Trescientas... y pico

La (última) semana trágica de Cataluña

Las duras imágenes que han incendiado la pasada semana las calles de una parte de Cataluña, tras darse a conocer la sentencia del Procés a los líderes independentistas, pueden ser calificadas de todo menos de nuevas. Son escenas ya vividas, en acontecimientos históricos bien conocidos, pero no siempre bien recordados. La Semana Trágica de Barcelona, los intentos de proclamar el Estat Catalá (1873, 1931, 1934) son hechos grabados a fuego en las páginas de esta historia. Y que deberían estar ahí como espejo.

Lo de ahora (Mas, Puigdemont, Torra… la DUI , el 1-0 de 2017) es, con los matices que se quiera, demasiado parecido a lo de ayer (Maciá, Companys…). Son historia viva que, interesadamente, se olvida muchas veces desde el prisma y la urgencia del presente porque de la desmemoria también se vive y sirve para falsear el pasado.

El castellano, que es idioma viejo, tiene frases y dichos, en el sentido de conjunto de palabras que expresan un concepto cabal, que servirían para describir y vacunar episodios como los vividos en los días pasados en Cataluña.

De haber aplicado aquí el Mas vale un mal acuerdo que un buen pleito podría haberse evitado mucho dolor. Mucha rabia. Mucha consternación.

Viene a decir otro viejo dicho castellano, en el sentido de cosa que resume la sabiduría popular, que, seguramente, cualquier sentencia, y esta también, para ser justa y sabia no debería contentar del todo a nadie. Cuando las aguas se calmen, cuando las calles se vacíen de banderas, muy probablemente entonces será curioso comprobar cómo la sentencia de la sala del Supremo presidida por el juez Manuel Marchena en el juicio del 1-0 pueda inscribirse en ese lugar.

Tranvía tirado durante la Semana Trágica. Cataluña, 1909 (Fuente: George Eastman Museum).

Como curioso es también que ahora en el “no” más rotundo coincidan el independentismo más irredento con el mundo de Vox, bien que por razones harto distintas. Dos realidades que, como bien sabemos, se retroalimentan. Se necesitan como mecanismo de supervivencia y de relato en la exageración y en el desprecio al otro. Una sin la otra serían menos. Acercarían el pacto y alejarían el nuevo pleito.

La pregunta que, quizás, podríamos hacernos -aquí el condicional es casi obligado, pues el mal nunca acaba de aflorar cuando pisas el nido de la serpiente- podría ser esta: ¿será posible entonces ahora, tras este nuevo juicio final, otro mal acuerdo para mirar adelante, el que no lo fue cuando Rajoy y Mas? Y otra más, corolario de lo anterior: ¿a quién benefició entonces y beneficia hoy el desencuentro que aboca una y otra vez al pleito como solución de los problemas?

De las respuestas que demos a estas dos preguntas es muy probable -condicional por delante- que dependan en gran medida los acontecimientos futuros. De que Cataluña y Barcelona (¿qué sería la primera sin la segunda?) no vuelvan a vivir otra semana trágica en minúsculas pese a todo. De que los ciudadanos de España y de Cataluña den la espalda de forma mayoritaria a los que incendian la calle, levantan barricadas de intolerancia y alejan el acuerdo. Esos, a uno y otro lado del Ebro, que tan bien se mueven en el lodazal de odio que va dejando cada nuevo pleito.

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Pepe López

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