Trescientas... y pico

Las cosas que verdaderamente importan

Fuente: www.a24.com

Son éstos tiempos de guerra. De imágenes de guerra contra un enemigo sin rostro. Tiempo de silencio impuesto. Y de aislamiento. De héroes y heroínas anónimos. Es este un tiempo extraño, como suspendido, lleno de miedos y profecías autocumplidas, de fin de etapa y de principio de no se sabe bien qué. Tiempo, eso sí, en el que las cosas y las personas que habíamos envuelto en automatismos vacuos y las habíamos llevado al rincón de “lo invisible” adquieren, de pronto, vida propia.

Son esos gestos y esas personas los que estos días emergen de las profundidades del desván de nuestra desmemoria para reclamar su presencia. El tiempo y el espacio tienen nuevas y extrañas dimensiones, como olas en una noche de quietud, y nos reprochan que nos hayamos olvidado de ellas durante tanto tiempo, que hayamos prescindido de las cosas-que-verdaderamente-importan.

Estaban ahí, pero casi no las veíamos. Y, de pronto, nos miran a los ojos, señalándonos, exigiéndonos respuestas a preguntas que nunca nos hicimos. Vamos, lenta, parsimoniosamente, quitando capas a la cebolla de nuestras pequeñas biografías de correcaminos sin fin y, ahí están, ocupando todo el escenario. Son, sobre todo, rostros y gestos diminutos y mecánicos, cuyo sentido original habíamos olvidado de tanto usarlos sin pensar en su original significado montados como íbamos en el caballo de nuestras prisas y obsesiones por querer ir cada día más lejos, sin percatarnos de que más que un viaje era, también, una huida.

Un buenos días ritual, mecánico, es ahora un buenos días cargado de electricidad, aunque sea en la distancia justa y requerida por las circunstancias. Hasta ese saludo al vecino que vive al lado pero al que casi ni conocías, se erige como un acto repleto de nuevas complicidades y buenos deseos. Los balcones, espacios de añadido a nuestro caparazón doméstico, almacén de enseres medio muertos, son en este paréntesis (¿?) distópico nuestro mejor canal de comunicación.

Y así, asistimos atónitos al increíble espectáculo de observar que las ventanas no son espacios muertos que solo dejan pasar la luz, sino que son verdaderos cordones umbilicales que nos unen a la vida que lucha ahí afuera y que pelea para que nosotros podamos seguir aquí dentro.

Descubrimos que unas palmas de ánimo a la infantería de esta batalla (médicos, enfermeras, conductores, cajeras, agricultores, choferes, empleadas de hogar…) a la hora acordada revitaliza más que todos esos amigos virtuales que creímos tener. Que ellos son l@s imprescindibles. Y que todas esas decenas de seguidores virtuales de Facebook, Twitter, Instagram, WhatsApp… son arena entre los dedos contra el rumor de los aplausos. Descubrimos, de rebote, que necesitamos de la voz, de la musicalidad del sonido de un padre, de una madre, de un amigo, de una hija. Redescubrimos que el sonido rotundo, con sus silencios y todo, reconforta más que el gesto frío de un “me gusta” al que nos habíamos entregado con el frenesí de la falsa importancia…

Eso descubrimos. De pronto, todo lo que no era importante empieza a adquirir relevancia. Y aquello que nos hacía ir demasiado deprisa, se ralentiza, se pospone ante la duda de saber si habrá mañana. Son, ya digo, las cosas-pequeñas-que-verdaderamente-importan. Esas que vamos redescubriendo a cada día que pasa en esta cárcel sin barrotes y en una guerra para la que no estábamos preparados, rodeados como caminábamos cada día de gurús que nos machacaban asegurándonos -eso decían- que aquello era la vida.

#YoSigoEnCasa

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Pepe López

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