Opinión

La tercera edad

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Todas las cosas tienen su tiempo; todo lo que pasa bajo el Sol tiene su hora. Hay tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado.

Eclesíastes

Hace un tiempo, estando todavía en la reserva, mis hijos varones, me trajeron un mueble que el menor no lo quería en su vivienda porque le parecía que desentonaba del resto, y como iba a desprenderse de el, y yo soy un apasionado de los muebles antiguos y me gusta restaurarlos, se lo pedí para instalarlo en mi casa. El caso es que era noche avanzada y como no quería que hiciesen ruido que pudiese molestar a los vecinos, bajé para ofrecerles mi ayuda. Ante mi sorpresa, y al unísono, me dijeron: “Papá, tú ni arrimar el hombro. Para eso estamos nosotros”.

Subí a mi domicilio un tanto pensativo y me puse a reflexionar sobre el hecho acaecido. Y pensando y pensando, llegué a la conclusión, aunque no muy convencido, de que estaba próximo a entrar en la tercera edad. Un hecho que yo iba soslayando desde hacía algún tiempo y que mis hijos me habían hecho ver con la intención subliminal de la frase, que en realidad quería decir: “Papá, tú ya no tienes edad para hacer estos esfuerzos. Estás mayor”.

Pocos días después, y con ocasión de tener que firmar la hoja anual de servicios, me dirigí a la Subdelegación de Defensa. En la oficina de Personal, una de las funcionarias que prestan sus servicios allí, me preguntó: “Joaquín, ¿cumple usted este año sesenta y cinco?”.Ante mi afirmación, la funcionaria me dio un impreso para rellenar con el siguiente encabezamiento: Solicitud de Pensión de Retiro.

En pocos días, dos hechos aparentemente sin ninguna relación me habían recordado que la situación era irreversible: había entrado en la tercera edad.

A partir de ese momento, me planteé como quería que fuesen los últimos años de mi existencia. De todas formas, ya lo tenía decidido hacía tiempo y, además, lo había ido poniendo en práctica a partir del momento en que dejé el servicio activo y pasé a la reserva. No tuve que modificar mucho mi modo de vida para enfrentarme a esta etapa. Si acaso cambié algo, fueron algunas actitudes para poder encontrar la mejor manera de acometer este último tramo de esa escalera llamada vida.

No se si este artículo podrá ayudar a alguien que sienta miedo por haber llegado a la misma situación en la que me encontré. Si así fuese, lo que voy a decir a continuación, y que fue y es mi forma de vida a partir de ese momento, me produciría una doble alegría, primero por poder ayudar a esa persona a la que no conozco, pero con la que me identifico y, en segundo lugar, porque me confirmaría que lo que pienso y las actitudes que tomé para hacer frente a esta etapa, van en la buena dirección.

Lo primero que consideré es que no creía que tuviera que cambiar de manera de pensar. Me sentía joven todavía y tenía más ganas de vivir que jamás había tenido. Afronté esta etapa con la seguridad de que todavía era necesario para muchas personas y eso me produjo una inmensa alegría. Con mi esposa, desde que pasé a la reserva, comparto mucho más tiempo de convivencia y le compenso de las largas ausencias que ha tenido que soportar cuando estaba en activo. Con mis hijos, que todavía siguen necesitando a su padre, y yo les necesito a ellos más que nunca, mantengo una maravillosa relación que me produce una gran satisfacción. Me siento muy orgulloso de ellos porque creo honestamente que es mi mejor legado a la sociedad y mi mejor obra. En lo que se refiere a mis familiares, he descubierto y voy a seguir descubriendo, valores y posiciones seguras ante la vejez; actitudes valientes para hacer frente a las enfermedades, tan comunes en estas edades; saber sobreponerse a la desaparición de los seres queridos; y todo esto me ha hecho reflexionar y tomarlos como ejemplos a seguir. También he reflexionado sobre lo corta y pobre que es nuestra existencia y lo poco que pensamos en prepararnos para nuestro inevitable encuentro con Dios y que hay que preparar la maleta para este último viaje. Con las personas con las que me relacionaba habitualmente, mantengo los mismos vínculos y sobre todo sigo aprendiendo de la experiencia de los que tienen más edad que yo.

Lo segundo, es que sigo haciendo las mismas cosas que hacía, siempre que las fuerzas físicas me lo permitan. Practico deporte, navego con mi pequeña embarcación, salgo a pescar, viajo, escribo, leo, voy a la Hermandad para reunirme con mis compañeros, colecciono sellos de tema naval, continuo con la investigación de la genealogía de mi apellido paterno, que por cierto la tengo muy adelantada y con grandes progresos, seguiré implicado como directivo en los dos clubes de pesca a los que pertenezco, seguiré visitando las exposiciones, etc. Es decir, que quiero seguir vivo y activo. No va a poder conmigo, por lo menos en lo que se refiere a mi entendimiento y ánimo, la vejez.

He podido observar a lo largo de mi vida a personas que, alcanzados estos años a los que me estoy refiriendo, creen que su vida no tiene ya ningún sentido. Se sienten inútiles por haber dejado lo que han estado haciendo durante mucho tiempo: trabajar, y creen que su vida ha llegado a su fin y se enclaustran en sus casas refugiándose sólo en sus recuerdos, creando a su alrededor un muro invisible que les impide todo acceso a las muchas cosas que todavía les tiene reservada su existencia. Yo creo que, a partir de haber llegado a esta etapa, es cuando más hay que vivir el día a día, como si fuera el último y poniendo todas nuestras energías en las cosas que nos gustan y, sobre todo, viviendo en completa armonía con nuestros seres queridos y con las personas con las que nos relacionamos. Hay que pensar que lo que hagamos en nuestros últimos años, son los recuerdos que más van a perdurar en nuestra familia y en las personas más afines. Frases como: “Hay que ver el papá con los años que tenía y lo joven que se sentía”. O esta otra: “Joaquín disfrutó de sus últimos años con unas energías que nos daba envidia a los que fuimos sus amigos”. Esas son las frases que a mi me gustaría que se dijesen cuando Dios me llame a su lado.

En fin, creo firmemente, que la tercera edad no es el final del camino, sino por el contrario, el comienzo de una de las etapas de nuestra vida y hay que afrontarla con la serenidad, templanza y objetividad que nos tiene que dar nuestra larga experiencia acarreada a lo largo de los muchos años vividos.

Vivamos nuestra tercera edad con alegría y con la esperanza de hacer felices a los que nos rodean y a nosotros mismos. Y como dijo Voltaire, en una ocasión que le preguntaron a propósito del tema que nos ocupa: “Es preferible morir antes que arrastrar ociosamente una vejez insípida. Trabajar es vivir».

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Joaquín Ñeco

Alférez de navío.

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