Trescientas... y pico

La (otra) cultura que tanto necesitamos

Imagen de la movilización #AlertaRoja en Alicante, plaza del Ayuntamiento de la ciudad, 17 de septiembre de 2020 (Fotografía: Manuel Palomar Martínez).

Sucede a veces que hay demasiadas cosas que damos por descontadas. Pensamos que siempre, hagamos lo que hagamos, estarán ahí. Como el aire que respiramos, aunque lo maltratemos. Como la casa de los padres cuando hay padres y si las cosas se ponen feas. Como aquel viaje por carreteras secundarias que siempre nos llena de recuerdos que tanto reconfortan. En esa misma esfera de las cosas descontadas puede que figure la cultura, aunque nosotros no hagamos nada para que suceda. Y quizás no deberíamos confiar tanto. Eso también lo hemos aprendido estos días.

Muchas veces cuando hablamos de cultura existe el peligro de la dulce y fácil confusión. Como ocurre tantas veces cuando confundimos el espectáculo del deporte de élite con el sano ejercicio físico que todos, de una u otra forma, necesitamos. Esa misma confusión que nos lleva a llamar periodismo al espectáculo de las estrellas mediáticas que ocupan casi todos los focos, olvidando que el caldo donde se cuece el buen periodismo, el siempre necesario buen periodismo que cuida la democracia, es el que pica piedra en los pueblos olvidados y en las ciudades devastadas, en las tierras saqueadas, en las redacciones mal acondicionadas, el que vive en la calle y convive con los extraños y muchas veces atormentados seres que en ellas habitan.

Y, en este sentido, quizás esté sucediendo algo de esto mismo con ese saco de sueños que hemos aceptado en llamar común y genéricamente el-mundo-de-la-cultura. Que de forma inconsciente y poco reflexiva tendemos a confundirla con el gran espectáculo de masas que consumimos a diario, ahora en streaming y casi en exclusiva a través de las grandes plataformas de contenidos tipo Netflix, HBO, Movistar, Filmin, etc.

Logotipo de MUTE, Movilización Unida de Trabajadores del Espectáculo, MUTE Ibérica

Pero si nos paramos a pensar solo unos momentos podemos ver que hay otra cultura que necesita de nuestro apoyo para sobrevivir, como lo necesita la hostelería de barrio, la tienda de la esquina, la casa rural a la que nos llevan esas mismas carreteras secundarias antes citadas cuando queremos perdernos de nosotros mismos. Es ese y no otro el submundo que estos días ha emergido de las alcantarillas culturales de nuestro país, de nuestras ciudades, todo travestido de negro, para alertarnos, para advertirnos, que para ellos su principal peligro es que no les veamos. Que lo confundamos.

Imagen de la movilización #AlertaRoja en Alicante a su paso por delante del ADDA, 17 de septiembre de 2020 (Fotografía: Manuel Palomar Martínez).

Y con solo mirar un poco veremos fácil que todo ese mundo  que casi no vemos está de luto y amenaza una cierta ruina. Por citar solo algunos titulares y datos escalofriantes no muy lejanos en el tiempo: Tan solo uno de cada cincuenta actores llega a final de mes; o, más crudamente: Los actores españoles pasan hambre. Eso lo hemos podido ver, oler y leer.

Aunque ocultos por el mucho ruido que todo lo ciega, ellos, ese submundo de la cultura, sigue ahí, con la persiana baja, abandonado de la política, rodeado por el amontonamiento de facturas sin pagar, y, como muchas de sus víctimas nos relataban estos días, obligado a regresar al hogar materno para no caer en el abismo. Y para que no olvidemos que existe y que aún respira (poco), nos recuerdan que ellos son los saltimbanquis, los técnicos de sonido, los cantantes y actores contratados por horas en garitos de la apagada noche, la gente que se encarga del attrezzo, actores de calles y plazas, gente sin nombre y sin derecho a aparecer en la lista de los créditos, payasos a los que se les ha helado la sonrisa…

Imagen de la movilización #AlertaRoja en Alicante a su paso por delante del ADDA, 17 de septiembre de 2020 (Fotografía: Manuel Palomar Martínez).

Decía André Malraux que la “cultura es la suma de todas las formas de arte, de amor y de pensamiento, que, en el curso de los siglos, han permitido al hombre ser menos esclavizado”. De eso se trataría seguramente también. De tener armas y recursos para evitar ser esclavizados otra vez por todas las tiranías que nos acechan, incluida ahora la tiranía del olvido y la confusión. Y también y seguramente porque la necesitamos para defendernos de nosotros mismos: La naturaleza del hombre es malvada y su bondad es cultura adquirida (Simone de Beauvoir).

Imagen de la movilización #AlertaRoja en Madrid, 17 de septiembre de 2020 (Fuente: Facebook Movilización Unida de Trabajadores del Espectáculo, MUTE Ibérica).

Y, consecuencia de todo ello, porque en este inmenso vacío de meses de pandemia, rodeados del silencio de las palabras, con los teatros casi cerrados, las luces de los escenarios apagadas, con las calles y plazas huérfanas de esos pequeños escenarios donde se representa la vida, puede que no solo esté creciendo la mala hierba y una cierta  maldad, sino que, sigilosamente, esté emergiendo otra nueva y desconocida forma de esclavitad. Eso, afortunadamente, también lo estamos aprendiendo estos días. Que el rescate por #alertaroja que se reclamó en las calles de Alicante y de otras muchas ciudades del país a favor de esa otra cultura no es solo económico –que también– si no que es, sobre todo, un rescate emocional. Y que, más importante y grave aún, como el aire que respiramos, podría suceder que un día dejara de estar ahí fuera si no lo cuidamos. Si la confundimos.

Imagen de la movilización #AlertaRoja en Barcelona, 17 de septiembre de 2020 (Fuente: Facebook Movilización Unida de Trabajadores del Espectáculo, MUTE Ibérica).
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Pepe López

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