Era el cementerio de Posuna; la tierra estaba cubierta viciosamente de hinojal y malvas que ocultaban las cruces. Había olor de jugos de verdura. En un rincón florecían dos varas de azucenas y una llama de amapolas, rodeando la única losa: era la sepultura de una carmelita que pasando al convento de Almudeles murió en la aldea. Las ramas de los cerezos, ensangrentadas de fruta, pasaban doblándose sobre la frente de Félix. Levantó las manos para acercarlas y tío Eduardo le pidió que no lo hiciese, que no comiese cerezas. ¿Qué no las coma? ¡Pues si son gordas y muy maduras y ya están frías, lo mismo que si amaneciera! ¡No importa Félix –añadió Isabel mira que son de cementerio!”

Gabriel Miró: Las cerezas del cementerio

Gabriel Miró (Fuente: https://www.wikiwand.com).

Las cerezas del cementerio, publicada en 1910, es para muchos literatos y críticos una de las novelas más hermosas de la literatura en lengua española del siglo XX. Con esta obra se inicia la etapa de madurez literaria de su autor, nuestro creador alicantino Gabriel Miró. Nos narra los amores entre Félix, joven de gran encanto y sensibilidad, y Beatriz, mujer mayor casada y de una extraordinaria belleza, que van a encontrarse con el rechazo y la incomprensión de todos. Sin embargo, la historia nos depara un final inesperado, triste pero bello a la vez. Félix muere y es enterrado en el cementerio de Posuna, conocido por sus cerezos de cuya fruta producen respeto en el lector. Las cerezas del cementerio es un libro sobre el amor, cosa que preocupaba hondamente a su autor, quizás por la falta de amor. En él se suceden las historias de enamoramientos, correspondidos y no correspondidos, realizados y no realizados, o completados torcidamente. Constantemente late en sus páginas el deseo, la esperanza del encuentro erótico; pero el eros mironiano, según sus críticos, no es únicamente físico: está lleno de piedad, de necesidad de consuelo, de ternura, las más veces es don de una sola de las partes. Las cerezas del cementerio es una gran novela. Su llegada a manos de un lector apasionado es indudable que contribuya en algo a hacer justicia a su autor, un creador levantino de principios del siglo XX.

Él la ciñó con sus brazos. Ella le vio dos estrellas verdes dentro de los ojos. Quiso apartarle, y resistirle. Estaba muy blanca y medrosa, y verdaderamente parecía más débil, más pequeñita que el amado.

Gabriel Miró: Las cerezas del cementerio

Documental sobre Almudaina (Fuente: https://www.diputacionalicante.es/almudaina/)

Inmenso espacio, salvo el que tiene carácter familiar, que es recogido, o de mediano tamaño si estamos en una pedanía, el de los cementerios; pero nada exentos de atrevimientos arquitectónicos configurando estatuas que son arcángeles tocando largas trompetas, ni esculturas representando a los difuntos allí enterrados, ni mosaicos, ni retratos al óleo, ni ampliadas fotografías a todo color o fotografías de posados hechos en exclusiva para perpetuar recuerdos que atraviesen generaciones y no pierdan la semblanza de quien fue el patriarca que aquí reposa en paz para siempre jamás. En el cementerio descansan los muertos y pasean sus familiares y amigos en una convivencia esperanzada, admirada y sublime. Como si no hubiera pasado nada que nos distinga, salvo la movilidad de unos que ya no pueden tener los otros, ni la charla que no puede ser diálogo ni tertulia ni conversación, aunque sí que puede ser un desfogue admirativo o incluso insultante. En el clamoroso y a la vez solemne silencio del recinto, es lugar de conversaciones, de lanzar elogios, de contar argumentos, de seguir narrando alguna historia que a lo mejor quedó cortada por cualquier circunstancia, quién sabe si lo fue el propio deceso del que no puede hablar ni moverse ni opinar lo contrario. Tumbas y mausoleos han sido diseñados por los municipios conformando calles y plazoletas, que reciben nombres, normalmente de santos, como si esto fuera una ciudad reducida, una maqueta que sirva para orientarnos si hemos venido a buscar dónde están los restos de nuestros antepasados, deudos, familiares, amigos o conocidos.

Pulcro, recién bañado y rasurado, vestido un terno gris de sencilla elegancia y acariciando los guantes de seda, apareció Lambeth y saludó a su esposa con una breve y graciosa mesura. Apartose Beatriz de la ventana; no sabía dónde descansar la mirada, sintiendo la de su marido encima de ella. Para distraer su violencia, nada más imaginó componer su tocado, y alzó los brazos cercando gentilmente su cabeza. Lambeth la contempló en esa bella y perezosa actitud, inocente y tentadora. Pero Beatriz no quería motivar, entonces, ni el más leve y natural agrado.

Gabriel Miró: Las cerezas del cementerio

Fuente: https://www.wikiwand.com/.

En esta obra mironiana se describen cementerios de los pueblecitos, especialmente los del valle del Jirona, que son “cercadillos de piedras viejas; sus cruces oxidadas, algunas puestas en aspa por el viento, linean sobre el azul”. El cementerio de Almudaina, vicioso de cerezos, lo forma “un rudo cercado con puertecita de maderas desclavadas y podridas, y encima una cruz. Seis cerezos grandes, centenarios, entraban su verdor descansando las ramas en los muros… En un rincón florecían dos varas de azucenas y una llama de amapolas, rodeando la única losa…”. El camposanto de Orihuela semeja “un colmenar recién encalado”; mientras el de Aguas de Busot está todo lleno del verde “de dondiegos y malvas”, entre grandes algarrobos. “Los más famosos y bellos cementerios alicantinos –dice Vicente Ramos– son, sin duda alguna, los de Guadalest y Polop. El primero se halla, dominando el caserío y todo el valle, sobre una “caliza redondez, ancha, suave, cercada en su cima por grietosos muros…”. El cementerio es lugar de reencuentro, recuerdo y oraciones.

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