Ese peculiar carácter

Nunca hubo una despedida tan épica, si me permiten el término. Tan dolida. Ni un entrenador que abandonara al equipo de fútbol que convirtió en el más excelso y admirado del planeta; incluso para las más inhóspitas latitudes. Porque un antes y un después ha sellado Pep, con rúbrica de caballero eterno, no sólo para el Barça, sino para la historia del balompié a nivel de clubes, que pocas veces conoció de una subyugación tan respetuosa hacia el adversario como durante este ciclo que no sabemos si con este ‘adiós’ termina.

Dio la impresión de un amor marchitado, en su despedida. Una pareja caída en el infortunio, puede que en la monotonía, en el que uno prefiere vivir del recuerdo de una postal nacida a orillas de un lago antes que aventurarse en el esfuerzo de algo para lo que ya intuye que no le quedan energías, a riesgo de salir trastabillado con la agridulce sensación del destiempo. El paralelismo amatorio parece oportuno: “No me veo con fuerzas. El tiempo lo desgasta todo. Echo en falta la recuperación de mi vida”. Incontestable, como casi todo lo que él decía…

Porque Guardiola, más allá de un entrenador de fútbol, ha resultado ser un inesperado psicólogo que ha conciliado los conceptos de empatía, liderazgo, discreción y señorío con una clarividencia desbordante e inédita por iguales. Los pagos futboleros, no nos equivoquemos, suelen ser áridos en sus formas; de ahí quizás la atractiva peculiaridad de este comportamiento. Su manejo del grupo, sin grietas ni liderazgos; su luz para explotar de cada jugador su mejor posibilidad, y su visión, tanto desdramatizada en la derrota como moderada y elegante en la victoria, bien podrían jalonar las más formativas páginas de cualquier libro de autoayuda, tan en boga en esta época de oscuridad. Y emanaba, incluso, ese pegajoso acento de “sé lo que hago”, hasta en las ruedas de prensa, tan propensas a disparates y cuchillos. Oratoria pausada, inteligente, a veces irónica… con cierta impostada modestia, cierto, pero siempre con un regusto último arrasadoramente convincente y contagioso.

Vagamente recuerdo sus inicios, allí por el frío terruño numantino, cuando debutó con derrota en casa de un recién ascendido. Entonces era una incógnita, sin experiencia en las alturas… de modo que no tardaron en barruntar algunos preclaros del periodismo deportivo tras la caída en Numancia en la primera jornada que la vida del de Santpedor al frente del club era cuestión de un par de anuncios más o menos soportables. ¿Cuántos otros, me viene la duda, siendo válidos, no superan el trámite impaciente numantino, pasando al ostracismo, al olvido?

Para Guardiola habrá sido dolorosísimo decir ‘adios’. A su propia familia, pues desde toda perspectiva son indisociables. Le ha debido doler especialmente. Pero no se le quebró la voz, por duelo. Ni le tembló un dedo. Quizás esa frialdad y cercanía, extraña, llevara al Barça tan alto. Sabe lo que hace. Los grandes hombres son fieles, tanto en la adhesión como en ese tiempo en que consideran que deben volar. Y él sabe que jamás dirigirá a otros jugadores que escenifiquen en el terreno de juego su filosofía del “toque y control” con la comunión tan vecinal de los Messi, Xavi, Iniesta y demás. El Barça debe seguir siendo un grande, por inercia, por historia, pero Guardiola sabe que puede que jamás vuele nunca tan alto. Cabe que a su regreso a los banquillos, si se da, gane títulos y vuelva a ser manteado; sin embargo, la generación de “jugones” que se cruzaron en su camino, y que lo elevaron, como él a ellos los elevó, en una simbiosis de irrepetible genética, llamados por la naturaleza a dar lo mejor de sí en ese tiempo y en esas circunstancias, a entenderse, con apenas un guiño de inconmensurable calidad… eso ya no lo hallará, ni en cromos. Y lo sabe. El vals sobre el césped. La armonía de una orquesta cuyos instrumentos suenen a su tiempo, al dictado de su entrenador, sin solaparse, sin estridencias ni escándalos, sin líderes… destacando todos y ninguno al mismo tiempo, y regalando un resultado último, un epitafio de quiebros y dominios de pura leyenda.

Pero se cansó… No sé. Me cuesta concebir que a los cuarenta años uno esté agotado. Sobre todo si hablamos que quien sólo ha conocido aplausos, reconocimientos y ha levantado trofeos con la costumbre de quien toma un par de tostadas a la mañana. Cuatro temporadas… y habiendo aterrizado sin apenas lastre emocional en la maleta al poco de ser llamado para volar de la Segunda División a las estrellas. Por eso ahora, diría que percibo otro mensaje, bien distinto, al acordarme de las palabras que Pep le profirió a Mourinho, en una de las pocas veces en las que entró al trapo de sus provocaciones: “Si él quiere competir conmigo, que lo haga. Yo jamás lo haré. Yo no compito”. Puede que de ahí brotara ese sentido premonitorio, inadvertido entonces, de quien no está dispuesto a anteponer una vida de glorias y besamanos a un descanso anónimo lejos de las cámaras y de titulares de prensa.

Adiós, Pep. Te mantearía si pudiera. Te lo mereces, “nen”. Creo que hasta Mou lo haría. Estoy seguro. Fue lindo, demasiado… que diría tu pibe.

Claudio Rizo.

 

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