Impulso irresistible

Las aventuras de Daniel Defoe

Primera parte

I

Es la escritora Carmen Bravo-Villasante quien nos hace de introductora en el “mundo de los Robinsones”: En todo ser humano hay un secreto anhelo de estar en una isla desierta, solo o en compañía de la persona amada. Y esa ínsula representa la evasión de un mundo que no nos gusta, o el paraíso donde la felicidad tiene su asiento.

En 1719, el comerciante y aventurero Daniel Defoe, pasados ya los sesenta años, se pone a escribir una historia que publica como “La vida y las extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe de York, marinero que vivió durante veintiocho años solo en una isla desierta próxima a la costa de América, cerca de la desembocadura del gran Orinoco”, edición que tuvo un enorme éxito, que intentaremos entender siguiendo sus pasos.

Después de doce días de navegación entramos en el séptimo grado veintidós minutos de latitud norte cuando una tempestad violenta nos echó de repente fuera de la ruta. El viento sopló en un principio del sureste. Se volvió enseguida del noroeste, fijándose, en fin, en nordeste, y llegó a ser tan violento que por espacio de doce días enteros fuimos el juguete del huracán. A cada minuto creía que el mar iba a tragarnos y nadie se lisonjeaba con la esperanza de escapar de aquel peligro. (…)

Los que no se hayan encontrado en situación tan desesperada no pueden figurarse la consternación en que estábamos sumidos. Ignorábamos a qué país nos había arrojado el huracán; ¿era aquello una isla o un continente?, ¿era una tierra habitada o un desierto? El viento, aunque había calmado un poco, soplaba todavía con tal fuerza, que no se podía esperar que el buque pudiese resistir algunos minutos más, a no ser que sobreviniese como por milagro una calma. Estábamos inmóviles, mirándonos unos a otros, aguardando a cada momento la muerte y preparándonos a pasar a otra vida porque en ésta nos considerábamos ya fuera de ella. Lo único que pudo sostener nuestra esperanza era el ver que, a pesar de todos nuestros temores, el buque no se había aún abierto y que el capitán manifestaba que el viento arreciaba menos. (…) Antes que fuésemos acometidos por la tempestad, nuestro bote estaba amarrado a la popa, pero chocando incesantemente contra el timón, se había destrozado y había caído al mar. Por este lado no quedaba ninguna esperanza; sólo nos restaba aún una chalupa a bordo, pero la gran cuestión era de qué medio nos habíamos de valer para botarla al agua. Mientras tanto, no se podía titubear, porque el buque se iba a abrir y muchos marineros decían que estaba ya hendido por diferentes partes. (…) Embarcados en la chalupa, comprendimos mejor la extensión del peligro: las olas eran tan fuertes, que veíamos claramente que no podríamos resistir mucho tiempo; por otra parte, carecíamos de velas, y aun cuando las hubiéramos tenido, en aquel momento no hubiéramos podido servirnos de ellas. No obstante, remamos hacia la costa, pero en la actitud consternada de hombres que van al suplicio. Sabíamos demasiado que, en aproximándonos a tierra, la chalupa se estrellaría por la resaca. (…) Después de haber remado por espacio de legua y media, según nuestro cálculo, una ola furiosa, alta como un monte, precipitándose hacia la popa de la chalupa, pareció anunciarnos nuestro golpe de gracia. En efecto, se arrojó con tanto ímpetu sobre nosotros, que del primer choque volcó el bote, echándonos a todos al mar, lejos de la chalupa, distantes los unos de los otros, no dejándonos apenas tiempo para articular el santo nombre de Dios, porque en aquel momento fuimos todos sumergidos. No sabré describir el tropel de ideas que se presentaron a mi imaginación cuando fui precipitado al fondo del mar. Aunque era muy buen nadador, el agua me cortó la respiración.

(La aventura comienza ahora).

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Demetrio Mallebrera

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