Hace unas semanas escribí un artículo dando mi opinión sobre la Reforma Laboral, esa que nos han impuesto desde Europa. Reforma que no reforma nada, decía, que maltrata con saña al trabajador. También comentaba que, aparte de no generar empleo, sólo iba a traer confrontaciones sociales y daba, como mejor solución para generar empleo, la concesión de créditos blandos a las PYMES para conseguir una financiación barata para poder invertir y, lógicamente, crear trabajo. Les pedía que multiplicaran la cantidad de PYMES que hay en este país y que, con financiación, íbamos a invertir para llegar a ser competitivos y tratar de exportar, por calidad no por precio, nuestros productos. La cuestión es invertir en I+D+i. para conseguir nuevos y competitivos productos. ¿Para cuando un banco público que nos cicatrice, nos alivie, nos haga olvidar las heridas que nos han producido los privados? Porque el futuro de nuestras empresas es la exportación, que a nadie le quepa la más recóndita duda. El consumo en España está bajo mínimos con tanto recorte. Y esto, señores, significa puestos de trabajo. ¿De qué me vale un despido barato? Yo lo que quiero es invertir y crear trabajo. No despedir. ¿Qué empresa que despida por ese motivo (despedir barato) va a crear puestos de trabajo? Y estamos cayendo en la perversión moral de enfrentar al parado con el que tiene trabajo. Esta Reforma no va a crear empleo, lo insistiré todo lo que pueda. Así que los parados, la verdadera lacra de este país, van a seguir como estaban. En el paro. ¡Cómo quisiera equivocarme!
Hasta al propio Rajoy, en un alarde de machito, lo pillaron los indiscretos micrófonos alardeando en Europa: “Esta Reforma me va a costar una huelga general”. Perdone, a usted no, a toda España.
También señalaba las consecuencias que esta Reforma iba a acarrear, y entre ellas citaba la huelga general. Bueno, pues bien, ya la hemos sufrido, porque las huelgan se sufren. Decía que éstas no me gustan, ni me gustarán nunca. Yo no he hecho huelga, empiezo por ahí, para evitar confusiones. Pero respeto profundamente a quien ha decidido sumarse a ella. Tampoco me gustan los “piquetes informativos”, más propio de otras épocas que de éstas. He visto en la tele verdaderas barbaridades producidos por estos piquetes. También sé que este año los piquetes se han dulcificado, que en esta huelga general, salvo excepciones contadas, han sido más racionales, más pacíficos.
Los sindicatos son otro órgano que urgen de una profunda reforma. Siguen igual que hace treinta y tantos años. Necesitan, igual que los partidos políticos, una profunda renovación. No sé cuál, pues no soy sindicalista, pero están igual de caducos que los partidos políticos. Corren tiempos nuevos, críticos y, o se refundan o van a desaparecer. La opinión pública ya empieza a dudar de su eficacia, de su efectividad. Se cuestiona a sus líderes, su financiación pública, como se está cuestionando a nuestros políticos. Ellos van por caminos diferentes por los que transcurre la sociedad, y o no lo saben o no lo quieren ver.
Tanto unos, los partidos políticos, como otros, los sindicatos, no se dan cuenta de que estamos en un momento absolutamente mutable. Nada es eterno, ellos tampoco. El día de la huelga vi en la tele unos comercios cerrados a cal y canto por la mañana y abiertos a pleno rendimiento por la tarde. ¿Cómo se llama esto? Pues sencillamente miedo. Porque oigan, imponer, imponen.
Y el Gobierno no se entera o quizá no puede enterarse. Europa no les deja. Éste se ha convertido en un continente rancio y casposo. ¿El PP no saca conclusiones del desastre de Andalucía? Porque hace un escaso mes y medio, las encuestas les daban vencedores con diez puntos de distancia sobre el PSOE. En la realidad, esta diferencia ha menguado a un raquítico punto y ha subido, como la espuma, IU. Que sigan con estas reformas que, al final, se van a quedar solos.
Señor, hay veces que me traiciona el subconsciente… y entonces es cuando añoro la cercana y humilde peseta frente al orgulloso euro.

