Contrastes

La segunda oleada

La epidemia del virus Influenza A-H1N1, que ha pasado a la historia como la “gripe española”, es considerada la más devastadora que los humanos hemos conocido. Básicamente tuvo tres oleadas, siendo la segunda que se desarrolló en el otoño de 1918– la más mortífera aglutinando al 75% de los fallecidos. El virus actuaba en ocasiones de manera benigna pero en otros muchos casos lo hacía a gran velocidad, personas que daban síntomas a primera hora del día habían muerto por la noche.

Comenzaba el otoño y el periódico alicantino La Provincia (diario político de la tarde) titulaba su editorial del viernes 4 de octubre con la famosa frase de Fray Luis de León “decíamos ayer”. Con ello situaba la epidemia otra vez en el foco de la noticia tras el paréntesis que había supuesto el verano. “Hay que atacar de frente la situación en que nos ha colocado la llamada enfermedad de moda”. Se refería al repunte de casos y fallecidos, que al finalizar el estío crecieron en progresión geométrica.

El Ayuntamiento se llevaba la peor parte de las críticas: “Siguen las calles tan sucias como antes; no se desinfectan las viviendas; no se riega durante la noche con una solución desinfectante de zotal; no se han tratado las alcantarillas”.

Pero el vecindario tampoco se libraba. El Luchador (diario republicano) se sumaba a las críticas al consistorio y añadía: “Los vecinos continúan barriendo las repisas de los balcones y los portales de sus casas a las doce del día y sacuden las ropas de cama, esteras y alfombras sobre los transeúntes que pasan por la vía pública”.

Con un panorama en el que la higiene y la sanidad estaban a años luz de las actuales (aún no se había descubierto la penicilina) el conocimiento de las autoridades sobre las causas de tanto estrago era más bien escaso y el vecindario estaba poco instruido sobre el asunto. La propagación era feroz, estábamos ante la primera pandemia global.

Hoy día en la lucha contra el covid-19 España y otros muchos países han optado por el confinamiento ciudadano como medida de choque contra la propagación, lo que incluye la clausura de las actividades sociales. En el mundo de 1918 no era así.

La Junta Provincial de Sanidad (presidida por el doctor José Gadea Pro) exhortaba al obispo a que se procediera a la limpieza, desinfección y cambio del agua bendita en todas las iglesias cada 24 horas, incluso a la supresión de esta última en las pilas. Pero continuaban abiertas al igual que teatros, cines, cafés y demás actividades.

En Madrid se decide suspender el Congreso Nacional de Sanidad Civil con más de dos mil médicos inscritos. La causa no fue la de evitar contagios sino más bien la necesidad de que todos los profesionales estuvieran en la primera línea de defensa contra la “misteriosa enfermedad de moda”.

Al transcurrir la primera semana de octubre, el día 8, la prensa española se hace eco de manera unánime de la extensión de la epidemia. “Son muchas las familias totalmente atacadas por la enfermedad. Algunos comercios han aparecido cerrados, con aviso de hallarse enfermos los dueños y toda la dependencia. En oficinas, fábricas y talleres las bajas son numerosas. En la sede de la Compañía de Ferrocarriles de Madrid, Zaragoza y Alicante se han registrado 28 bajas en un solo día, habiendo que lamentar siete defunciones en 48 horas. Tanto en los distritos habitados por gente de modesta posición como en los que viven familias de posición más desahogada, también se registran muchos casos” (La Correspondencia de España).

La epidemia se extendía por todo el territorio español como una mancha de aceite, aunque con extrañas anomalías. En la Casa de Caridad de Barcelona, con dos mil asilados, no se registraba ningún caso, mientras que por los pueblos del Llano del Llobregat las invasiones aumentaban de manera extraordinaria. Algunas situaciones eran terribles, como la del pueblo turolense de Sarrión (dos mil habitantes en 1918) donde fallecían ocho o diez personas diarias, que envió un telegrama al ministro de la Gobernación: “Es ya imposible resistir un momento más. Por humanidad rogamos traigan auxilios para salvar a un pueblo que desaparece”.

En Zaragoza se suspenden las cercanas fiestas del Pilar y en el puerto grancanario de Gando se vive un drama a bordo del vapor transatlántico Infanta Isabel con 1.500 pasajeros, de los que 400 han sido atacados por el virus. El pasaje y parte de la tripulación se han amotinado pidiendo ser desembarcados, lo que –desaconsejado absolutamente por las autoridades sanitarias– ha sido evitado por la Infantería de Marina, procedente del cañonero Infanta Isabel del mismo nombre que el crucero. Finalmente se preparó un hospital provisional y desembarcaron 400 personas, unos 370 enfermos y el resto acompañantes que quisieron permanecer para su cuidado.

En el puerto de Torrevieja se registra, el día 6, la llegada del vapor noruego Kaggefos con doce infectados a bordo. Las autoridades comienzan a disponer su alojamiento, la noticia corre por el pueblo, la gente sale a la calle protestando por el desembarque. El alcalde telegrafía al gobernador y éste al ministro quien contesta que no puede ordenar al buque que siga viaje con enfermos a bordo y que se les atienda en un lugar alejado, pero ni por esas. Fue tal la presión de la población que no desembarcó nadie en la ciudad salinera y el Kaggefos continuó viaje hasta el puerto de Alicante, donde atracó en la dársena interior siendo atendidos los enfermos.

El 8 de octubre se reúne en Madrid el Real Consejo Nacional de Sanidad que eleva sus conclusiones al ministro de la Gobernación Manuel García Prieto, designado por el presidente del Gobierno Antonio Maura como máxima autoridad en la coordinación de todo el aparato del Estado. Los expertos del Consejo señalan que “la enfermedad que se padece en forma epidémica en nuestro país es la gripe, en sus distintas modalidades conocidas, siendo la más grave la broncopulmonar”. Recomienda “confianza en las medidas que se adopten y respeto y obediencia ciega a las prescripciones sanitarias que se señalen”. Haciendo un llamamiento “a la intervención de todas las autoridades sanitarias y a la colaboración social de todos los ciudadanos”. El ministerio de la Gobernación se encargaba de enviar lotes de medicamentos y desinfectantes a los gobiernos civiles y a los pueblos epidemiados que lo solicitaban.

Las fronteras con Portugal y Francia estaban cerradas tras detectarse varios casos de enfermos que ya venían contagiados, sobre todo desde el país galo. La prensa española informaba a todo meter de la “misteriosa enfermedad de moda”, en el resto de Europa no se decía ni mú, estaban enzarzados en la guerra. La censura imperaba en todo el continente excepto aquí, por eso cuando los europeos empezaron a informar de la epidemia lo hacían hablando de “el mal que viene de España”. Y aunque luego se estableció su origen en USA y su llegada a Europa con las tropas estadounidenses a Inglaterra y Francia, para la historia se trata de la injustamente llamada epidemia de “gripe española”.

Londres, 1918 (Fuente: National Geographic).

La pandemia no afectaba únicamente a un grupo específico de edad. El mayor número de víctimas eran personas entre 25 y 35 años, así como ancianos. En muchas ciudades y pueblos se suspende el inicio del curso escolar y allá donde han dado comienzo las clases finalmente se cierran las escuelas para evitar la propagación y se reconvierten en circunstanciales hospitales.

El 11 de octubre la situación nacional era más que preocupante. El rotativo madrileño La Correspondencia de España titulaba su editorial “En abandono”: “La preocupación hoy de todo el mundo en España es la extensión alarmante de la epidemia y los enormes estragos que hace. Se propaga de pueblo a pueblo con una rapidez verdaderamente asombrosa, sin que ninguna medida sanitaria eficaz se haya adoptado hasta el presente para impedir la fuerza arrolladora del contagio.

…Estamos los españoles a merced de la suerte. Como somos fatalistas, ese es un gran bien en estos instantes trágicos.

…En muchos pueblos (¡cosa inaudita!) se carece de asistencia médica y en otros no hay medicinas.

…Mientras se gastan millones y millones en cosas inútiles se deja en el mayor abandono a la salud pública, que es lo primero que tiene que cuidar un Estado a la moderna”.

Los hospitales y las morgues no daban abasto, muchas víctimas eran enterradas en fosas comunes. Los sanitarios se contagiaban en gran número y resultaba muy difícil sustituirles, especialmente a los médicos, ya que en aquella época no había demasiados pues el acceso a las enseñanzas superiores era mucho más limitado.

“Son ya muchos los facultativos que han muerto de resultas de la epidemia, habiéndola contraído en el ejercicio de su profesión: es decir, mártires del cumplimiento de su penoso deber. Son muchos también los facultativos que se hayan enfermos por la misma causa. Rindámosles el debido tributo de admiración. Pero no nos limitemos al reconocimiento cordial y a la admiración platónica. Pensemos todos –el Gobierno antes que nadie– en rodear a médicos y sanitarios de determinadas garantías, tras cada uno hay una familia”.

El Debate, Madrid, octubre 1918.

Y con la pandemia dando guerra los políticos españoles no se aclaraban. Se habían celebrado elecciones en febrero, el jefe del Gobierno, Manuel García Prieto, presidía un ejecutivo de concentración con liberales, conservadores y regionalistas catalanes de la Lliga: duró menos de un mes. Le sustituyó Antonio Maura (que colocó a García Prieto al frente de Gobernación) con otro gabinete similar: fue el que lidió con el primer brote de la misteriosa gripe en primavera. Ya en otoño, con la segunda oleada en marcha, García Prieto volvió a formar gobierno a primeros de noviembre. También duró menos de un mes y, para finalizar el año, fue sustituido por el también liberal conde de Romanones. El caso es que con una incipiente izquierda (republicanos, reformistas, socialistas y regionalistas) dando la matraca y unas broncas entre liberales y conservadores que aún hacían más ruido, la epidemia seguía su curso por España entera.

El 12 de octubre se conmemoraba el descubrimiento de América con la tradicional Fiesta de la Raza. El diario madrileño El Imparcial aprovechaba la señalada fecha para despotricar de la clase política en general y del Gobierno en particular con su editorial “Incuria tradicional”: “Es preciso, sin demorarlo un día, echar mano de todos los recursos económicos que fueren menester; improvisar, inventar lo que no haya. No sólo es este un deber de Gobierno y un imperativo de humanidad; es un empeño de decoro nacional, caso de honor o deshonor de un pueblo culto.

…Nuestra incuria en la cuestión sanitaria es tradicional. De preparar nuestra seguridad, la seguridad de nuestras vidas, no nos ocupamos y preocupamos ni aún siquiera cuando el incendio está en casa. Así pasa lo que desgraciadamente está ocurriendo en toda España”.

Mientras tanto en San Sebastián, por ejemplo, continuaban celebrándose carreras de caballos con un hipódromo “de aspecto animadísimo”. Precisamente en la ciudad cantábrica el Rey Alfonso XIII se recuperaba de la enfermedad, que también le había atacado. En cambio, en Santander se cerraban las escuelas, teatros y cines. Por el contrario, en Alicante las escuelas sí estaban cerradas, pero los teatros y cines continuaban como si nada. En la avenida Alfonso el Sabio, el Salón Moderno (posteriormente cine Monumental) proyectaba la película “Judex”, en trece entregas, y justo enfrente el Salón España (luego cine Capitol, más tarde Banco de Alicante y ahora hotel) acogía con gran éxito a la cupletista Blanca Azucena.

En Europa continuaban la guerra y la censura sobre la epidemia que todos los países sufrían y ninguno reconocía, parecía existir únicamente en España, aunque nuestro embajador en Italia enviaba informaciones sobre la misteriosa epidemia de gripe que se sufría en Roma y por todo el país.

El 14 de octubre Diario de Alicante reconocía que “la epidemia reinante tiende a acentuarse en esta capital en cuanto a su propagación: los casos nuevos aumentan, muy especialmente en determinados barrios extremos. También ha aumentado de manera dolorosa la estadística diaria de mortalidad y el hecho ha producido enorme alarma”.

Tras reclamar la implantación de más medidas higiénicas el Diario finalizaba: “La imprevisión, siempre la imprevisión será la causa de nuestros mayores males. Seguramente si hubiese bastantes medios para combatir a la epidemia no daría tanto que temer”.

Ese mismo día 14, lunes, el Ayuntamiento se reúne en sesión extraordinaria a instancias del Gobernador Civil, José María Caballero, y aprueba por unanimidad una propuesta del alcalde Antonio Bono Luque, en forma de carta al Gobierno, donde se explica la situación en Alicante y se solicita ayuda sanitaria para combatir el mal, acordándose demoler el barrio de las Provincias principal foco de la epidemia, situado en la parte alta de la Cuesta de la Fábrica de Tabacos.

En las dos primeras semanas de octubre la Terreta registró un promedio de entre 14 y 18 defunciones diarias, mientras que en todo el mes del año anterior hubo 83, un promedio de 2’7 al día. Brutal diferencia.

Con el capital disponible en el Ayuntamiento se empezaron a acometer las decisiones sanitarias aprobadas en el pleno, pero tal y como quedó de manifiesto en esa reunión, el dinero era insuficiente. Además de la esperada ayuda del Gobierno se necesitaban más fondos, así que el jueves 17 de octubre todos los periódicos alicantinos abrían sus ediciones con un Bando de la Alcaldía Constitucional de Alicante en el que el alcalde solicitaba la ayuda de todos sus convecinos: “La vida de nuestro Alicante atraviesa por momentos de una gravedad extraordinaria; la salud pública se halla seriamente amenazada, es urgentísimo combatir los efectos de las enfermedades y de la miseria y para ello hay que arbitrar recursos de carácter extraordinario y gastarlos en el acto en medicinas y en alimentos, en material sanitario y en obras de saneamiento.

El Ayuntamiento ha acordado pedir a los vecinos su auxilio pecuniario y por eso me dirijo a todos mis conciudadanos haciéndoles presente que es de absoluta necesidad que, por la salud pública, que a todos nos afecta, contribuyan a costear los gastos cuantiosos que las medidas sanitarias a implantar exigen”.

Así pues, en Alicante y en muchísimas ciudades españolas se abrió una suscripción ciudadana a fin de conseguir medios económicos para luchar contra la epidemia, más allá de las exhaustas arcas municipales.

La Provincia, 17 de octubre de 1918.

Por esos días ciudades como Barcelona, Valladolid, Bilbao, Soria, Segovia o Pamplona organizan rogativas. Los obispos ordenan que en todas las parroquias se digan Misas con exposición del Santísimo y se rece la oración “Pro vitanda mortalitate”, para impetrar del Altísimo remedio a la epidemia. En toda España se prohíbe la entrada a los cementerios, especialmente para el ya cercano Día de Difuntos.

La prensa se hace eco del total restablecimiento de Alfonso XIII que se recuperaba en San Sebastián, donde se le diagnosticó la enfermedad. A partir del 20 de octubre los periódicos ya iban dando cuenta del descenso de infectados y fallecimientos aunque con muchas reservas, pues mientras capitales como Madrid, León, Zaragoza, Salamanca o Burgos presentaban cifras a la baja, otras como Barcelona, Valladolid o Murcia continuaban en el pico de la epidemia. En la provincia las localidades más afectadas, además de la capital, eran Orihuela, Elche, Dolores, Altea y Crevillente.

El lunes 21 se efectúan los primeros enterramientos en el alicantino cementerio de la Florida ya que la necrópolis oficial, la de San Blas, resultaba del todo insuficiente para acogerlos. Se habilitan fosas comunes y así, sin muros ni puertas, en un erial adquirido por el Ayuntamiento seis años antes, comienza la historia del que será Cementerio de Nuestra Señora del Remedio en la carretera de Ocaña, el cementerio de Alicante.

Cementerio de la Florida. Años 20 (Fuente: Alicante Vivo).

Ese mismo día el Gobierno envía a la Terreta al Inspector General de Sanidad, doctor Martín Salazar, acompañado por un especialista del Instituto-Laboratorio Alfonso XIII, el doctor Alcaute, con objeto de estudiar y organizar todas las cuestiones relacionadas con la epidemia. Llegaron la mañana del 22 en el tren correo marchando directamente al Gobierno Civil para reunirse con la Junta Provincial de Sanidad. El inspector solicitó al Gobierno telegráficamente el envío inmediato de medicamentos, desinfectantes y fondos para hacer frente a las necesidades. Así mismo cursó telegrama al ministro de la Gobernación apoyando la petición de las autoridades alicantinas para que el ministerio de la Guerra cediera el Castillo de Santa Bárbara “a fin de alojar en la fortaleza a los vecinos que se queden sin hogar una vez que se proceda a la destrucción del barrio de las Provincias, principal foco de la epidemia”. Al mismo tiempo el alcalde Antonio Bono solicita la colaboración del Ejército al Gobernador Militar, general Moltó, para que los soldados refuercen las brigadas sanitarias municipales en las tareas de desinfección. El inspector de Sanidad puso luego rumbo a Elche, Crevillente y Orihuela, donde la epidemia era muy virulenta.

La suscripción popular convocada por el Ayuntamiento mediante el Bando de 17 de octubre para luchar contra la epidemia llevaba recogidas cinco días después 17.130 pesetas, con muchas aportaciones individuales, de empresas como la Fábrica Cros (1.000 pts.) y entidades tales como el Casino de Alicante (3.000 pts.) o el Club de Regatas (500 pts.). Cuatro días más tarde, el 26 de octubre, totalizaba 29.285 pts. La situación mejoraba en Alicante y Elche, se mantenía en Orihuela y se agravaba en Altea y Cocentaina. El viernes 25 el Ayuntamiento acusaba recibo, en sesión plenaria, de la Real Orden del ministerio de la Guerra autorizando la utilización del Castillo de Santa Bárbara “mientras persista la epidemia”.

Las cifras oficiales de la Inspección Provincial de Sanidad entre el 1 y el 25 de octubre, establecen los contagiados en 31.625 y los fallecimientos en 1.474 para toda la provincia alicantina. El día 28 comienza el derribo del barrio de las Provincias y el Gobernador Civil, José María Caballero, hace oficial la prohibición de visitar los cementerios con motivo de la festividad de Todos Santos. Lo mismo ocurre en toda España.

El miércoles 30 de octubre la prensa alicantina comienza a dar signos de optimismo: “A juzgar por los datos que tenemos, que acusan una disminución en el número de los atacados y en el de las defunciones, la epidemia ha decrecido en Alicante. Con gran alegría consignamos esta noticia” (El Luchador).

El día 31 Diario de Alicante abunda en el tema pero con cautela, pues si bien en la capital el retroceso era ya un hecho, en otros lugares como Orihuela o la vecina Murcia las proporciones de contagios y defunciones eran enormes. El Gobierno Militar informa que «en atención a las especiales circunstancias sanitarias queda suspendida hasta nuevo aviso, la incorporación a filas de los reclutas del reemplazo de 1917». La mili podía esperar.

Mientras en España los mozos se quedaban en casa al ser los cuarteles focos de expansión de la pandemia, en Europa continuaba la guerra aunque ya se adivinaba el final. El derrumbamiento del imperio austrohúngaro estaba cada día más cerca y con ello la desaparición de la mayoría de monarquías centroeuropeas. Los zares rusos habían caído a manos de los soviets en la Revolución de Octubre de 1917.

Por su parte el monarca español Alfonso XIII recibía el alta definitiva de su proceso infeccioso y se aprestaba para volver a Madrid, donde llegó en la mañana del 1 de noviembre. En los andenes de la estación del Norte le esperaban la Reina Victoria y los Infantes Isabel, Luisa y Carlos, amén de las correspondientes representaciones civiles (aristocracia y altos cargos), eclesiásticas y militares, con la compañía Wad-Ras rindiendo honores. El Jefe del Estado descendió del tren vistiendo uniforme de capitán general y luciendo un saludable aspecto.

Para el domingo 3 de noviembre en Alicante se convoca una rogativa a la patrona de la ciudad Nuestra Señora del Remedio. Una fuerte lluvia acompañada de granizo impidió su celebración.

En el transcurso de la primera semana de noviembre las infecciones y fallecimientos iban muy a menos en el conjunto de la provincia y, en general, en toda España. Lo peor había pasado. El lunes 11 de noviembre toda la prensa anuncia el fin de la guerra en Europa.

La Correspondencia de España, 11 de noviembre de 1918.

Firmado el armisticio se suspenden las hostilidades y a las once de la mañana del día once, del mes once se da por oficialmente terminada la Primera Guerra Mundial. Europa y el planeta respiran, pero no del todo… la epidemia seguía estando ahí. En Alicante se canta la Marsellesa en el Círculo de Bellas Artes y los locales de la Juventud Republicana. En Alcoy se lo toman más a pecho: engalanan los balcones del Ayuntamiento y se declara un paro general en fábricas, talleres y comercios, organizando una manifestación que, precedida por banda de música, recorrió las principales calles.

La suscripción municipal para combatir la epidemia alcanzó el 16 de noviembre las 54.983 pesetas, al tiempo que se inauguraba el curso en el Círculo de Bellas Artes. El día 22 los diarios nacionales hablan de «la ya pasada epidemia».

En España la cifra oficial de víctimas se situó en 147.000. Estudios posteriores subieron los números en todo el mundo. Finalmente las estimaciones en nuestro país se han acabado situando en 200.000 víctimas para una población de 21 millones de habitantes. Una auténtica plaga bíblica, una tragedia global con más de 50 millones de muertos en todo el planeta.

Finalmente lo que terminó con la pandemia fue la propia epidemia, que acabó llevándose a los más débiles e inmunizó al resto. Entre la guerra y la enfermedad la población mundial menguó drásticamente, aquella «gripe española» se cobró el triple de víctimas que el conflicto bélico. En el siglo XX hubo dos años en España en los que el crecimiento poblacional fue vegetativo (más bajas que nacimientos) 1918 fue uno de ellos, el otro 1939.

Tras la tempestad llegaron los «felices años 20» y todo se disparó: la economía y la euforia reproductiva.

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Benjamín Llorens

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