Opinión

‘Livertad de esprexion’

Isabel M. Peralta en una manifestación homenaje a la División Azul (Fuente: RTVE) / Pablo Hasél (Fuente: Nikone Cons, YouTube).

“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión”
Artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos

Esta semana se están produciendo unas alborotadas manifestaciones callejeras, concentraciones mayoritarias de gente joven que, olvidando otras formas más civilizadas de transmitir su contrariedad contra leyes y jueces que las aplican, perjudican la paz ciudadana, causan heridos –entre ellos mismos y entre la policía– y destrozan bienes de la colectividad –de la que ellos mismos forman parte– y de otros ciudadanos que nada participan del conflicto. Obviamente, me estoy refiriendo a las reacciones que el ingreso en prisión de un rapero han generado entre sus fans, animados por mentes radicales que aprovechan cualquier brasa para azuzar el fuego.

Quienes vienen afirmando que no vivimos en una democracia perfecta bien podrían sugerir a estos vándalos que las manifestaciones en un sistema de orden y de respeto se tramitan y se desarrollan según las normas legales; que se pueden recoger firmas para proponer la reforma de las leyes a través de métodos establecidos, y que no estar de acuerdo con decisiones judiciales no justifica quemarle la motocicleta a un ciudadano ajeno a todo este jaleo, romper los semáforos que ellos mismos acabarán pagando o apedreando un periódico.  Desde luego, mucho menos a romper escaparates y robar sus contenidos.

Los que justifican –y así animan– estas asonadas, siendo miembros del Parlamento son también responsables –y no por omisión­– porque desde que se produjo el juicio tuvieron tiempo para haber gestionado en el Congreso de los Diputados alguna reforma que hubiera impedido el desafuero judicial, si es que este se hubiera producido.

Y como en todo hay “extremeños”, conviene recordar aquí estas palabras, grabadas durante un acto el domingo de los enamorados en Madrid: «Es nuestra suprema obligación luchar por una España y por una Europa ahora débil y liquidada por el enemigo, que siempre es el mismo con distintas máscaras: el judío, porque nada más certero que esa afirmación». La señorita que esto manifestó, vestida con una camisa azul –fruto de la casualidad– prosiguió: «El judío es el culpable» y la División Azul «luchó por ello» para librar a Europa del «comunismo, que es una invención judía destinada a enfrentar a los obreros».

Lejos de justificar los más de 60 mensajes que en su perfil de Twitter el rapero difundió entre 2014 y 2016, el de la rubia dominguera es tanto o más peligroso para la convivencia –y eso teniendo en cuenta que no me cae nada bien el estado de Israel por sus actuaciones xenófobas– y cuando esto escribo, seis días después, no hay noticia de que haya sido ni siquiera citada a declarar.

La libertad de expresión es una mina de la cual se extrae valioso material que nos aporta calor y energía para grandes proyectos, pero en su interior hay aristas y recovecos que de picarlos con extrema virulencia pueden producir hecatombes con peligro vital para los mineros. Afinemos bien el lápiz para escribir el concepto correctamente.

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Toni Gil

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