En las antípodas

Reforma laboral y huelga general. La primera, midiendo los centímetros de su silueta ante la mirada malhumorada de un modisto que de buen grado le daría un puntapié en las nalgas por lo avinagrado de su carácter, si no viviera de la venta; y la segunda, la huelga general, tratando de burlar la realidad, y correr, lejos… al modo de esas pesadillas con huidas sin final que no rara vez nos llegan en mitad de un sueño agónico…

En verdad, la reforma y la huelga son dos caras de la misma moneda, en las antípodas la una de la otra, enfrentadas en el ring de lo necesario y del cabreo. Alejadas en un todo irreconciliable. Como Bardem trataba de explicar sin éxito a su desesperanzado colega de Los Lunes al Sol adónde era que se dirigía aquel barco que se diluía entre las brumas: “A Australia. Sí, a las antípodas –afirmaba-. ¿Y tú sabes qué son las antípodas?, -dejaba caer con pretendida pátina de profesor aldeano-: lo contrario. Anti-podas: locon-trario, -traducía y mal separaba sílabas con golpes gruesos de voz-. ¡Está claro!: allí se folla…, aquí no. Allí hay trabajo…, aquí no. Pues eso. Locon-trario”, concluía el bueno de Santa (Bardem) su perorata amortajada tumbado frente a una ría bañada por un sol sin horas ni propósitos.

La huelga pareciera no encajar, aun habiendo causa. Digo ésta, y ahora. Convocándose sin apenas haber desflorado una legislatura a la que once millones de españoles se entregaron hace escasos dos telediarios. Ni la cortesía de los cien días son parapeto. Además, babeando el país seis millones de desempleados y siendo el desahucio y caída de venta de inmuebles nuestros más llamativos valores en los escaparates de todo el planeta, la invitación a paralizar un país, en estos tragos, me sugiere dudas de solvencia. En tres meses no existe mago ni chistera que medio arregle un paisaje como este. Eso sí, puede que nos sirva la jornada del 29-M para dar más carnaza a la chanza de los muñequitos franceses, que aún no sé bien por qué carajo, dicho sea de paso, tanto nos escocieron, el otro día, a cuento de los dopajes. Precisamente aquí, donde tanto orgullo patrio se da a propósito de nuestro gen irónico y burloncete.

Pero la reforma laboral, ¡ay!, apenas tratada reviste caracteres de atentado y guillotina contra la clase trabajadora por más que Europa entera se marque un taconeo de complacida felicitación. Pone al currante en pelotas, en plaza pública y con una cara de cornudo y apaleado que para qué. “Es por tu bien, -dice el Gobierno-… Agáchate, de espaldas, y contén el aliento. Que voy. Es por tu bien”. Al tiempo que la patronal abraza la nueva regulación de despidos “outlet” frotándose las manos y salivando, morbosamente; mientras que los sindicatos, caídos en desprestigio, ven asaltado su pequeño gran reducto de conquistas laborales conforme la manecilla inexorable del reloj les reduce más y más su oxígeno. A todo esto, Rajoy, que sigue por ahí, en su micromundo de “mi niña políglota y mundialmente emprendedora”, levanta la cerviz y trata de superar el trago en este fango que presumía y en el que ahora se muestra como desorientado y aturdido.

Hoy, apuesto, soltaría Santa a su colega desempleado en la ría de Vigo: “¿Las antípodas, amigo?  Eso es España. Unos follan…, otros no. Unos son ricos…, otros no. Unos trabajan…, otros no.  ¿Que cómo se arregla?: con un electricista y un cura. Uno, cortando “enchufados”; el otro, repartiendo hostias.”

Pues eso.

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Una respuesta a En las antípodas

  1. Alejandro Jiménez Navarro dijo:

    Leyendo este artículo queda bien claro que la rama sale del tronco. De un padre con buena pluma y que maneja muy bien el lenguaje no se podía esperar otra cosa. Aunque pueda generar celos en tu progenitor, estimo que lo superas en estilo.

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