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La Santa Faz bendijo a todos los alicantinos y ayudará contra el coronavirus

Bendición de la Santa Faz (Fuente: Intercomarcal TV).

Aunque algunos lo ignoren o pretendan ignorarlo, la Santa Faz es de todos los alicantinos y no solo de los trescientos mil que cada año acuden al monasterio y que el jueves pasado no pudieron disfrutar de la tradicional romería, suspendida por culpa del coronavirus. Es uno de los daños colaterales de la pandemia que nos tiene confinados y que está acabando con todas las fiestas religiosas y civiles de pueblos y ciudades, entre ellas todas las Semanas Santas, la Feria de Abril de Sevilla, la Feria de San Isidro madrileña, los Sanfermines de Pamplona, la Diada de Sant Jordi en Barcelona y los Moros y Cristianos de Alcoy.

No hubo Peregrina. Normal. Pero tampoco hubo bendición con el lienzo de la Santa Faz desde el castillo de Santa Bárbara como tenían previsto el Ayuntamiento de la capital y el Obispado de Orihuela-Alicante, una iniciativa para la que se solicitó el plácet de la Subdelegación del Gobierno dada la situación excepcional que vivimos con el estado de alarma decretado por el Gobierno central para combatir el virus. Hubo un recurso del alcalde, Luis Barcala, razonando las condiciones de extrema seguridad sanitaria en que se realizaría el traslado de la reliquia al castillo, pero la subdelegada, Araceli Poblador, consideró que esa ceremonia no casaba con la letra del estado de alarma. ¿Y con el espíritu?

Cuando se han justificado algunas rupturas de cuarentena en el seno del propio Gobierno alegando que se adoptaban las correspondientes medidas de seguridad, no se entiende que las medidas de seguridad que garantizaba el alcalde de Alicante no hayan sido consideradas suficientes por la subdelegada. La bendición de la Santa Faz, no obstante, se llevó a cabo a las puertas del monasterio en una plaza casi desierta, en la que puede que hubiera más Fuerzas de Seguridad que representantes del Ayuntamiento y del Obispado. ¿Y de peregrinos? Solo una vecina de la pedanía que se expuso a ser multada.

Imagen: G. Altmann.

Jesús Murgui, el obispo, protagonista principal de la bendición, se quejó de que en estos tiempos convulsos “todo lo que huele a Jesús es minimizado, parece que con deseo de que no existiera. Esa sequía de Dios conlleva otras sequías, que afectan a la familia, al valor de la vida, a la dignidad de las personas, a la educación y a tantas cosas que nos están pasando”. En su homilía tuvo palabras de aliento y de consuelo para todas las familias víctimas del coronavirus: “Más allá de los remedios médicos, las personas necesitamos auxilio psicológico y espiritual”. Recuerdo especial para los ancianos: “Arrinconados en una residencia o en su propia casa, está la gente mayor, que gastaron su vida; generaciones que crearon la democracia y así se lo estamos pagando; mayores que han creado este país y tienen como pago la muerte. No porque los matemos, sino porque hemos creado unas condiciones que no están a la altura de estas generaciones. Fueron héroes en el trabajo; en crear una convivencia que vale oro”.

El obispo, finalmente, habló de la capacidad de la Santa Faz para unir a todos los alicantinos al margen de polémicas. Un matiz en estas palabras de monseñor Murgui: dice ‘capacidad’ de unir, pero no unión de hecho. Para esto tendría que haber el mismo sentir en unos y otros, pero los sentimientos y las creencias tienen que ver con la libertad. Cada uno elige lo que quiere. Cuando Jesucristo fue crucificado en el Calvario entre dos ladrones, Dimas y Gestas, éste se dirigió a Jesús diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Un lenguaje similar al de los fariseos y saduceos y los soldados de Pilato que se burlaban del hombre y Dios crucificado. Dimas, en cambio, dijo: “¿Ni tú, que estás sufriendo el mismo suplicio, temes a Dios? En nosotros se cumple la justicia, pues recibimos el digno castigo de nuestras obras; pero éste nada malo ha hecho”. Luego se dirigió a Cristo con estas palabras: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Y Él le contestó: “En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Nunca es tarde para reconciliarse con Dios, que es Dios de misericordia y está abierto a todos los que creen en él porque le han conocido y le reconocen como creador de todo el universo con especial dedicación al hombre, al que hizo a su imagen y semejanza, dotado de libertad, el mayor bien después de la vida, libertad que podemos utilizar para intentar acabar incluso con los designios de Dios o para conocer y disfrutar de lo que Dios quiere de nosotros: amar al prójimo como a nosotros mismos; hacer el bien a los demás, porque al morir seremos juzgados no solo por la fe sino por las obras de solidaridad y de misericordia, tanto materiales como espirituales. “Venid benditos de mi Padre porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; estuve enfermo o en la cárcel y me visitasteis… Cuando hacéis esto con alguno de vuestros prójimos a mí me lo hacéis”.

Siempre se puede convertir uno y dejar de perseguir a Jesucristo, como hacen ahora Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Deberían aprender de Manuel Azaña, el presidente de la Segunda República que se reconcilió con la Iglesia y su fundador poco antes de morir en la localidad francesa de Montauban, como bien sabe el presidente, pues visitó su tumba hace poco más de un año en un homenaje al presidente que dimitió, con gran enfado de los socialistas, poco antes de terminar la Guerra Civil. No sé si Pablo Iglesias conseguirá de Sánchez que proclame otra vez que España ha dejado de ser católica, pero en su fuero interno lo creen y lo desean a juzgar por cómo actúan y cómo se proponen legislar. Les deseo el mismo final que tuvo Azaña. Nunca es tarde para arrepentirse de perseguir a un Crucificado que los quiere llevar al cielo.

Tras los días de imposible peregrinación al monasterio de la Santa Faz, la plegaria de más de cinco siglos: ‘Faz Divina, misericordia’. Para todos sin excepción.

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Ramón Gómez Carrión

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