Al paso

La Santa Faz y el coronavirus

La Santa Faz (Fuente: Asociación Cultural Alicante Vivo).

Solo los místicos y los locos no tienen miedo a la muerte, aunque hay muchos famosos que, al ser entrevistados, aseguran que morir es algo que no les preocupa. Algunos de ellos se definen ateos; otros, agnósticos; solo unos pocos proclaman ser creyentes en la otra vida, la eterna. Todos los cristianos creemos en la resurrección y en la vida eterna, como nos enseñó Jesucristo. Fue el primero en resucitar y gracias a ese milagro extraordinario no es vana nuestra fe como dijo San Pablo y como atestiguaron con su ejemplo los apóstoles encabezados por San Pedro.

Cuando llega una pandemia como la del coronavirus se extiende una lógica preocupación vital. Se pone en peligro el don más grande que Dios nos ha dado, la existencia en este planeta que es muy hermoso, aunque para casi todo el mundo, en períodos más o menos largos, se convierta en un valle de lágrimas. Fue la santa de Ávila la que dijo que la corta estancia en la Tierra (por muchos años que vivamos siempre nos parecen pocos) no es más que una mala noche en una mala posada. Ella era una mística y tenía tantas ganas de ver a Dios cara a cara que deseaba pasar de este mundo al otro: “Vivo sin vivir en mí/ y tan alta vida espero/ que muero porque no muero. Son los tres primeros versos de un poema de treinta y uno. Se encuentra fácilmente en internet. Merece la pena leerlo.

Con la muerte no solo no se acaba todo, sino que ella es la puerta a una eternidad que cada uno se la planifica a su manera. Incluso los que se dicen no creyentes tendrán una vida eterna que será más o menos triste, más o menos fabulosa, según hayan sido sus obras, sobre todo las de misericordia. La pandemia del coronavirus es un mal que Dios no quiere, sino que lo permite, un mal que transmiten los animales, pero cuyas raíces parecen estar en el comportamiento humano invadiendo zonas que eran exclusivas de esos animales.

Casi todas las grandes pandemias de la historia se iniciaron en Asia y África y tienen que ver con un mal (o inadecuado) comportamiento de los humanos con los animales.

No son castigo de Dios, sino castigo del hombre contra sí mismo. Hay que entonar el ‘mea culpa’ y buscar soluciones globales como global es la tragedia. Incluso se puede (y acaso se debe) levantar los ojos al cielo para solicitar la ayuda de lo alto. A Dios rogando y con el mazo dando. Ya ha dicho la OMS que pocos gobiernos han hecho los deberes para combatir la pandemia vírica que tanto nos preocupa. Mientras exigimos a los gobernantes que no defrauden más a los ciudadanos, no estaría de más que los creyentes, empezando por la jerarquía, levantemos el corazón a Dios y le pidamos la merced de acabar cuanto antes con esta pandemia que nos abruma. Los alicantinos podemos acudir a la Santa Faz con el rezo de todos los que hemos peregrinado hasta su santuario: ¡Faz divina, misericordia! Es el momento de que, en cada ciudad, en cada rincón de la provincia, surjan plegarias a las patronas y patronos. Sin exigencias, con humildad y con mucha fe.

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Ramón Gómez Carrión

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