxito’ de una nueva Venezuela, mucho más traumática que la ‘nueva normalidad’ que tanto jalea invitando a todos los ciudadanos a salir a la calle y a viajar. El confinador tardío y funesto nos ha salido ahora animador de caminantes y viajeros.

La propiedad privada es un concepto casi sagrado de la civilización occidental. Los pensadores de Occidente, tanto griegos como latinos lo tuvieron claro. Platón y Aristóteles; gobernantes griegos y romanos; emperadores y papas; repúblicas y monarquías medievales, modernas y contemporáneas funcionaban con leyes respetuosas con la propiedad privada, a veces, con sus más y sus menos. El comunismo del siglo XX introdujo en Rusia y China la abolición de la propiedad junto con la muerte de la libertad, que es algo así como el fin de la propiedad intelectual.

Uno de los más grandes pensadores que ha dado la historia occidental, Tomás de Aquino, filósofo y teólogo insigne, escribió, entre otras cosas (en su Summa Theologiae, 2, 2ae, q.96, a.2), esto: “Respecto a los bienes externos, dos cosas competen al hombre, una de las cuales es la potestad de administrar o distribuir y, por lo que a eso se refiere, lícito es al hombre poseer cosas propias. Es también necesario a la vida humana por tres razones: primera, porque todos son más solícitos en el cuidado de las cosas propias que en el de las comunes, o que pertenecen a muchos, porque todos huyendo del trabajo dejan a los otros lo que es de incumbencia común, como suele acontecer cuando se tienen muchos criados; segunda, porque hay mucho más orden si a cada uno le incumbe el cuidado propio de administrar una cosa en particular y, en cambio, se originaría confusión si todos indistintamente todo lo administraran; y tercera, porque se conserva más fácilmente la paz entre los hombres cuando cada uno está contento con sus bienes particulares. Por donde se ve que, entre aquellos que poseen en común e individualmente algo, surgen con frecuencia riñas y discusiones”.

“Otra de las facultades que competen al hombre respecto a los bienes externos es el uso de los mismos y, en cuanto a esto, no debe considerar el hombre los bienes externos como propios, sino como comunes, es decir, que, con facilidad, debe desprenderse de ellos para socorrer las necesidades del indigente”. 

En otro pasaje, Santo Tomás completa su tesis solidaria: “El bien común supera al bien particular”. ¿Contradicción? No. Simplemente la norma de la solidaridad en una economía social de mercado. Una justa fiscalidad para que los que más tienen aporten más al bien común, un bien común que ahora denominamos también como estado de bienestar. El equilibrio justo entre lo público y lo privado, algo incompatible con el comunismo alienante y liberticida de Pablo Iglesias, que cogobierna con el socialismo de Pedro Sánchez.

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Ramón Gómez Carrión

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